Lo Último

Versus. Una novela de Lucila Satti. Capítulo 4.

            —¿Gallo y Marcelo T? —dije obnubilado todavía por la sensación de vértigo que me había proporcionado la Vespa. No recibí respuesta. —¿Hey, Gallo y Marcelo T, me dijiste? —y sacudí mi espalda el tiempo suficiente como para despertar al muchacho y obtener de él una respuesta certera.
            —Sí, sí —murmuró frotándose el pelo y los ojos —es ese edificio de ahí enfrente.
            —Ese edificio existe desde que yo tengo... dejame pensar...
            —Sí, tiene sus décadas —respondió y por primera vez vi en Marcos una sonrisa pícara, casi infantil.
            —Veo que la borrachera te dura. —Marcos se encogió de hombros y se largó a reír con soltura— Por lo menos los años me sirven para llegar a destino...
            —Y tomar cerveza sin vomitar. Tiene razón, la experiencia es cosa seria. Y no me río de usted, me río de mí, la mayoría de las veces me siento como un viejo inexperto. No importa la edad que tenga, siempre me sentí así: un viejo que no aprende.
            —Será porque tenés la cabeza mucho más dura que el corazón. Creéme, los viejos que no aprenden siempre tienen la cabeza mucho más dura que el corazón.
            Marcos estuvo a punto de decir algo pero se detuvo. Pareció reflexionar internamente sobre mis últimas palabras. Algo en ellas lo enmudecieron. Me miró como esperando otra de mis frases célebres y como no obtuvo respuesta reaccionó como si lo hubieran despertado de una siesta en medio de una clase magistral.
            —Sí, claro, bueno, en fin —comenzó a balbucear con desenfreno— quiero decir, ¿toma mate? —Negué con la cabeza. Detesto el mate y todos sus derivados—. ¿Té? ¿Café? Creo que tengo café. Agua de la canilla seguro.
            —Un vaso de agua me vendría bien —dije más por compasión que por verdadera necesidad. Al fin y al cabo lo entendía: la resaca, el insomnio y la soledad no son buenas compañeras, más bien diría que son un trío para el olvido. La resaca, el insomnio y un desconocido tal vez se lleven mejor.
            Marcos se mostró entusiasmado y nervioso a un mismo tiempo. Miró en varias direcciones como si no supiera por dónde empezar hasta que finalmente tomó por el manubrio la Vespa y dijo:
            —Espéreme acá, dejo la moto y lo hago pasar.
            —¿Te ayudo? —sugerí.
            —Puedo solo, ya estoy mejor, puedo solo. Espéreme acá, dos minutos, nada más.
            Lo vi cruzar la calle haciendo esfuerzos por mantenerse en pie. Acarreaba la moto y su cuerpo con tal dificultad que por un instante me vi tentado de ayudarlo. A duras penas llegó a destino: uno de esos maxikioscos 24 hs en cuyo interior se podía ver la silueta de un veinteañero apelmazado sobre un mostrador lateral. Intercambiaron apenas dos o tres palabras, nada de un apretón de manos, ni un saludo cordial; sólo un par de palabras y el asunto estaba resuelto. Marcos apoyó la moto sobre un poste que daba de cara al kiosco, la sujetó con una cadena ridícula por su fragilidad y una vez salteado el escollo de encajar la llave en el candado, giró sobre sus talones y volvió a mi encuentro con una sonrisa torpe y nerviosa. Mientras venía hacia mí, me hice un panorama de Marcos y su entorno: un muchacho solitario, receloso de su intimidad, falto de práctica en cuestiones tales como recibir visitas en su casa o saludar con mayor calidez a un vecino cualquiera. Es de los que evitan el ascensor cuando advierten que viene ocupado, pensé, amigos tiene pero muy pocos, dos en el mejor de los casos elegidos con cautela y puestos a prueba en cuanta situación lo amerite. También, reflexioné continuando el escaneado psicológico que por vicio suelo hacer cuando alguien me llama la atención, es fachero y no lo sabe, por lo tanto las mujeres deben morir por él. Con los tiempos que corren unas cuantas despechadas lo deben haber tildado de gay, pero de ningún modo lo es. Es un elitista en los sentidos más variados de esta palabra: