Lo Último

Historia de una taza blanca.

Un cuento de Federico Del Pup.
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            Setenta años después de aquel día, en una revista de ciencias olvidada en un banco de plaza, leí que la humanidad estaba próxima a comprender los mecanismos ocultos para realizar viajes en el tiempo. Cuando imagino una aventura semejante, mi memoria, ya bastante confundida, entra en trance, y lo primero que trae en recuerdo es su nombre. También evoco su rostro y su mano frente a mi ojos, y luego de sentir nuevamente su presencia, pienso en la dimensión espacio – tiempo. Al rememorar cada detalle de la teoría que sustenta esta maravillosa posibilidad, que me colma de esperanza, me imagino de pie en el borde de una taza de porcelana blanca, con la cabeza y la mirada vueltas hacia atrás. Puedo ver mi pasado. Giro y, al mirarme los pies, descubro la pendiente de la cavidad. Cierro los ojos, suspiro hondamente y, al exhalar, salto al otro extremo. Por primera vez en la historia de la humanidad, alguien viaja en el tiempo. Siento orgullo de mi valentía. Decido repetir la experiencia para viajar al futuro y, al llegar al punto más elevado en el salto, vuelvo a recordar su nombre. Comienzo a caer de manera vertiginosa. Al sentir el frío de la porcelana bajo la ropa, me doy cuenta de que estoy deslizándome sin poder detenerme. Abro los ojos, estoy sudando. En esa especie de ensoñación, comprendí que jamás podría salir de las pronunciadas aceleraciones de energía; pasado y futuro en un abrir y cerrar de ojos; futuro y pasado cíclicamente. Ahora que mi mente está despierta y esa sucesión de imágenes ha quedado atrás, puedo afirmar que creo estar viviendo en un vértigo semejante. Sí, lo confieso. Estoy atrapado en el tiempo por un salto fallido y, cada vez que siento vivir un momento presente, surge su nombre, Santiago Essex.
            Una y otra vez, puedo dibujar su rostro con los ojos cerrados y en todas las representaciones hacerlo igual. Tuve la oportunidad de escucharlo pronunciar su propio nombre cuando debimos frustrar un atentado en el café del hotel “Los Llegados”. Yo estaba en la puerta observando que no sucediera nada extraño. Aunque nuestra manera de actuar era violenta, teníamos ciertos códigos inquebrantables. Él ingresaba con su mujer y su hija en brazos y, al anunciarse en la recepción, pude comprobar que con su nombre pasaba por un nativo más hasta que llegaba a su apellido… Inflaba la boca cuando articulaba las eses de tal manera que no cabían dudas: tenía sangre de segunda generación de inmigrantes. Era la oportunidad perfecta para cargarnos a unos cuantos, pero jamás podíamos permitirnos asesinar a una niña. Recuerdo cada detalle de esa noche. Santiago disimulaba la espera con discreción, como si ser secretario de seguridad le condicionara el porte y la mirada. Contra eso, él debía batallar constantemente, nadie dejaba de notar su figura, la de un hombre gigante. Su sombra eclipsaba a cualquier otra que proyectasen las farolas de las calles. Llegó a ser quien fue porque su principal virtud era saber refugiarse en el silencio. Así lo recuerdo la primera vez que lo vi y presté atención a sus maneras; un hombre sigiloso. Hacía frío y la gente estaba sumida en la espera de la llegada del tren; la inauguración de la nueva estación había reunido a toda la ciudad en un sólo lugar. Esa tarde, el viento helado del sur hacía tiritar hasta al encargado de arrojar leña a la caldera. Santiago Essex debió quitarse los guantes para frotarse las manos entre sí para reactivar la circulación de la sangre en sus venas. No sé si me vio al darse vuelta y mirar hacia donde yo estaba oculto entre la multitud. Se desabotonó el sobretodo, hurgó con la mano derecha en el bolsillo interno del saco y ahí, en ese momento, aterrado, distinguí un revolver Colt. Sentí el aliento de la parca helar mi cuerpo. Abrigué en mi corazón el temor de ser prontamente su víctima. Desde hacía meses yo estaba al mando de un nuevo movimiento clandestino. Luchábamos por los ideales del anarquismo.
