Lo Último

La declaración a Valentín Obligado.

Un cuento de Federico Del Pup.
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            Pido disculpas. No soporté la presión. La culpa invadió cada uno de mis pensamientos. Tres años de aplomo, y un solo día bastó para saciar mi sed de venganza. Cuando alguien lea esta carta, seguramente el país ya esté en guerra. Amé mucho, sobre todo a él. <<Que Dios se apiade de mi alma y a Valentín Obligado lo cuide en sus días>>.
I
            Se abrió la puerta del tren y todos salieron corriendo. Era un día festivo. La gente aceleraba el paso para llegar a tiempo y encontrar lugar en el anfiteatro. En mucho tiempo, ésta era la ocasión para mostrarme y, tal vez, como para otras mujeres, encontrar el amor o, al menos, la pasión en los brazos fuertes de un hombre acomodado. Recuerdo ese día con entusiasmo. Todo fue maravilloso en ese tres de abril. Vestí elegante, con un toque sensual y los labios rojo carmesí. Puse rubor ligero en las mejillas, pinté mis uñas de un tono suave grisáceo y me puse rímel para realzar el color almendra de mis ojos. Pero para dejar mi estela en la mente masculina, apliqué perfume en las partes de mi cuerpo donde más fuerte se sentía mi pulso. Nada más esperanzador para una mujer que un aroma percibido por el hombre adecuado. Hacía poco tiempo que me había instalado en la ciudad. Como toda joven, buscaba un futuro que ya percibía prometedor. Todas las mujeres de la pensión, poco a poco, se acomodaban en trabajos, y la providencia les ponía en el camino galanes para cuidarlas. Ésta era mi noche, las estrellas estaban alineadas a mi sonrisa, y su destello a mi palpitar. Me sabía hermosa y capaz de enamorar a cualquier hombre, salvo que no había dado con el adecuado. La brisa era suave y los últimos rayos del sol doraban las copas de los árboles. Una tarde perfecta y apacible. Mientras caminaba, observaba a potenciales candidatos. Disimulaba mi mirada escrutadora con un espejito de tocador donde también vigilaba el estado de mi maquillaje. Un aire de nerviosismo y ansiedad atravesaba la mirada de todas las mujeres solas que, como yo, tenían fe en esta velada. No tenía entrada y tampoco conocía a nadie que pudiese clarificarme. No sabía por dónde ingresar; caminé desorientada durante unos minutos. Tanto era así que, sin querer, choqué con una mujer. Del golpe fuerte y sorpresivo, se nos cayó la cartera a las dos. A ella se le abrió y se le desparramó todo en el suelo. Entre tanta gente, como pude, le ayudé a recoger todo. Su cara, en una indiscreta premonición, me resultó familiar, como si estuviésemos enlazadas por la traición; sentí un aire enrarecido.  Cuando nos levantamos y le pedí disculpas, con un gesto adusto como pocas veces había visto en una mujer, me evitó el saludo y se fue sin aceptar mis disculpas. Sí, quedé angustiada, fui torpe y sentí que ese no era mi lugar. Me agaché para ver que a mí no se me hubiera olvidado nada en el suelo, y el destino se metió debajo de mi zapato derecho. Me aguardaba una entrada para el sector preferencial. Por unos segundos pensé en buscar a esa mujer, pero, no sé, a veces el egoísmo es tan satisfactorio que decidí quedarme con esa entrada al futuro.
         Las luces iluminaban al público. El escenario todavía estaba desierto. Los protagonistas eran cada uno de los presentes y sus charlas amenas. En mi caso, yo no conocía a nadie. Miraba en rededor y todo me resultaba ajeno. Aún no había tomado conciencia de que estaba sentada en el sector preferencial. Las conversaciones llegaban a mi oído en tono incomprensible. No era tanto el barullo sino los temas de diálogo; todo lo sentía lejano. La mujer a mi derecha conversaba con otras dos sobre la apertura de un nuevo almacén de ropas. A mi izquierda, un hombre, créanme que era el más guapo de todos los señores de lugar, permanecía callado. Si debiese hacer una metáfora de él en ese momento, diría que era un lobo solitario. Miraba en todas las direcciones, se lo notaba preocupado. Consternado miraba el reloj a todo momento. Lo observé como quien contempla un billete de lotería con un premio tentador. En un gesto claro de rendición, pareció aceptar la situación en la que se encontraba. Cuando centró su mirada en mis ojos, quedé abatida por su porte varonil y belleza masculina.
