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Odradek, escritor.

Un cuento de Alejandro Farías.

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Mi conejo se hizo escritor.
Fue un acto repentino e involuntario: se despertó una mañana y vomitó un cuento. Después se le hizo costumbre.
Me los dejaba amontonados a los pies de la cama, junto a las cucarachas que me ofrendaba el gato.
Los leía con el desayuno.
Odradek, el conejo, se acurrucaba sobre mis piernas y me miraba expectante. Por lo general lo decepcionaba. La lectura nunca fue lo mío y no sabía, realmente, el valor que podían llegar a tener sus escritos.
Se los mandé por mail a varios conocidos que sí entendían de literatura. Sus respuestas fueron fulminantes: a la mitad no les gustaron, a la otra mitad les parecía que no cumplían con ninguna de las reglas básicas del género.
A mi conejo las respuestas lo molestaron de una manera que a mí, al menos, me pareció contradictoria: a los que no les gustaron, les exigía una lectura que fuera más allá del sentimiento; a los que le pedían reglas formales, les decía que él escribía con libertad, con lo que le nacía de adentro.
Pasado un tiempo, di a conocer a todos la identidad del autor. El hecho de que fuera un conejo, cambió por completo la mirada sobre sus cuentos: de ser despreciados pasaron a volverse un nuevo paradigma de escritura.
El conejo ya no vive conmigo. Ahora tengo otro, uno negro, cuya única virtud es hacer caca cuadrada.
Con Odradek nos escribimos algún que otro mail cada tanto o nos juntamos a tomar un café cerca de la veterinaria a la que lo llevaba cuando vivíamos juntos.
La verdad es que tenemos pocos temas en común y las charlas son bastante superficiales y, por lo tanto, breves. A mí, sus cuentos, que querés que te diga, me siguen provocando la misma indiferencia de siempre.


Hacé click en la imagen para conocer más sobre el autor.

La entrevista.

Por Alejandro Farías.
"La felicidad, esa idea que tanto nos atormenta."
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La entrevista es una novela gráfica de Manuele Fior que se editó en España gracias al trabajo de la editorial Salamanca, cuyos libros, por suerte, se consiguen con facilidad en las librerías argentinas. Su autor es italiano, nació en 1975 y se hizo conocido por Cinco mil kilómetros por segundo,  su anterior y muy premiada obra.

                Italia, 2048: ese es el lugar y el año en el que transcurre la historia que nos ocupa. Pero no nos engañemos, no hay ningún tópico de la ciencia ficción en su interior (salvo, quizás, por el avistamiento de figuras anormales en el cielo, el surgimiento de fenómenos telepáticos dentro de la comunidad y la presencia de algunos y menores elementos de uso cotidiano que poseen una tecnología apenas un tanto más avanzada que la nuestra). En todo caso, la decisión de contar esta historia en el futuro sirve para plantear  una hipótesis: somos y seremos frágiles, sufriremos siempre por nuestros sentimientos y, ahora como entonces, las generaciones nuevas plantearan dudas y cambios a las costumbres de las generaciones anteriores. Esta es la trama central de la novela: la relación entre un psicoanalista, abandonado por su mujer, y una joven paciente que, como el resto de sus compañeras de la “nueva convención”, siente que hay nuevas formas de vivir en pareja y de sentir el amor y que el sostén moral en el que se apoyan los mayores debe ser reemplazado ya que sólo trae infelicidad.