            De un extraño hombre, en una noche oscura, sin luna, había recibido el primer ejemplar del manifiesto anarquista. Como todo en aquella época, también eran ideas provenientes del otro continente. A veces pienso y, más que pensar, concluyo rápidamente, que aquella tarde sí me vio y, al hacerlo, recordó su cuenta pendiente conmigo. También pienso lo contrario. Entre tanta gente importante en el lugar, mi figura debía pasar desapercibida. Aunque con su mirada desde el palco oficial buscó contemplar el gentío, sentí que sólo se había posado en mí. Hubo un cruce de miradas, lo sé, pero tan sólo eso. Fueron fracciones de segundos durante las cuales pude sentir lo que se avecinaba. Cerré los ojos para calmarme y, cuando volví a abrirlos, yo estaba en la entrada del hospital.

            Él estaba sentado en un café frente a la salida de las ambulancias. Su mirada estaba perdida en la calle. Cuando la sirena de una ambulancia lo sacó del trance, pareció sobresaltarse. Le temblaron las manos, y el café en la taza blanca de porcelana se le volcó al ladeársele levemente para un costado. En ese momento, yo también estaba sumergido en un trance matutino, y el  sonido de la sirena me devolvió a la vida. Cuando él salió, parecía sobresaltado. Luego de calzarse los guantes, comenzó a caminar a tranco sereno. En ningún momento lo vi bajar la cabeza para mirar sus pasos. Era un hombre altanero. Hacía pendular el brazo derecho en perfecta simetría con el izquierdo. A pesar de que yo mantenía una distancia prudencial y él no podía verme, tenía la sensación de que vigilaba mis movimientos. En cuestión de segundos, llegamos a la primera esquina. Algunos automovilistas cruzaban con la luz en rojo; la mayoría lo hacía en marcha lenta; desafiaban las leyes que este señor, Santiago Essex, se encargaba de custodiar con arma en mano, violencia en sus movimientos y la institución que precedía como respaldo. Era temprano, y no había otras personas que caminasen las veredas desoladas de la madrugada. Amarillo. Pensé en la inquietud. Recordé mis años de militancia clandestina y comprendí que uno muere al experimentar y traspasar lo que inquieta la mente y espíritu. Transforma su presente y diluye el pasado en la memoria. Aquello que tiempo atrás deseó, ya no lo quiere. La satisfacción se comprime en el momento, y a medida que percibimos esto, nos gratificamos con el acto de desvirgar la inquietud. Como una bomba al tocar suelo, nos expandimos más allá de las fronteras de nuestra esperanza de futuro. ¿Qué sucede cuando la inquietud se apodera de nuestros días? Verde. Los automovilistas, centímetros antes de la senda peatonal, lucían petrificados, no avanzaban. Estaban detenidos en la quietud previa a la acción. Pero él sí, cruzó a las apuradas como si debiese esquivar los coches. Aguardé unos segundos y repetí sus movimientos. Sentí el frío de la muerte. Dejé que me aventajara esa cuadra en unos cuantos metros. Ni bien llegó a la otra esquina, dobló hacia la derecha. Continué avanzando como si fuese su sombra. Veredas enfrentadas. Ahora podía ver el perfil de su rostro. Cada ladrillo de las paredes de las casas me resultaba familiar. A dos cuadras se encontraba mi departamento. Miraba el paisaje del barrio y de a poco me iba resultando cada vez más propio. Me pareció escucharlo balbucear unas palabras; tal vez dijo mi nombre. El tono de su voz comenzó a reverberar en mis oídos. Sentía cercano su respirar, como pegado a mi nuca. Parecía agitado. Me asusté. Era la primera vez que lo veía de tan cerca. Y aunque sentía un profundo rechazo por las líneas de su rostro, en él percibía una familiaridad con mi vida como con ninguna otra. ¿Era la niebla matutina la que distorsionaba mi percepción de la realidad? Sin lugar a dudas, me desplazaba en una penumbra blanquecina. Osé pensar que San Pedro estaría aguardándome tras alguna nube. Pero no, en algún piso de los edificios que nos rodeaban, estaban puliendo mármol blanco. Y pensé en esa habitación empastada con cal y ese polvo blanquecino que flotaba entre las paredes. Pensé en la locura. Tal vez comenzaba a padecerla en aquella mañana, que no era otra que las mañanas eternas de mi vida. La calle parecía angostarse cada vez más, y eso confundía mis sentidos. Busqué tranquilizar mi mente mirándome los zapatos, pero al levantar la vista, descubrí que la senda terminaba en un callejón sin salida. De repente, mi cuerpo se detuvo