evita las relaciones casuales con mujeres porque prefiere la muerte a despertarse con alguien que no le interesa siquiera escuchar; recibió una buena educación aunque debe cuestionar gran parte de lo aprendido; necesita con urgencia un padre sustituto que haga lo que todo padre debería hacer y pocos hacen: ayudarlo a lanzarse al mundo sin más exigencia que la de respetar sus propios sueños porque vale la pena hacerlo más allá de toda pretensión hedonista o exitista. Evita la ropa de marca, los celulares costosos y todo aquello cuyo valor monetario no se condiga con su propia escala de valores. A primera vista podría decirse que es de los que idealizan el pasado y todo lo que se relacione con él: la motoneta arcaica, la Voighlander que ya no se fabrica, su hogar con más de sesenta años de antigüedad, pero no. Y digo que no porque nada en él lleva impresa una pose: no sabría cómo hacerlo, cómo mostrar una determinada imagen hacia el afuera. Marcos es, simplemente es y no lo sabe y como no lo sabe no siente la necesidad de mostrarse con tal o cual postura. Si se relaciona con objetos pasados de moda es porque sabe distinguir lo bueno de lo moderno; sabe que una Vespa, una Voighlander o un departamento con más de cincuenta años de antigüedad en buen estado, resultan más prácticos y baratos de mantener que algo nuevo, moderno o a estrenar. Esto no quiere decir que reniegue de lo moderno, creo que si en efecto lo encasillaran como un adorador de tiempos pasados, simplemente se descostillaría de la risa. Y lo haría con ingenuidad y no con sorna... Y aquí mismo concluyó mi escaneo psicológico. Ahora lo tenía frente a mí buscando las llaves dentro de uno de los bolsillos de su mochila, al tiempo que con un leve cabeceo me indicó la puerta de entrada del edificio.
            Empujó la inmensa puerta de madera y me cedió el paso. Como en la mayoría de los palieres antiguos, el ambiente conservaba una temperatura fresca y agradable en contraste con el bochorno en el cual se sumía Buenos Aires. A simple vista me agradó el lugar y no pude menos que hacerme una idea de cómo sería el departamento de Marcos. Sin embargo nada de lo que imaginé como su morada se condijo con la realidad. Subimos dos pisos por escalera. “El ascensor casi nunca funciona”, aseguró en un tono que rozó las disculpas. “En realidad lo que no funcionan son las personas que viven en este edificio”, concluyó y yo, zorro viejo y nómada por antonomasia, agregué que por lo general las personas no funcionan como grupo comunitario en ningún edificio porteño.
            —No me pinta un buen panorama...
            —¿Pensás mudarte?
            Y antes de abrir la puerta de su departamento, frenó en seco, me miró con una expresión tan profunda y segura que al día de hoy no puedo olvidar, y dijo:
            —Acá siempre tuve los días contados.
           
            Claro que por aquel entonces aquella mirada me llamó la atención por los motivos incorrectos: por primera vez luego de varias horas de borrachera parecía totalmente sobrio y recompuesto. Pero mirándolo en retrospectiva, recuerdo su contestación y todavía se me eriza la piel. Es como si hubiera sabido perfectamente lo que más tarde le iba a ocurrir.
            Quisiera preguntárselo, quisiera obligarlo a hablar, arrancarle los tubos de oxígeno, saber tantas cosas que supe de él por boca de otros, quisiera conocer la versión que no me contó de algunos hechos, quisiera verlo respirar, sonreír, emborracharse, quisiera verlo abrazar a Gloria, quisiera escucharlo gritar a los cuatro vientos que la ama por encima de todas las cosas, quisiera conocerlo más, adoptarlo como a un hijo, habilitarlo en todo aquello que necesite, incluso hasta quisiera verlo sufrir, retorcerse del dolor, llorar en silencio o a gritos, insultar, pedir ayuda, caer de rodillas, suplicar por sus sueños. Quisiera todo eso a verlo inmóvil sobre una cama de hospital que pese a los esfuerzos de Gloria, cada vez se parece más a un ataúd.