-       Valentín Obligado. Encantada de conocerla. – Me temblaron las piernas. En su pronunciación tenía un dejo tan culto que me derretí por dentro.
-              Elsa Lambertt. Encantada. – Tomó mi mano derecha, la acercó a sus labios y la besó con delicadeza. Sentí una intensidad tan fuerte que me dejó muda. Quedamos callados y cuando luego de un suspiro me decidí a hacer algún comentario, el silencio ganó el lugar y las luces se apagaron. Unos sonidos rítmicos y una voz que gritaba desde el centro del escenario inauguraron el espectáculo. En ningún momento presté atención. Mi curiosidad estaba concentrada en descubrirlo a él. Parecía que no era la primera vez que disfrutaba de la obra.
-              Me fascina cuando la soprano alza la voz y hace del aria algo tan sublime. – Sonreí y asentí con mi cabeza, cuando en verdad no sabía de qué me hablaba. Estaba enredada en constantes conjeturas. Si le había parecido bonita, si estaba aguardando a su mujer, si era soltero, si el destino haría avanzar la noche a nuestro favor.
-              ¿Qué opinás?Me preguntó inmediatamente terminado el cuarto acto. No supe qué contestarle. Sólo estaba concentrada en sus labios. Pero en un momento de lucidez, se me ocurrió una pregunta que no sólo me permitió salir airosa de la situación sino también cautivarlo.
-              ¿Qué es el arte para vos? – Durante un momento permanecimos en silencio, cavilando. La gente se levantó de su asiento y comenzó a salir. Mientras nos dirigíamos movidos por la inercia del púbico que caminaba hacia la salida, él parecía estar sujeto a una reflexión profunda. Cuando finalmente estuvimos afuera y con más espacio para hablar, me apoyó la mano en la espalda y, arrimándose de una manera sutil pero no por eso menos intensa, me respondió.
-              El arte es el acto sexual más puro del hombre porque, cuando lo hace, siempre obtiene una creación con la cual puede volver a gozar.
            Motivada por sus palabras y el tacto de su mano en mi espalda, no dudé en invitarlo a mi cuarto de la pensión. Por unos instantes pareció dudar. Luego hizo algo que me derrumbó las expectativas, como una cortina gruesa y negra que caía abruptamente sobre un escenario y marcaba así el fin de la función: unió las manos y, masajeándose el dedo anular, dejó a la vista un reluciente anillo de casado. Pensé en mis padres y su moral pero también en mi soledad y mi hambre de sexo. Sí, sentí culpa. Por unos segundos se me cerró el estómago del espanto que sentí de mi misma. Pero, ¿quién era yo para juzgar a un hombre desconocido? Miró en todas las direcciones para comprobar si alguien lo observaba y, haciéndome la seña para que yo fuera delante de él, caminamos en silencio hasta la estación de trenes. Ni bien llegamos a mi habitación y la  puerta se cerró detrás de nosotros, la oscuridad nos envolvió en un fuego intenso. Desnudamos nuestros cuerpos. Fueron horas de pasión y silencios de pretextos que escondían la retórica de una aventura fugaz.
