Lo Último

Mareo de libertad.

Por Juliana Cornago.
"Elegir necesariamente implica descartar."
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Tomar decisiones no es tarea fácil. En su definición primaria, “decidir” implica “cortar la dificultad”, ni más ni menos. Etimológicamente, el término denota un punto de inflexión, crisis, dilema. De hecho, se podría afirmar que es una destreza que se desarrolla a lo largo de la vida y sería cuestionable hablar sobre la posibilidad de su perfección. A su vez, la decisión subyace tras nuestra cotidianeidad en forma imperceptible pero constante. Decidimos todo el tiempo, hasta sin darnos cuenta. Y toda decisión implica resignación. Elegir necesariamente obliga a descartar. Peor aún, no sólo implica asumir la pérdida de lo no elegido, sino afrontar las consecuencias de lo que se elige.
A menudo la literatura ahonda en cuestiones filosóficas y psicológicas que reflejan con claridad conceptos que a veces damos por sentado ante su familiaridad. Tal es el caso de las implicaciones filosóficas de decidir. Y existe una obra que ilustra con claridad y con un particular sentido del humor la crisis del hombre ante la decisión. Se trata de “Therapy”, novela escrita por David Lodge, maestro del humor inglés y reconocido autor de obras como “La caída del Museo Británico” y “Noticias del paraíso”. “Therapy” se centra en la crisis de los ‘40 que padece Laurence Passmore, su protagonista, un escritor de telenovelas exitoso, famoso y millonario, oriundo de Inglaterra, cuya percepción sobre la vida se ve profundamente alterada cuando comienza a tener dolores agudos en la rodilla. Podría decirse que, desde lo que aparenta, la vida de Laurence es “perfecta”. Sin embargo, este penetrante dolor lo limita físicamente y, peor aún, desencadena en él una serie de pensamientos angustiantes: desencanto ante un presente espiritualmente vacío, arrepentimiento por decisiones de un pasado ya remoto y ansiedad por un futuro incierto. Intentando aliviarse, Laurence recurre a la acupuntura, la aromaterapia, la psicología cognitiva, en fin, a todo tipo de terapia de la que pueda echar mano. Aparte de deleitar al lector en cuotas inagotables de humor, sus sesiones terapéuticas son infructuosas. Su angustia parece responder a otra naturaleza. Inmerso en su depresión, desatiende a sus propios hijos y a su esposa,  Sally, quien, cansada de intentar recuperar su atención, decide divorciarse. Alienado de su entorno, Laurence se propone volver a contactarse con su novia de la adolescencia, un amor no correspondido que lo marcó profundamente. Duda. Porque reencontrarse le genera ansiedad, pero la idea de no volver a verla es intolerable. Y es entonces cuando descubre al filósofo Kierkegaard.
La crisis de Laurence, sumada a su interés por encontrar la respuesta al vacío existencial, lo lleva a interesarse por unos escritos del pensador Søren  Kierkegaard que encuentra por casualidad. La filosofía de este excéntrico intelectual danés resulta tan atrapante para Laurence como para el lector de “Therapy”. En su obra “El concepto de la angustia”, Kierkegaard describe la naturaleza de esta sensación, a la que llama “mareo de libertad”, que es comparable, argumenta él, con lo que experimenta un hombre al borde de un abismo: por un lado, el terror por la muerte inminente lo paraliza; por otro, la fascinación lo impulsa a saltar. En otras palabras, la posibilidad de decidir lo conduce a la angustia. Asociándolo con su propia vida y probablemente inspirándose en ella para definir el concepto, Kierkegaard relaciona la angustia con lo que le ocurrió en su juventud: se enamoró y comprometió con Regina Schegel pero, luego de un tiempo, rompió inexplicablemente el compromiso, en uno de los romances más famosos de la filosofía. Regina nunca supo por qué había sido abandonada y, tiempo después, rehízo su vida con otro hombre. Lo que desconocía es que Kierkegaard tampoco podía explicarse por qué había decidido dejarla y vivió atormentado por su decisión.
       Así como Lawrence encuentra en Kierkegaard una fuerte identificación, el lector puede comprender perfectamente lo que sienten ambos. Todos conocemos alguna forma del abismo. Sentimos la angustia de la indecisión. No obstante, no todo es angustia. A fin de cuentas, “decidir” también quiere decir “resolver”. Asociándolo directamente con el nacimiento del pecado original, Kierkegaard describe el concepto de la angustia como lo que sintió Eva cuando Dios le dijo que no debía comer del árbol prohibido. Con todas sus consecuencias, la prohibición implicaba que Eva podía obedecer… o no. Y fue precisamente su libertad para decidir lo que dio a luz a su angustia. A la angustia. ¿Obedezco a Dios o pruebo el fruto? ¿Por qué debo elegir yo? ¿Por qué no me dieron solo una opción, librándome de la angustia de decidir? ¡Cuántas veces pasamos por algo así! A menudo condenamos la posibilidad de elegir frente a la angustia que presupone tal responsabilidad. Sin embargo, una vez que logramos cruzar el umbral de la indecisión, sea para saltar al abismo o para quedarnos del otro lado, decidir también representa el despertar de las posibilidades, es un recordatorio de nuestra humanidad más plena. Eva no hubiese sentido angustia si solo hubiera tenido una opción: no habría tenido que detenerse a elegir. Si sentimos angustia es precisamente porque podemos decidir. Y esa posibilidad asusta, sí. Desequilibra, también. Pero es indicio de que hay alternativas. Es, al fin, un recordatorio de nuestra libertad.


Juliana Cornago.
Bahía Blanca (Arg.) Es Traductora literaria y técnico-científica en inglés. Completó su Residencia de Traducción Literaria en el Instituto Superior en Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández". Está completando estudios de Posgrado en Corrección de Textos en la Fundación Litterae, a cargo de la Dra. Alicia Zorrila, representante argentina ante la Real Academia Española. Se dedica principalmente a la traducción científica, trabajando con investigadores de distintas partes del país. Apasionada por el arte en sus distintas formas, estudió guitarra, canto y percusión. Su interés en la literatura y la redacción la impulsó a escribir columnas literarias.

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