            No puedo, eso es todo, no puedo hacerlo hablar. Tal vez por eso escriba. Tal vez la imposibilidad, los obstáculos, la falta de recursos, lo imprevisible que resulta el simple hecho de respirar y vivir, la incapacidad de no lograr asir lo deseado hayan sido mi droga. Tal vez esa droga haya sido el motor de mi amor por Helena o el engranaje que se ponía en marcha cada vez que escuchaba: “¿Escritor vos?, ¿y para morfar qué?, ¿conocés a alguien del ambiente?, ¿no?, entonces andá buscándote otra cosa.” Lejos de desalentarme tales comentarios me invadía una sensación tal de poderío y fuerzas, una correntada de adrenalina que se deslizaba desde el centro mismo de mi pecho y me recorría el cuerpo hasta llegar a las puntas de mis yemas y obligarme a empuñar una lapicera y escribir. Qué sé yo, algunos empuñan un arma, otros una aspiradora, otros tantos un volante, otros tal vez golpeen una pelota con sus pies o con una raqueta, otros se valen de un bisturí, yo de una lapicera. Todas las pasiones hieren, y la mía no fue una excepción.
            Desde el día en que vi por segunda vez a Helena, la pasión por la escritura se hizo carne y hueso. Por primera vez comencé a escribir con la sangre que despedía mi corazón. Antes escribía con la sangre que despedía mi cerebro, pero luego de verla entrar en ese edificio, sola, con una bolsa de plástico en una de sus manos, me perdí en las entrañas de una ciudad para reencontrarme con un corazón que se desangraba de impotencia. Fue una experiencia extática, vale decir, una unión mística entre mis dedos y la pluma, entre la tinta y mi sangre detenida en el punto mismo en el cual la avisté cerrando la puerta del lado del conductor del Morris. La imagen de Helena se me aparecía una y otra vez, desparramando cientos de palabras sobre un cuaderno, haciéndome perder por completo la noción del tiempo y el espacio: me transformé en un autista de la escritura, salvo que en esta ocasión el objeto de mi deseo no eran las palabras sino Helena misma. Pocos supieron de esta compulsión que se apoderó de mí durante seis meses. Me cuidaba de no comentarlo por temor a que el hechizo se desvaneciera, o por temor a que me tomaran por loco: al fin y al cabo, en ese momento, de Helena no conocía ni su nombre. Desde luego mi cuerpo no tardó en evidenciar semejante desangramiento. Carlos, mi antítesis, mi mejor amigo (todos nuestros amigos suelen ser nuestras antítesis, de lo contrario serían enemigos) cierto día me llevó de prepo a una farmacia, me subió a una balanza y me dijo: “Mirá”. Miré las agujas que marcaban un número cualquiera y no entendí. “Perdiste diez kilos Abelardo. Vamos, desembuchá”. De ahí, sin pausa me arrastró hasta un café, pidió dos whiskys y luego de dos o tres sorbos y de una buena ración de maníes, le conté toda la historia. Recuerdo con exactitud la total y absoluta falta de expresión en el rostro de Carlos. Tomaba el whisky de a pequeños sorbos sin quitarme la vista de encima, cada tanto encendía un puro que al rato apagaba para luego volverlo a encender y nada más. No sabía qué esperar de él: si una buena paliza verbal, una urgente internación en un psiquiátrico o quizás un eterno silencio. Recuerdo eso sí, que esa falta de expresión, ese sorber de a poco el whisky, ese encender y apagar el puro terminaron por infundirme tal tranquilidad, que no me guardé nada. Cuando terminé el relato, Carlos pidió una segunda ronda y mientras esparábamos el pedido dijo:
            —Mirá, Lardo, locos estamos todos si eso es lo que tanto te preocupa. La diferencia entre vos y el resto de los mortales, es que nosotros solemos bajar nuestras locuras a la realidad. Eso es lo que hacemos todos los días: bajar nuestras locuras a la realidad. A algunos se les nota más, a otros menos, pero así funciona el mundo.
            —Claro —dije a la defensiva—, la gran diferencia es que yo bajo mis locuras a un cuaderno, y eso no es real.
            Carlos me miró con algo que yo interpreté como condescendencia, luego sonrió, volvió a encender su puro, lo aspiró con un furor inusual en él y dijo:
            —Bajar las locuras a un cuaderno es un don, Lardo, un don que muy pocos poseen. La mayoría de nosotros nos pasamos la vida entera intentando descifrar qué miércoles nos gusta hacer. Vos en cambio lo sabés, y eso, creéme, eso es una gran ventaja.
            —¿Entonces? —dije ciertamente sorprendido.
            —Entonces te estás perdiendo un flor de minón, tarado. Decíme una sola cosa: ¿Cuándo la viste por última vez?
            —Hace seis meses y diez días.