II
            Amanecí feliz. Mi vida comenzaría a cambiar; esa fue la primera sensación de esa mañana. Pero cuando giré para abrazarlo y comprobar que era cierto, él ya no estaba. No lo volví a ver. Fueron trescientos sesenta y cinco días, con todas sus noches y todas sus mañanas, de pensar en él. Caminaba por la calle y buscaba descubrir su rostro entre la gente. Sí, quedé obsesionada. Es que el destino había tocado a mi puerta con la mejor de sus sonrisas. La conexión entre los dos no podía ser asunto de una sola noche. Algo le habría pasado al regresar a su casa. Recuerdo sus manos. Acarició mi piel como quien conoce cada centímetro erógeno de la persona amada. Juntos vimos las estrellas. Fui a cada espectáculo presentado en el anfiteatro; mi pobreza no me permitía acceder al sector preferencial, pero sí observar a las personas que ingresaban por esa entrada. Nada. Ni un rostro. Lloré casi todas las noches. La mañana en que volví a sentir esperanzas fue cuando en el diario, en primera plana, leí acerca de la reunión de ministros y secretarios de la región. Un asunto grave los reunía; la declaración de guerra del imperio Austrohúngaro al Reino de Serbia, motivada por el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. La escalada de violencia era alarmante. En la foto de portada, a un costado y arriba, descubrí su rostro. Fue una imantación poderosa. Tal vez una señal de Dios que entre tantas caras y tan pequeñas en la imagen, mis ojos sólo se hayan posado en la de él. Suspiré aliviada. La providencia había puesto esa noticia frente a mirada. Debí sentir preocupación por lo que se relataba en la nota, pero no. Ese conflicto solucionaba el mío. Estaba contenta. Mis plegarias habían sido escuchadas. No estaba muerto, tampoco desaparecido, era una persona importante. Un hombre que estaba en la mesa de decisiones del mundo. Sentí amor. Su recuerdo y esa imagen entre tantos hombres de poder me sedujeron aún más.
            Compré dos ejemplares del diario; uno como recuerdo de ese día tan importante para mí y el otro para recortar la imagen donde estaba Valentín y llevarla siempre conmigo. No lo dude ni un segundo; fui a la agencia de selección de personal para ver si había trabajos disponibles en esa área gubernamental. La espera para ser atendida era considerable, pero no tanto como el tiempo que pasó hasta que supe algo de él. Cuando fue mi turno, el gerente de la sucursal me invitó a acercarme a su escritorio. Apenas comenzamos a hablar, interrumpí la conversación para rogarle que me consiguiera un empleo en la Secretaría de Comunicaciones de la Nación. Recuerdo mis palabras y las siento tan carentes de estima personal.
-              No me importa cómo. – Pero gracias a mi uso inocente de esas palabras, el muy cerdo ajustó el nudo de su corbata y, con una sonrisa libidinosa, me dijo:
-              Señorita, todo tiene un precio.Deslizó su tarjeta personal por el escritorio y, cuando estaba cerca de mi mano, con pulso firme, anotó el horario y la dirección de su casa. Al sentir su respiración llegar a mi piel, quedé sin aliento. Debe de haber sido tan notoria mi cara de espanto y angustia que el hombre, para contenerme, me aseguró que me conseguiría ese trabajo si pasaba a visitarlo. No sé con quién estaba acostumbrado a tratar, pero no había manera de que esas últimas palabras me calmasen. Además, mi impulso de furia ya había traspasado todo mi cuerpo. Agarré la cartera y comencé a pegarle con ella mientras le gritaba:
-              ¿Creés que soy una cualquiera?
            Todos nos observaban y nadie intervenía para calmarnos. Yo estaba desquiciada. Él parecía avergonzado. Se preocupaba más por no despeinarse y acomodarse el nudo de la corbata que por serenarme. Una mujer, valiente como pocas en el lugar, con facciones serenas capaces de tranquilizar a cualquier espíritu alterado, se me acercó y, tomándome del brazo, con suavidad, me pidió calma. Parecía una señora instruida. Su elegancia y manera de hablar demostraban su nivel de seguridad en sí misma. Me ofreció un pañuelo para secar mis lágrimas. Me acarició las mejillas para serenarme. Cuando finalmente pareció sentir que yo respiraba más tranquila, en un papel, anotó la dirección del lugar donde trabajaba. Secamente, pero con dulzura en su mirada, me dijo que ella podría ayudarme; después de todo, supe luego, era quien había entregado a la agencia la petición de una asistente para el Secretario de Comunicaciones de la Nación.