              El conflicto generacional está narrado con precisión de cirujano, la misma precisión con la que toca temas que, al menos a mí, me persiguen constantemente, como, por ejemplo, dilucidar cuáles “batallas” responden a mis verdaderas búsquedas y cuáles me siento influenciado a hacer por la época en la que vivo y por qué estamos más interesados en generar una sociedad única y total en vez de animarnos a inventar pequeñas sociedades dentro de un gran y diverso mundo. Creo que J. Franzen explicó muy bien este último punto: todos queremos ser únicos, pero todos tememos, en el fondo, serlo, porque necesitamos reconocernos en el otro para no sentirnos terriblemente solos.
            Otro concepto que puede rastrearse en el libro es el de la felicidad, esa idea que tanto nos atormenta. En ese sentido, el final del libro plantea un mensaje: es tan importante recuperar la esperanza de adulto como enfrentarse a la desilusión de joven; la enseñanza, en todo caso, es la misma: la felicidad no es el resultado de una serie de normas, el producto de una ley, una ecuación algebraica, algo que se consigue mediante fármacos o algo que podemos forzar a sentir. La felicidad es apenas un delicado momento que nos toca vivir cada tanto. Sin embargo, algo tiene que ocurrir primero, algo que se da por una serie azarosa de factores que nos permiten, por un momento, olvidarnos de todas nuestras normas, sin importar cuales sean. La paradoja que envuelve a los personajes es justamente esa: en su búsqueda de la felicidad van creyendo necesario tejer normas de conducta que los ayuden a encontrarla; y sin embargo, los momentos más felices de sus días ocurren cuando alguien o algo altera ese orden, orden al que irremediablemente volverán  a caer porque la vida así lo exige.
Pero tranquilos, es tiempo de entender que ese orden recurrente no es más que el terreno para que la siguiente ola de felicidad nos envuelva. Porque sí, porque hay un  tiempo para cada cosa.


Aventura: Cambiando de forma.

Por Alejandro Farías.
"Hay que permitirse que sea el mundo y sus habitantes los que vayan enseñándonos a ver."
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“Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado
y se puede sin embargo volver,
ya nunca más se pisará como antes
y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado”.
Séptima poesía vertical - Roberto Juarroz