            —Seis meses y diez días… ¿Y qué esperás para buscarla, eh? Ah, ya me imagino, pensás que si la buscás y la encontrás se te van a acabar las palabras, que ya no vas a tener nada más para decir. ¿Es eso?
            Y entonces negué con la cabeza lo que treinta y cinco años más tarde mi corazón se encargaría de afirmar con ochocientos millones de sí. Porque sí, era eso y se lo negué: tenía un pavor indecible a buscarla, encontrarla y que el hechizo se desvaneciera. Nunca hasta entonces había podido escribir con tal fruición. Las palabras me salían solas, y solas conformaban oraciones que se transformaban en párrafos, en párrafos que sin que me diera casi cuenta se convertían en capítulos, en mi primera novela, en el comienzo de todo aquello que siempre había ansiado y no había podido plasmar. A Dios gracias se lo negué a mi antítesis, a Carlos, a mi mejor amigo.
            —No te creo, idiota. No te creo nada. Y llegado a este punto te voy a decir sólo dos cosas: una es que se puede escribir y vivir al mismo tiempo, y la otra, la otra es que tenés un orto más grande que el de un elefante en celo, lástima que tengas complejo de hormiga.
            —¿Suerte, yo? ¿De qué estás hablando, Carlos?
            —Dios mío, nene. Ahora entiendo por qué te mirás tanto el ombligo: porque lo tenés tan grande como el orto. Ombligo de elefante te voy a llamar de ahora en más. ¿Sabés cuántas veces me pasó lo que te pasa a vos?
            —Por lo menos cien…
            —Ninguna, Lardo, ninguna. Porque cuando veo a una mina que me gusta no se me para el corazón, se me para el pito. Nunca me faltaron minas porque siempre me faltó una mujer. El día que se me pare el corazón antes que el pito, me caso, eso dalo por hecho.
            Se hizo un silencio incómodo entre ambos hasta que Carlos encendió una vez más su puro, lo aspiró una, dos y tres veces y de improviso se escapó de su boca, junto con el humo, una sonrisa que conocía demasiado bien.
            —Ni lo pienses, Carlos, ni se te ocurra —dije queriendo evitar lo inevitable.
            —¿Y por qué no? Eso sí, antes de hablar dame una buena razón... no me vengas con...
            —¡Porque es mía! —exclamé y el bar entero se giró para echar un vistazo al maniático que osó gritar entre tantos susurros monocordes.
            Carlos ni se inmutó. Es más, volvió a sonreír, tomó otro sorbo de whisky, hizo un leve gesto de asentimiento para sí, como si toda la conversación se dirigiera al lugar exacto que él esperaba.
            —¿Tuya? No, Lardo, esa mujer no es tuya, esa mujer pertenece a la comunidad masculina universal. El día que hagas algo, qué sé yo, le hables, le preguntes su nombre, la invites a salir, ese día, tal vez y sólo tal vez comience a ser tuya. No quiero ser traicionero, pero tu descripción sobre la fulana me llamó bastante la atención. Por otra parte me diste datos suficientes como para encontrarla. Yo no dudo, Lardo, yo voy y encaro. Vos hasta no hace mucho eras igual. Digo, minas nunca te faltaron, es más, hasta alguna vez llegué a envidiarte: entre vos y yo siempre te eligieron a vos, y eso que pinta y guita no me falta. Pero en fin, ahora que te poseyó el demonio del creador masoquista, tengo mi oportunidad. Si no avanzás vos, avanzo yo. Elegí, te doy... veamos, veinticuatro horas. Si en veinticuatro horas no me das una respuesta, avanzo.
            Ante la severidad y convicción de mi archi mejor amigo Carlos, no tuve más alternativa que responder al instante:
            —La voy a buscar y la voy a encontrar.
            Carlos apagó el puro, pagó la cuenta, se incorporó de la silla, me dio una palmada en la espalda, y antes de partir dijo:
            —En un mes quiero resultados. Ah, y no te preocupes por la escritura que si esta mina es tu verdadera mujer, algún día vas a terminar escribiendo no sólo este encuentro, sino tu vida misma.

            Gracias, Carlos, gracias por aquel sopapo, por tus peculiares demostraciones de amistad, por haberme sacado en más de una ocasión de los fosos que yo mismo me cavé, por conocerme tanto, por exigirme tan poco, por darme la posibilidad de conocer a Helena y también... también por haberla salvado de mí a tiempo.

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