III
            Pasé el fin de semana atada a la ansiedad. La noche del sábado y del domingo estuve postrada en la cama mirando el techo y pensando cómo finalmente mi vida cambiaría para siempre. Aunque me atemorizaba la idea de ilusionarme innecesariamente, varias veces suspiré con felicidad. Es que a veces todo se desvanece en un minuto… Esa fue la reflexión de todo mi fin de semana. Jugaba con la idea de lo ilusorio; por ejemplo, entre todas las imperfecciones del cielo raso, había una mancha de humedad atravesada por una grieta pequeña. Cuando me acercaba a ella, de pie en mi cama, su tamaño se volvía más grande, pero cuando volvía a recostarme a pensar en mi suerte, se volvía insignificante. Con ese frenesí mental, empecé la semana. Me cambié, desayuné apurada y más apurada aún fui hacia la Secretaría de Comunicaciones de la Nación. En la recepción, pregunté por la señora Clara Camps y, a la hora de esperar en ese vestíbulo tan frío y sin vida, apareció ella. Apenas me saludó, me hizo una serie de preguntas cordiales y me invitó a seguirla hacia el último piso del edificio. En una oficina tan pequeña como mi habitación, me hizo unas cuantas pruebas mecanográficas. Seguir el ritmo de sus dictados resultó muy sencillo, no así tanto no pensar en la noche de pasión con el Secretario. Estando en ese lugar, no podía salir del asombro de entender que me había enamorado de una persona más que importante, de un hombre de poder, y ese hombre había sentido mi piel. Clara me dijo que aguardara unos minutos y, tras una larga espera, donde viajé con la imaginación a distintos futuros posibles, apareció Valentín Obligado. Se me secó la boca. Empecé a sudar. Sentía que pestañeaba más rápido de lo habitual. Nos saludamos. La intensidad de su mirada me confesó que, en ese instante, volvimos a sentirnos apasionados. Nos miramos de manera especial, me sentí deseada otra vez. Con un tono suave pero firme, le pidió a Clara que nos dejara en soledad. Tras un breve silencio, pero abismal para mí, me invitó a sentarme señalándome la máquina de escribir. Con una perfecta articulación, comenzó a dictarme. Rápido en las oraciones y pausado cuando ellas encontraban el punto.
-              El Secretario de Comunicaciones de la Nación agradece al excelentísimo señor Presidente de la República hermana por su interés y apoyo de nuestra postura frente al conflicto bélico”.
            Debí escribir distintas oraciones como esa; todas ellas parecían tener una relevancia histórica que me asustaba. También me puso a prueba dictándome en francés. Si algo debía agradecer a mi historia familiar, era su idiosincrasia francoparlante. Era la primera lengua de mis padres y mi segunda.
-              Nadie en esta oficina es capaz de escribir a máquina en este idioma cuando necesito dictar resoluciones urgentes –. Su naturalidad al hablarme me generaba fascinación. Imagino que él esperaba unas palabras mías, no sólo un constante asentimiento de mi parte. Pero no podía, la situación me superaba y por eso, el silencio ganó el lugar. Mientras él caminaba de un lado a otro, me miraba como escrutando qué había en mi memoria. — ¿Podés empezar mañana? – En un gesto imperceptible para él, pero no para mí, tocó su anillo de casado. 
-       Recuerdo muy bien nuestra noche. Cuando me disponía a decir algo, se fue. Mi suerte finalmente había cambiado. Entendí que quien vive sin entusiasmo su día, todas las noches entierra su vida en los sueños, como yo muchas veces lo habré hecho en esa grieta de mi habitación.
