Lo Último

La vida, ese campo de batalla.

Por Alejandro Farías.
"Creía que esos padres y yo mismo, en el fondo, éramos inmortales."
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Manu Larcenet es, sin dudas, uno de los nombres más representativos de la camada de historietistas franceses que hoy tiene entre cuarenta y cincuenta años. Gran parte de este reconocimiento se debe a “Los combates cotidianos”, historieta que escribió y dibujó entre 2003 y 2008 y que se publicó, originalmente,  en cuatro tomos que salieron de forma continuada (y con un año, más o menos, de distancia entre número y número) por las editoriales Dargaud en Francia y Norma en España.
“Los combates cotidianos” narra el camino que recorre Marco mientras deja de ser un joven fóbico y solitario para transformarse en padre de familia. Si no fuera porque en la última entrega el hermano de Marco, su gran compinche en los libros anteriores, no aparece en todo el tomo (dejando sin resolución la profunda crisis que sufrió a causa de la muerte de su padre), estaríamos hablando de una obra perfecta.
Hay una relación mágica entre esa obra y mi experiencia como lector. A medida que los tomos iban saliendo, mi vida, al igual que la de Marco, iba modificándose y modificándome. Al igual que él, al terminar el libro, tampoco era el mismo que al principio; habían pasado cuatro o cinco años y muchos e importantes cambios. Sin embargo, no voy a hablar de eso. O sí, pero de manera indirecta.
“Pasé mi infancia temiendo que se murieran mis padres. Desde el famoso todo el mundo se muere un día, que me soltó un tío mío en aquel entonces, la cosa se convirtió en obsesiva. ¿Se retrasaba mi madre? ¡Accidente de coche! ¿Llegaba tarde mi padre del astillero? ¡Accidente de trabajo! Así me fui haciendo a la idea de su muerte… Hoy día, cuando eso se acerca, comprendo mejor lo que entonces sólo alcanzaba a vislumbrar… Comprendo que su muerte no será la mía. Lo cual no cambiará nada el inevitable horror del hecho, pero al menos no me confundiré de luto. Es lo menos que puedo hacer por ellos.”
De todas las grandes frases del libro, esta última me quedó en la cabeza, girando, como una canción de moda, esas que ponen una y otra vez a cualquier hora y en cualquier dial. Quizás porque me di cuenta de que yo tampoco confundiría el luto cuando esa simple verdad, eso, ocurriera. Al menos, estaba seguro de que ya no sería como antes, no como cuando era pibe e imaginaba eso con una especie de rigor romántico, como si la muerte de mis padres me pudiera recubrir de una melancolía encantadora, de una tragedia morbosa y fantástica; como si su pérdida me pudiera brindar un don poético, un patético y sublime dolor por el cual mi yo se volvería interesante.
Lo mismo ocurría si pensaba en mi propia muerte. Importaba lo que en otros provocaría, los arrepentimientos, las fantasías, la inconsolable soledad a la que arrastraría a mis afectos. Quizás me permitía pensar así porque creía que esos padres y yo mismo, en el fondo, éramos inmortales.
            Pero ya no fumo, tratando de alcanzar un colectivo sufrí un ataque de tos de media hora y perdí, de golpe, la ilusión de la inmortalidad. La ley de la gravedad existe y, a partir de cierto momento, empieza a hacerse sentir: no estamos afuera del tiempo, pero tampoco operamos sobre él. El tiempo va y nosotros, simplemente, lo padecemos.
Veo las fotos de mis padres de antes de mi nacimiento, e imagino sus combates silenciosos y me digo que soy un tonto, que por querer ver a dos padres me he perdido dos personas a las que iré descubriendo después, cuando eso ya haya ocurrido. Porque mientras estén vivos, su rol anula cualquier otra posibilidad de acercamiento, como si por ser padres e hijos, cualquier otro tipo de interacción fuera imposible; más allá de las culpas y las exigencias no existe nada.
Pero después de eso, vendrán a mí, entre anécdotas, fotos y pequeños objetos vedados. Entonces sí sabré que no apropiarme de un luto que no me pertenece me permitirá animarme a ver a aquellos que por estar tan cerca jamás pude ver de cerca y a aceptar que, como cualquiera de nosotros, están hechos de perfectas contradicciones, de acompañadas soledades, y que yo mismo no fui más que una más de sus vacilaciones y preocupaciones, una más en el medio de otras miles. Y está bien, porque estaban vivos y estaban ocupados en sus luchas, sus terribles luchas.
Afuera mi hijo juega con sus juguetes. Debajo de mi cama tengo guardada una caja llena de recuerdos míos que acumulo para él: diarios de adolescente, entradas a recitales, pequeños objetos traídos de viajes y, sobre todo, fotos, muchas fotos. Quiero que cuando eso me ocurra y él se anime a verme como hombre y  no como padre, tenga algo mío con qué dialogar.
“Los combates cotidianos” esconden una enseñanza: las cosas “sí” tienen un valor, siempre y cuando alguien se haya tomado el trabajo de grabar en ellas un mensaje, les haya soplado palabras secretas que recién se volverán entendibles cuando el mensajero se haya vuelto viento, se haya convertido, gracias a eso, en un simple y común ser humano con una vida que contar.