Lo Último

Así de simple, así de complejo. La travesía del escritor.

Por Carina Durnhofer.
"Para lograrlo, debemos consolidar nuestro estilo."
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Desde muy niña, mi imaginación tuvo la tendencia a vagar por un mundo paralelo, muy íntimo y por momentos inconfesables. Soñaba con ser bailarina, actriz y cantante, con formar parte de una banda de rock y ser escritora. Mi curiosidad por el mundo, sus rincones de ensueño y las historias mínimas que se desprenden de pueblos desconocidos, me llevó a devorar cuanto libro caía en mis manos y a viajar.
Un día colgué las zapatillas de ballet. Sí, me gustaba pero no tenía el talento necesario. Otro día descubrí que me cuesta mucho superar mi timidez y que eso me dificulta pararme en un escenario y cantar con el alma. Quizás algún día pueda.
El sueño de trabajar en una editorial surgió durante los primeros meses de facultad. Un sueño desprendido de la fantasía de tejer en ese camino una buena red de contactos editoriales que sirvieran como plataforma para ESE momento esperado: publicar mi libro. Porque claro – pensaba –, si estoy cerca y si me relaciono con ellos en forma directa, las posibilidades se multiplican. Pero es un mito, otros de los tantos en relación al mundo editorial. Y también hay muchas creencias que son realidades.
Al cumplir 35 años me cansé de trabajar en áreas de Marketing y Comunicación de corporaciones que me convertían en estalactita al atravesar su puerta de entrada. Ahí fue cuando empecé a escribir incansablemente. Para mí, para portales, para agencias de turismo, para concursos… en fin, fue a esa edad cuando descubrí que para cumplir los sueños hay que trabajar, esforzarse y no rendirse jamás. Y mandé una cantidad incontable de currículums a medios y editoriales. Pasaron varios meses hasta que un buen día, me llamaron de una editorial. Finalmente, después del esfuerzo, uno de mis sueños se había hecho realidad. A partir de ese momento, innumerables manuscritos, intensa producción, muchas presentaciones e incontables acciones de prensa me sucedieron.

Las obras no se encajonan.
En la editorial recibimos una cantidad generosa de propuestas por semana; manuscritos compuestos por amateurs, por profesionales reconocidos de ciertas áreas de investigación o por autores que ya forman parte de nuestra casa editorial.Para cada uno de ellos, las líneas escritas equivalen a sus hijos y, en su imaginario, el manuscrito enviado termina siendo “encajonado”. A los pocos días, casi todos llaman con ansiedad para explicar con un tono efusivo por qué su obra debe ser tenida en cuenta.
Las obras no se encajonan. Es un mito. Una editorial vive de publicar libros y tiene sed de leer buen material, es por ello que evalúa cada manuscrito que recibe. No leerlos equivaldría a boicotear su propio negocio. Sin embargo, y a diferencia de algunas imprentas que ponen un sello editorial pero que no corrigen, ni invierten en distribución, ni promocionan, una editorial seria tiende a ser exigente con la aprobación del material. Para el mundo editorial, cada libro es una apuesta. Atrás de cada título hay mucha inversión monetaria y meses de trabajo exhaustivo que incluyen varias correcciones, una minuciosa producción que sigue los manuales de estilo propios, elección de papel, tapa, diseño y tipo de promoción. Por estas razones, el filtro es fino. La respuesta entonces suele ser: sí, la obra fue leída, pero no es publicable. No hay acomodo, no hay preferencias. Sí hay una inversión intelectual y monetaria que debe redituar.

Los egos.
Lo cierto es que para que la obra se edite, debe ser buena. Claro que siempre queda la opción de autofinanciarla con alguna imprenta-editorial que trabaje con esa modalidad. ¿Pero habrá valido realmente la pena? ¿Queremos publicar nuestra obra porque es buena, porque tenemos algo verdaderamente valioso que transmitir, o lo queremos hacer por una cuestión de ego?
Cuando hablo con los aspirantes, de inmediato puedo percibir como muchos se encuentran atrapados en el deseo de la inmortalidad. Plantarás un árbol y quedarás en la naturaleza, tendrás un hijo y quedarás en la sangre, escribirás un libro y permanecerás en el mundo intelectual. Esta aspiración se refleja en la mayoría de las obras recibidas, que suelen caracterizarse por ser una suerte de autobiografía. Que sean autobiografías no es algo malo. Pero debemos preguntarnos ¿para qué cuento mi historia?
Todos somos especiales. Todos tenemos algo maravilloso que transmitir. Esa historia nuestra, esa que creemos que merece ser contada por ser distinta, suele ser un relato Universal. Lo que nos pasa a nosotros, les pasa a muchos. Ya lo dijo Paul Auster: “un día me desperté y me di cuenta de que era igual al resto, de que me pasaban las mismas cosas que a los demás”.

¿Por qué hay obras que sí son elegidas?
El encuentro en el amor, el viaje del héroe, el hombre versus la naturaleza, el descubrimiento de la verdadera identidad, padre e hijo, el retorno al hogar…. Sí  las tramas son siempre las mismas,  entonces ¿por qué hay obras que sí son elegidas? Porque más allá de cuál sea la trama, lo importante es el estilo, la emocionalidad con la que se proyectan los sentidos, y la empatía. Una historia mínima, contada con estas características, seduce a miles de lectores. Y la idea no es narrar para pocos. Si apenas un puñado nos entiende, poco habremos trascendido nuestro ego y poco será la influencia real que ejerzamos en este mundo.
Cuando Capote escribió “A sangre fría”, se basó en una historia poco digerible. Sin embargo lo logró con tanto estilo y tanta empatía, que muchos supimos ponernos en los zapatos y en las emociones de los asesinos.

Así de simple, así de complejo.
Y aquello que imaginaba, aquello de tener más facilidades para publicar un libro al trabajar en el mundo editorial, ¿resultó entonces real? No. Es igual que para todos. Es una travesía. Para lograrlo, debemos consolidar nuestro estilo y entender cómo funciona la empatía para lograr transmitir sensaciones, emociones y sentimientos en las palabras. Trabajar duro y no rendirnos jamás.