            Feliz, al día siguiente me presenté en punto en la oficina. Me recibieron las dos secretarias de Valentín Obligado: Clara Camps, la de mayor antigüedad, y Julieta Pond. Fue un saludo cordial, una presentación expeditiva, y tras el comentario divertido de que ahora sí estaba completo el triunvirato del señor Secretario, me invitaron a ocupar mi escritorio. Durante horas mi tarea consistió en transcribir y clasificar de acuerdo al tema notas periodísticas de distintos diarios extranjeros; todos ellos ponían especial énfasis en la declaración de guerra del Imperio Alemán al Imperio ruso. Finalizada mi jornada, sentí que ya había entendido el panorama mundial. A la mañana siguiente, tras acomodar el juego de escritorio que me habían traído, debí clasificar y traducir una pila enorme de recortes periodísticos. El resto de la semana transcurrió con esa dinámica. A simple vista, podría parecer aburrido, pero no para mí; en mi vida, jamás había aprendido tanto. Pero todavía no había sido una gran semana; hora tras hora deseé verlo entrar a la oficina y encargarme una tarea o tan sólo saludarme. Cuando el viernes llegaba a su fin y mis esperanzas ya se diluían en las horas finales, repentinamente apareció. Nos saludó con un beso. El comentario al unísono fue <<¡Qué hombre seductor!>>. Bastó una sonrisa a cada una y todas suspiramos contentas. Sentí una ansiedad profunda. Tal vez mi nerviosismo motivó mi torpeza y junto a ella, sin pensar en la reacción de mis compañeras, llamé a su puerta. Cuando entré y lo vi sentado en su escritorio con una mirada tan penetrante, mi voz tembló.
-          ¿Necesita algo el señor Secretario? – Durante un tiempo me miró en silencio. Tal vez con un poco de pudor o tan sólo para cuidar su imagen, con un susurro que sólo yo podía escuchar, respondió.
-              Sí, a vos.
            Sentí que me derretía en ese instante. Tras entrar a su despacho, le pidió a Clara que nadie lo interrumpiese, a excepción del Presidente. Me sentí halagada, importante para él. Sería un momento crucial. Tras esperar sus órdenes de pie frente a su escritorio, me sirvió una medida de whisky en una copa estilo tulipa. Hacía tiempo que no tomaba una gota de alcohol, la última vez que lo había probado, me prometí no tomar nunca más. Al señor Secretario no podía decirle no. Mientras él parecía observar el espectro de colores de la bebida, yo me sentí inexperta como pocas mujeres en la ciudad. Me lo tomé de un sorbo sin siquiera apreciar su sabor. Valentín, que tenía las maneras de un hombre elegante de talla internacional, me miró sorprendido y, con su mirada, buscó mi atención para enseñarme la cadencia que se debe tener para disfrutar no sólo de su sabor y de su aroma, sino del carácter de la bebida. Todo alrededor me dio vueltas al instante y se notó. Me invitó a sentarme. Tras una breve charla sobre banalidades, me confesó que el mundo tal cual lo conocíamos colapsaría en cualquier momento, y nosotros, como Nación, debíamos tomar una postura. <<El lado del bien y el lado del mal>>, nos reclamaba una resolución. Yo lo miraba fascinada. Cada palabra que llegaba a mis oídos me seducía de pies a pestañas. Él trataba de explicarme las implicancias que tendría la postura que tomáramos, y yo buscaba con la mirada otra medida de whisky para desinhibirme un poco más. Si él me lo hubiera pedido, ahí mismo habría tenido sexo con él. Me ofreció un segundo trago que no pude rechazar. Durante media hora me dictó una carta en francés dirigida a una persona de suma importancia. Cuando finalizó su dictado y tras sus palabras, <<Necesito que el lunes a media mañana esté perfectamente lista>>, me puse de pie y, con el valor que sólo el deseo le imprime al cuerpo, fui hasta su sillón, me senté a su lado, puse mis manos sobre su cuerpo y lo besé. Nada me importó; a él tampoco. El ímpetu con el cual lo abordé fue más fuerte que nuestros pensamientos capaces de reprimir cualquier impulso. Cayó la noche tras la ventana y luego de un silencio conmovedor y de que otra vez tocara su anillo, me marché a mi casa feliz, con ganas de amarlo aún más.