     David Mazzucchelli es un dibujante norteamericano de gran trayectoria en Marvel y DC Cómics (responsable, por ejemplo, junto a Frank Miller, de obras fundamentales del género de superhéroes como “Batman: Year One” y “Daredevil, born again”) que en el punto más alto de su carrera decidió abandonar el mainstream para dedicarse a proyectos personales. 
     En 1994, junto con el escritor Paul Karasik, realizó la imprescindible adaptación a historieta de la novela “Ciudad de Cristal”, de Paul Auster. 
     En el 2009, publicó “Asterios Polyp”, su primera novela gráfica como autor integral (esto es, guión y dibujo propio) y la razón por la que usted y yo, querido lector, estamos acá y ahora, frente a frente. 
     “Asterios Polyp” es una novela ambiciosa (se dice que Mazzucchelli estuvo trabajando en ella durante diez años) pero es gracias a eso, y a la maestría con que esa ambición está plasmada, que estamos ante una verdadera obra de arte, un libro potente y revolucionario, uno de esos libros que aparecen de vez en cuando para sacudir convenciones y re-oxigenar géneros. 
     Una de las cosas que más me impactó de esta obra es el modo en que logra capturar y transmitir la fragilidad de eso que llamamos “identidad”: creemos que somos “uno” o “el mismo” a lo largo de nuestras vidas, pero obviamos el modo en que, gracias al contacto cotidiano con el “otro”, nuestro “yo” vive en constante estimulación, amenaza y cambio. 
     El deseo (de amor, de cercanía, de aprendizaje, de amistad y un largo etcétera) nos empuja a abrimos a los otros, pero esa misma apertura es la que hace que nos sintamos, a la vez, vulnerables y desconfiados: porque queremos entrar en el otro, pero tememos que ese entrar en el otro signifique la pérdida total de lo que somos. Nuestras relaciones van y vienen, trastabillando, entre el miedo y el deseo. 
     En el mundo de la arquitectura, Asterios Polyp es un reconocido teórico, un profesor memorable, un hombre de comentarios filosos, ácidos y certeros pero que nunca en su vida ha creado un sólo edificio. 
     Al comienzo del libro lo encontramos en su peor momento, acaba de cumplir cincuenta años y un incendio arrasa con su casa. El resto, es un viaje en el que se intercalarán su presente con su pasado: por un lado, asistiremos a las decisiones que Asterios va tomando luego de haber perdido su hogar; por otro lado, y a través de sucesivos flashback, nos iremos enterando de su vida de antes, su vida de dandy universitario, su casamiento, sus manías, sus obsesiones. 
     Un dato insólito: el narrador de su vida pasada es Ignazio, el hermano mellizo de Asterios que murió en el parto. Sí, es raro. Y admito que lo que yo considero una obra ambiciosa para algún otro puede resultar un tanto pretenciosa. La diferencia entre un adjetivo y otro está en que si bien las ideas son complejas y parten de premisas complicadas, Mazzucchelli tiene el talento de volverlas simples. ¿Cómo? Desplegando infinitos recursos narrativos (la voz de cada personaje está representada con una caligrafía propia, cada suceso narrado tiene un color que lo identifica y una disposición y una manera de plasmarse en la página distinta) que hacen que la historia fluya con claridad. Pocas veces encontrarán una obra que conjugue tan bien decisiones funcionales con estéticas. En este sentido, cada página del libro es una lección de las posibilidades narrativas de la historieta y un gozo para la vista. Y es gracias a esta inquietud, a esta exploración de los recursos, que Mazzucchelli consigue “mostrar” de modo perfecto las grietas en la identidad de sus protagonistas. Lo que está en el pasado de Asterios es, justamente, el haberse cruzado con una persona que, recién ahora lo entiende, lo ha obligado a dejar de vivir en el cómodo mundo de las ideas para obligarlo a enfrentarse con el mundo real; a tomar conciencia, por primera vez, de la fuerza que los otros ejercen en nuestras vidas. 
     Permítanme que tome prestadas unas palabras del escritor portugués Gonçalo Tavares para explicar en qué consiste esta fuerza: 
     "Al miedo lo podemos llamar: Posibilidad de perder la Forma. El cambio de la Forma es provocado por una fuerza. 
     Si la fuerza es mayor, el cambio de la Forma es mayor. Si la fuerza es menor, el cambio de la Forma es menor. 
     A la fuerza que nos cambia podemos llamarla: Otro. 
     ¿Qué es entonces el miedo? El miedo es la sensación provocada por el Otro. 
     ¿Cómo puede acabar ese miedo? Eliminando al Otro o alejándolo. 
     Pero es el Otro el que nos cambia. Sin el Otro (viento, hombres, mujeres, animales, cosas) permanezco inmóvil e igual”. 
     El poético descenso a los infiernos que hace Asterios casi al final de la novela no es más que una manera alegórica de explicar esto: estar vivo es estar en movimiento, y estar en movimiento es, ni más ni menos, que animarse a cambiar de forma. Hay que conectarse con los otros para comprender su presencia porque, a su vez, esa presencia es la que nos va a enseñar a valorar, descubrir y modelar la nuestra. 
     Para los escépticos y los derrotistas, tengo una mala noticia, en la vida moderna aún existe algo parecido a la “aventura”, pero para experimentarla hay que animarse a evitar que sea nuestra “mirada” la que codifique al mundo y a sus habitantes y hay que permitirse que sea el mundo y sus habitantes los que vayan enseñándonos a ver. 
     Orfeo tenía que evitar una sola cosa para no perder para siempre a Eurídice: no mirarla dentro del infierno, es decir, no fijarla a una imagen muerta. Pero no pudo. La necesidad de condenarla a su mirada fue demasiado fuerte.


La vida, ese campo de batalla.