cuando él lo hizo. Quedó estático; y su mirada, perdida en la nada. Lo vi llevarse la mano a la nariz. Era un hombre elegante y, tal vez, para comprender su idiosincrasia, en esos minutos que siguieron, repliqué varios de sus movimientos. No logro descubrir el motivo, pero necesitaba consolarme con algo suyo y, ¿qué mejor para eso que imitar su comportamiento? Me acerqué las manos a la nariz y sentí que me fluía la sangre a los labios. No sentí su gusto. Santiago miró espantado las suyas, tenían sangre. Pareció resultarle amarga, la escupió. Tal vez estaba consternado porque no dejaba de salirle y no podía detenerse a saborearla. En ese momento, sentí desilusión al verlo limpiarse con la manga de la camisa almidonada en la tintorería. ¿No tenía pañuelo? Un hombre de aire importante siempre debía tener uno a mano. Yo sí tenía. Sentí piedad. Está bien sentir piedad de vez en cuando, me hace sentir vivo. Quise arrojarle el pañuelo por encima de la espalda, pero un fuerte viento no dejó que se desprendiese de mi mano. El contorno de su cuerpo volvía más nítido el recuerdo de su rostro. Seguimos caminando en silencio. Destacándose del resto, había un edificio de pocos pisos y ladrillos a la vista. Los otros parecían estar cubiertos del polvo blanco del mármol. Se detuvo enfrente a la entrada y, como si fuese un ladrón experto o un ávido policía, ingresó sin poner una llave en la cerradura. Era el edificio donde yo vivía. Me agité. Sentí intriga. Corrí a la puerta antes de que se cerrase e ingresé a tientas. Grité fuerte para advertir a los vecinos, so pena de que Santiago me oyera y arremetiera contra mí. Pero nadie reaccionó, ni siquiera él. ¿Tenía la garganta cerrada por el horror que sentía? Intuí algo fatal. El ruido de sus zapatos sobre los escalones había comenzado a revolverme las entrañas. La luz de la escalera iba y venía. Cuando yo pasaba debajo de ella, sin lugar a dudas, iba, pero conmigo jamás parecía volver. Subí lo más aprisa que pude. Casi en simultáneo llegamos al quinto piso. Me vanaglorio de subir cada peldaño de manera imperceptible. Del lado izquierdo del pasillo ya no vivía nadie. A la derecha, vivía mi vecina, la madama que regenteaba el burdel de la otra esquina. Era una mujer atractiva. Me excitaba imaginarla rodeada de placer, pero, aun así, jamás tuve valor de llamar a su puerta. Mi ego nunca se contentó con ser uno más del montón. Respiré un poco más calmo. No se dirigió ni hacia la izquierda ni hacia la derecha. Todavía restaban unos segundos para observar su decisión final. Pero no, ya había sido tomada. Como si desde que comenzó a caminar dejando atrás el hospital y el café supiese adónde terminarían sus pasos, se aproximó a mi puerta, y aferrando la aldaba con fuerza, llamó tres veces. Sentí terror al escuchar cada uno de los golpes sobre la madera maciza. Parecieron llegar al centro de mi pecho. El último golpe retumbó seguido de un silencio espectral. <<¿Quién es?>> Preguntó alguien desde adentro. Era una voz parecida a la mía. Era mi voz. Entré en pánico. <<Santiago Essex>>. Sentí que a la persona tras la puerta le resultaba familiar el nombre. <<Abra la puerta, Isidoro. Debo entregarle un mensaje urgente>>. En ese momento lo comprendí todo. Quise impedirlo. No pude. Intenté tomarlo por la espalda, pero fue inútil. Mis manos se resbalaron por la ropa. Vi mi cara de sorpresa al abrirse la puerta, era la de Isidoro. Su rostro y el mío eran iguales. Por suerte, para mi tranquilidad, sus ojos no se cruzaron con mi mirada. Tal vez ni me haya notado. Al hombre de figura gigante sí. De repente, comenzó a salirme sangre de la nariz. A Isidoro también. Santiago Essex, en un movimiento, rápido se metió la mano en el bolsillo. Tal vez había encontrado su pañuelo. Ahora la sangre me resultaba amarga. El señor de las dos eses en el apellido levantó la mano para ofrecérsela al destino y fue entonces, luego de aquel movimiento fugaz, cuando escuché un disparo. Isidoro cayó al suelo. La sangre de mi nariz se mezcló con la suya, que le brotaba del pecho. Ahora sí lo recuerdo con claridad. Ese fue el día de mi asesinato. Yo estaba muerto. Hace setenta años que estoy muerto, y ahora volvía a estar en la esquina del hospital donde, por primera vez, esa mañana lo vi a él, mi verdugo, pronto a beber de una taza blanca, y a mí, su víctima, de pie en el borde y a punto de caer en ella.
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