            El fin de semana pasó rápido. Durante esos días fui muy feliz. En el fragor de pensar mañana y noche en Valentín, no me di cuenta de que el lunes había llegado. La carta fue supervisada por Clara Camps. Estaba perfecta, me puse contenta. No hizo falta que se volviese a corregir ninguna carta escrita por mí. Antes de continuar, debo decir que el resto del semestre transcurrió en esa dinámica. Los viernes eran nuestro día de pasión. Siempre debía dictarme nuevas correspondencias. A medida que se sucedían los encuentros, la obsesión que yo tenía con él se tornaba más dolorosa. No sólo pensaba toda la semana en la llegada de nuestra tarde de viernes, sino también en su vida fuera de la oficina. Valentín, poco a poco fue siendo más demandante y menos caballero. Tal vez se debía a lo que me dictaba. Todo tenía un tono grave. La tensión en el mundo crecía y así también la pasión que nos unía. Debo mencionar algunos detalles de cómo se fue transformando cuando estaba conmigo. No intentaba seducirme, sólo me ordenaba sentarme a su lado en el sillón. No me decía palabras bonitas. Tampoco me acariciaba con suavidad. Cada vez que él tocaba su anillo para mí era una puñalada al centro de mi pecho. Con ingenuidad, esperaba que un día se lo sacara y lo arrojara a la basura. Pero no, yo sólo era su amante, y seguro una de tantas, porque un hombre como él debía de tener otras mujeres que cumpliesen ese rol en su vida. El amor que al principio sentí se transformó en un sentimiento que comenzó a torturarme por dentro. El aroma de su perfume pasó a ser el aroma denso del humo de su tabaco. La suavidad de sus manos en mi piel tenía la intensidad en las teclas que yo presionaba cada vez que escribía la palabra conflicto. Seguro con su mujer no era así. Comencé a pensar en ella. ¿Cómo sería? Seguro tendría piernas bonitas y una sonrisa de hogar acogedor. Sus manos serían las de una mujer hacedora de familia. Cada sábado, luego de nuestros viernes pasionales, yo me preguntaba sobre su rostro. Necesitaba darle forma a la mujer feliz de Valentín Obligado. Pensaba, imaginaba y me obsesionaba con detalles de esta señora. Hasta que no toleré más mis pensamientos y fui hasta su casa. Ya no quería pronunciar su nombre. Valentín sonaba muy dulce y él hacía tiempo no era así conmigo. Con un pañuelo en la cabeza, un sacón que me llegaba hasta los tobillos y un paraguas que le daba sombras a mi cara, caminé hasta la vereda de enfrente de su casa. Recuerdo muy bien cada detalle de su cuadra. Hay momentos que atesoramos no por dichosos sino porque son el epicentro de nuestras desgracias futuras. Detrás de un árbol, habré estado un largo rato observando ese hogar tan apacible. Mi mente estaba sustraída en la imagen de sus dedos tocando el anillo. No podía detener el vértigo de mis pensamientos. Sin darme cuenta, impulsada vaya una a saber por qué motivo, crucé la calle y toqué el timbre. Nadie contestó. Esperé un rato. Toqué una vez más y de golpe, la puerta se abrió. Tras ella, surgieron las risas enamoradas de Valentín y su mujer. Si sólo hubiese podido poner cualquier excusa para justificar mi presencia… Pero no pude, juro que no. Quedé petrificada al darme cuenta de lo absurdo de mi situación en ese lugar. Cuando ella me miró sorprendida y él con cara de espanto, sí pude pensar con claridad. <<¡¿Qué hacía ahí?!>>. Las rodillas me temblaron, me bajó la presión y comencé a hiperventilar de manera sonora. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Cuando volví a levantar la mirada, me di cuenta que era la misma mujer con la cual había tropezado aquel día en el anfiteatro. Me reconoció de inmediato, lo sé. No dijo nada, pero lo sé. El señor Secretario no supo qué decir, yo tampoco. No esperaba palabras suyas. Nerviosamente tocó su anillo, y su mujer me dio una cachetada. Ingresó a la casa y obviamente, Valentín fue tras ella. Me fui corriendo. Lloraba. Llegué empapada a la pensión. Pasé todo el fin de semana postrada en la cama mirando cómo la grieta en el techo ahora era más grande que unos años atrás.