Por Alejandro Farías.
"Creía que esos padres y yo mismo, en el fondo, éramos inmortales."
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Manu Larcenet es, sin dudas, uno de los nombres más representativos de la camada de historietistas franceses que hoy tiene entre cuarenta y cincuenta años. Gran parte de este reconocimiento se debe a “Los combates cotidianos”, historieta que escribió y dibujó entre 2003 y 2008 y que se publicó, originalmente,  en cuatro tomos que salieron de forma continuada (y con un año, más o menos, de distancia entre número y número) por las editoriales Dargaud en Francia y Norma en España.
“Los combates cotidianos” narra el camino que recorre Marco mientras deja de ser un joven fóbico y solitario para transformarse en padre de familia. Si no fuera porque en la última entrega el hermano de Marco, su gran compinche en los libros anteriores, no aparece en todo el tomo (dejando sin resolución la profunda crisis que sufrió a causa de la muerte de su padre), estaríamos hablando de una obra perfecta.
Hay una relación mágica entre esa obra y mi experiencia como lector. A medida que los tomos iban saliendo, mi vida, al igual que la de Marco, iba modificándose y modificándome. Al igual que él, al terminar el libro, tampoco era el mismo que al principio; habían pasado cuatro o cinco años y muchos e importantes cambios. Sin embargo, no voy a hablar de eso. O sí, pero de manera indirecta.
“Pasé mi infancia temiendo que se murieran mis padres. Desde el famoso todo el mundo se muere un día, que me soltó un tío mío en aquel entonces, la cosa se convirtió en obsesiva. ¿Se retrasaba mi madre? ¡Accidente de coche! ¿Llegaba tarde mi padre del astillero? ¡Accidente de trabajo! Así me fui haciendo a la idea de su muerte… Hoy día, cuando eso se acerca, comprendo mejor lo que entonces sólo alcanzaba a vislumbrar… Comprendo que su muerte no será la mía. Lo cual no cambiará nada el inevitable horror del hecho, pero al menos no me confundiré de luto. Es lo menos que puedo hacer por ellos.”
De todas las grandes frases del libro, esta última me quedó en la cabeza, girando, como una canción de moda, esas que ponen una y otra vez a cualquier hora y en cualquier dial. Quizás porque me di cuenta de que yo tampoco confundiría el luto cuando esa simple verdad, eso, ocurriera. Al menos, estaba seguro de que ya no sería como antes, no como cuando era pibe e imaginaba eso con una especie de rigor romántico, como si la muerte de mis padres me pudiera recubrir de una melancolía encantadora, de una tragedia morbosa y fantástica; como si su pérdida me pudiera brindar un don poético, un patético y sublime dolor por el cual mi yo se volvería interesante.
Lo mismo ocurría si pensaba en mi propia muerte. Importaba lo que en otros provocaría, los arrepentimientos, las fantasías, la inconsolable soledad a la que arrastraría a mis afectos. Quizás me permitía pensar así porque creía que esos padres y yo mismo, en el fondo, éramos inmortales.
            Pero ya no fumo, tratando de alcanzar un colectivo sufrí un ataque de tos de media hora y perdí, de golpe, la ilusión de la inmortalidad. La ley de la gravedad existe y, a partir de cierto momento, empieza a hacerse sentir: no estamos afuera del tiempo, pero tampoco operamos sobre él. El tiempo va y nosotros, simplemente, lo padecemos.
Veo las fotos de mis padres de antes de mi nacimiento, e imagino sus combates silenciosos y me digo que soy un tonto, que por querer ver a dos padres me he perdido dos personas a las que iré descubriendo después, cuando eso ya haya ocurrido. Porque mientras estén vivos, su rol anula cualquier otra posibilidad de acercamiento, como si por ser padres e hijos, cualquier otro tipo de interacción fuera imposible; más allá de las culpas y las exigencias no existe nada.
Pero después de eso, vendrán a mí, entre anécdotas, fotos y pequeños objetos vedados. Entonces sí sabré que no apropiarme de un luto que no me pertenece me permitirá animarme a ver a aquellos que por estar tan cerca jamás pude ver de cerca y a aceptar que, como cualquiera de nosotros, están hechos de perfectas contradicciones, de acompañadas soledades, y que yo mismo no fui más que una más de sus vacilaciones y preocupaciones, una más en el medio de otras miles. Y está bien, porque estaban vivos y estaban ocupados en sus luchas, sus terribles luchas.
Afuera mi hijo juega con sus juguetes. Debajo de mi cama tengo guardada una caja llena de recuerdos míos que acumulo para él: diarios de adolescente, entradas a recitales, pequeños objetos traídos de viajes y, sobre todo, fotos, muchas fotos. Quiero que cuando eso me ocurra y él se anime a verme como hombre y  no como padre, tenga algo mío con qué dialogar.
“Los combates cotidianos” esconden una enseñanza: las cosas “sí” tienen un valor, siempre y cuando alguien se haya tomado el trabajo de grabar en ellas un mensaje, les haya soplado palabras secretas que recién se volverán entendibles cuando el mensajero se haya vuelto viento, se haya convertido, gracias a eso, en un simple y común ser humano con una vida que contar.