            Llegó el lunes y no fui a trabajar. Esperé todo el día a que sucediese algo, pero fue en vano. El martes amaneció distinto, un poco más soleado; yo desperté igual. Pasar la noche desvelada fue una tortura. Me dolió el insomnio; no dejé un sólo minuto de pensar en el rostro de la mujer de Valentín. El miércoles fue distinto, dormí casi todo el día, no por placer sino por agotamiento. Si me echaban, que lo hiciesen lo antes posible. No encontraba las fuerzas necesarias para salir de mi habitación. Pero en el fondo estaba tranquila, jamás había faltado al trabajo y si me pidiesen justificaciones, las tenía de sobra. Lloré mucho. Tenía los párpados inflamados. Por suerte, el espejo de tocador meses atrás se me había caído al suelo. Pensé en los viernes de pasión junto a Valentín. No todo había sido mi culpa. La bola de pelos que había comenzado a formar desde el lunes ya tenía un tamaño considerable. Tenía el cuero cabelludo de la nuca irritado, me ardía. Arrancarse el dolor pelo a pelo no es bueno. El jueves, algo en mí había comenzado a cambiar. Me levanté con ganas de ir a trabajar, aunque la depresión todavía circulaba por mis venas. Con el pelo tapado con un pañuelo de seda y los ojos cubiertos por unos lentes tornasolados, me presenté en la oficina como si nada hubiese ocurrido. Permanecí en silencio. Por suerte, tan sólo fueron miradas escrutadoras; yo no quería contar nada, ni siquiera mentirles respecto a mi estado de ánimo. Por la tarde, Clara Camps me acercó un formulario para que detallara los motivos de mi ausentismo; a modo de ejemplo, me dio una copia completada por ella. En ese gesto, intuí una complicidad que me hizo sentir mejor. No puedo afirmar que entre las dos entablamos una amistad, pero fuimos bastante confidentes con nuestras alegrías y tristezas. Tiempo atrás, ella también había venido a la ciudad capital a buscar su destino. Siempre tendré gran estima por su persona. Al finalizar el día, otro más en el cual el señor Secretario no había ido a trabajar, una vez ya fuera del edificio, me dijo:
-              Lo mejor es que no vuelvas más. Te ha lastimado.En ese momento contuve el llanto, pero en cuanto volví a casa, me largué a llorar desconsoladamente. En esas horas en mi interior gesté un profundo deseo de venganza. Frente al espejo del baño, luego de quitarme el maquillaje, descubrí una persona que no me gustaba; yo supe ser mejor. Sentí odio hacia ese hombre y sobre todo hacia mí. Me toqué la nuca y reviví el dolor de todos esos días. Me recosté en la cama, suspiré bien profundo para alivianar la angustia y, milagrosamente, descubrí que la grieta del techo había desaparecido. ¿Cómo podía ser? Fue la única y primera pregunta que me formulé. No busqué responderla, mejor era no verla más. Dormí serena. El viernes amanecí bien temprano. El día soleado junto al canto de los ruiseñores, me pusieron contenta. Llegué en punto al edificio, ni un minuto más ni un minuto menos; nueve de la mañana. Caminé hasta la zona de ascensores con una sensación de confianza plena. A mi paso saludé a todos y sé que en todos ellos dejé mi estela de perfume. Me sentí bonita otra vez, capaz de seducir a cualquier hombre que me propusiese. Tras abrirse la puerta y luego del cortés saludo del ascensorista, ingresó Valentín Obligado.
-              Buenos días. – Lo saludé con un tono suave, pero no por eso menos firme. Quienes en ese momento nos hubieran observado, fácilmente podrían haber imaginado que entre los dos existía una relación amena y respetuosa. Pero lo cierto es que en ese momento nos unía el espanto. Yo percibía una fuerte tensión que ponía en peligro un día aparentemente armonioso. Silencio. Entramos callados. Él no saludó a nadie, yo lo hice con un gesto delicado. Sin embargo, todo transcurrió con normalidad. Cuando él se presentaba a la oficina, la dinámica laboral tenía un vértigo distinto. Ese día no fue la excepción, pero jamás, ninguna de las tres secretarias imaginamos que sería aún más extraordinario. Entrada la tarde, cuando todo parecía indicar que la semana terminaría sin nada singular, el lugar comenzó a llenarse de policías y custodios vestidos de civiles. Fue esa la primera vez que vi en persona al señor Presidente de la República. La expresión en el rostro de Clara fue de tanto asombro que con eso bastó para entender la importancia de semejante visita. Algo estaba pasando que todavía no sabíamos. Tras un saludo formal a todas, el primer jefe del estado, así a Valentín le gustaba llamarlo, ingresó al despacho. Estuvieron poco tiempo reunidos, pero para nosotras, que nos mirábamos perplejas, pareció una eternidad. Cuando la puerta se abrió y me invitaron a pasar, sentí que el mundo se me venía encima. El despacho jamás había sido tan silencioso. Una de las ventanas estaba abierta, ingresaba un viento helado. Tirité de frío, sobre todo por el nerviosismo de estar en ese lugar con esas dos personas. Sentí que ese viernes cambiaría el destino de nuestra Nación. Sí, todo sería distinto. Por dentro reí como una loca. No recuerdo palabra a palabra el contenido de la carta que me dictó el Presidente. Sí puedo asegurarles que era de una gran trascendencia. Me sentí privilegiada. Lo miré a Valentín y sentí amor. Luego de revisar el texto, el visto bueno del señor Presidente, su saludo y agradecimiento por el compromiso de confidencialidad, Valentín y yo quedamos a solas. Entre nosotros no hacían falta palabras. Nos besamos como nunca antes. Fue un torrente de adrenalina que nos desbordó a los dos por igual. Hicimos el amor, fue fuego.
-          Dejala a tu mujerLe dije con los ojos cargados de lágrimas. Volví a sentir el cachetazo en mi mejilla.
-              No puedo, y por más que pudiera, no quiero.Gemí de dolor.
-         Lo nuestro es nada más que esto. – Sentí el filo de su crueldad atravesar mi pecho; murió la esperanza en mí. Se me transformó la cara. Sentí furia. Me acomodé la camisa como pude. Me senté en mi escritorio. Permanecí un largo rato con la mirada sustraída en la imagen de Valentín con su mujer. Estaba atravesada por un ánimo de venganza que contaminaba el oxígeno en mi sangre. Respiré iracunda. Sin que yo lo notara porque estaba nublada por el dolor y la rabia, él se había marchado dejando la carta en la bandeja de correo presidencial. La tuve en mis manos durante un largo tiempo. Me había roto el corazón y con brutalidad. Ese cínico mal parido me había hecho sentir una puta.  Agarré la carta, la leí una vez más y todo se volvió claro para mí. El país rechazaba tomar parte en el conflicto. La postura que nuestra patria declaraba era la neutralidad. Pero yo no estaba equilibrada, quería guerra, destruir todo a mí alcance. Quería saborear la destrucción del Señor Secretario de Comunicaciones de la Nación. Guardé esa carta en mi cartera y redacté una donde explicaba que nuestro país le declaraba la guerra al bando amigo. Puse en oposición cada significado de la carta del Presidente y me persigné en busca de perdón divino. La doblé con cuidado, falsifiqué las firmas, la puse en un sobre, la lacré y, con un último suspiro, la metí en el buzón del correo especial.
            Salí sin conciencia de mí. Por momentos me reía. Por momentos lloraba. Tenía miedo. También alegría porque mi venganza era tan vasta que no quedaría en pie ningún recuerdo del amor que sentí por él. Fui hasta la estación de trenes. Tomé el último que salía rumbo a mi pueblo. No quité un solo momento la vista del camino. No llevaba nada más que mi cartera, la carta y el revólver que Valentín Obligado tenía escondido en su escritorio. Una vez que llegamos a la estación, comencé a caminar adentrándome en el campo. Cuando no tuve más fuerzas, comencé a escribir esta historia. Fue sanador. Suspiro aliviada. Tras estas últimas líneas, voy a guardar prolijamente cada una de las hojas en este sobre… Voy a tomar el revólver y… Cuando alguien lea esta carta, seguramente el país ya entre en guerra. Amé mucho, sobre todo a él. <<Que Dios se apiade de mi alma y a Valentín Obligado lo cuide en sus días>>.
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