Lo Último

Arenales.

Un cuento de Lucía Rodríguez.


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             Él caía en su departamento todas las semanas y pasaban la tarde juntos. Cuando estaban solos hacían el amor. Los lunes, él las invitaba a ella y a su compañera de departamento a cenar unos churrascos que su padre le daba los domingos para que comiera durante la semana. Habían sido novios durante poco tiempo. Cuando iban a la escuela secundaria.
 Otras veces ella se bajaba del colectivo de vuelta de la facultad como a las once de la noche y pasaba por el departamento de él. Un departamento que compartía con sus hermanos que, más avanzados en los estudios, pasaban mucho tiempo en la facultad
o en los departamentos de sus novias. A ella le gustaba mirar las revistas para hombres que tenían él y sus hermanos. Una vez él le había dicho: mirá, esta chica tiene un cuerpo parecido al tuyo, con pechos chicos, como vos. Y después se desnudaron y se fueron
al baño a hacerlo frente al espejo. Él quería mirar su cara mientras estaba detrás de ella, y le decía matame. Siempre le decía matame.
Estaban de paso en la capital del país, pero ellos sentían que ibaa ser para siempre. Vivían en departamentos con pasillos y ascensores con olor a mucha gente. Eran refugios con estilo, porque había muebles que sobraban de las casas de sus padres en el pueblo, pintados de colores, había afiches de exposiciones, o de películas
clásicas. También había libros y tableros de dibujo.
Todos los estudiantes llegados de los pueblos vivían así: en departamentos austeros en zonas céntricas y caras de la ciudad. Tenían acceso a los parques franceses, a los museos y a los cines, que no estaban en los shoppings todavía y que funcionaban en edificios construidos para proyectar películas, o en antiguos teatros con mamposterías barrocas y butacas de terciopelo.
La casa de ella se llamaba Marcelo T, la de él, Arenales.
Era verano y no quedaba nadie en la capital, los departamentos de ellos estaban cerca de un conjunto de edificios universitarios que en esos días se llenaban de silencio y palomas sedientas.
Ella no quería pasar el verano ahí, pero tenía que rendir exámenes y febrero estaba cerca.
Esa tarde el sol quemaba en la ventana. La persianas estaban cerradas y la luz eléctrica, encendida. La tortuga comía una hoja de lechuga marchita en su caja de zapatos y ella estudiaba la Bauhaus con una compañera de la facultad.
Sonó el timbre: era él.
—Estoy estudiando —habló ella con el portero eléctrico— Si estás en Arenales paso después.
—Sí, voy a estar ahí.
Ella se alegró de no tener que pasar esa noche sola. Cuando se encontraba con él casi siempre dormían juntos. Entonces se acompañaban. Se acostaban en camas separadas y charlaban de una cama a otra como amigos de la infancia. A veces se reían hasta quedarse dormidos, y a la mañana temprano ella se iba a la tienda de ropa donde trabajaba, sin despertarlo.
Él la recibió sólo con un short de tenis. Estaba bronceado y los ojos se veían más verdes.
—Qué calor —dijo él mientras abría la puerta.
—¿Vos también tenés que preparar algo?
—Sí, estructuras. Pero esta noche tenemos una cena.
—No me digas.
—Mi hermano quiere que conozcamos el departamento.
El hermano de él estaba recién casado. Vivía en un barrio más alejado, pero ella sabía cómo llegar porque la tienda donde trabajaba estaba cerca.
—Bueno, vamos. ¿Y habrá que llevar algo?
—Yo compré un vino.
Tomaron el 132 y llegaron al departamento del hermano. Todo lo que estaba dentro de las habitaciones era nuevo, muebles y elementos decorativos regalados en la boda, hechos para habitar la casa de una familia que ya tiene todo claro, dónde debe estar cada cosa, cuándo debe nacer cada hijo, en qué momento pedir un ascenso.
Sólo algunas repisas y un arcón que recordaban un pasado cercano, donde habían sido estudiantes, ocupaban lugares destacados conservando la rebeldía en la pintura y en alguna foto o calcomanía pegada.
La mujer del hermano había preparado cerdo al horno con ciruelas y puré de manzanas. También había comprado helado.
El hermano y su mujer estrenaban el papel de anfitriones en una casa en común, y los trataban a ellos como a una pareja de amigos, acaso ensayando el comportamiento para alguna futura cena más importante.
Pero mientras avanzaba la noche la charla se iba haciendo más suelta, todos se conocían desde hacía tiempo y la familia de él se destacaba por sus encuentros alegres, anécdotas locales e historias típicas de gente con muchos hermanos, tías y tíos.
Ellos dos fueron discretos y eligieron el momento oportuno para irse de una casa de familia, porque era miércoles y al otro día había que ir a trabajar.
Bajaron las escaleras con el vino en la sangre, todo tenía un color festivo en esa avenida, los carteles de neón, la humedad, los camiones que levantaban la basura, los pocos autos y el colectivo que no venía.
Esperaron, siguieron esperando. Con el paso del tiempo la euforia se iba apagando. Había baches de silencio entre ellos, algo que no sucedía nunca. Era la primera vez que hacían silencio de a ratos. El tiempo seguía avanzando y no veían ningún colectivo.
Sospecharon una huelga. No sabían qué hacer. Sus casas estaban muy lejos para ir caminando, los taxis eran muy caros, y el dinero no alcanzaba. El subterráneo ya no corría.
Un taxi se acercaba, ellos lo miraban. El auto frenó. El taxista, un hombre negro, gordo, se asomó a la ventanilla y dijo:
—¿Para dónde van? Yo ya me vuelvo a mi casa, si quieren los llevo. Voy para el lado de Palermo.
—Ah, nos queda bárbaro.
Subieron sin dudar.
—Parece que hay paro de colectivos ¿no?
—Sí, a las diez dejaron de salir. Yo trabajé bien todo el día. Ya está, por hoy ya está. Me puedo dar por contento.
—Gracias por levantarnos, la verdad no sabíamos qué hacer.
—Y sí, si hay lugar ¿por qué no aprovecharlo?
—Qué calor hoy, todo el día. No bajó nada la temperatura.
—Son estos jardines de cemento, que no nos dejan bajar el calor —dijo el negro acomodando con la mano un Clemente que colgaba del espejo retrovisor— ¿Ustedes son estudiantes?
—Sí, yo estudio arquitectura y ella diseño del paisaje.
—Qué lindas carreras che, qué lindas. Yo empecé a estudiar, pero después dejé y la vida te va llevando a una y otra cosa hasta que te das cuenta de que se te pasó la mitad y ya no estás para estudiar, y los que empiezan a estudiar son tus hijos. Y te querés matar de lo rápido que pasó el tiempo —la voz del negro era de tenor—, pero ustedes no son porteños, tiene un acento distinto.
Ellos se miraron en la oscuridad, se rieron, él levantó las cejas.
—Nosotros aspiramos las eses —dijo ella, aspirando las eses exageradamente.
—Sí, un poco como nosotros, los uruguayos. Bueno, nosotros las comemos.
—Somos de Chivilcoy.
—Ah, mucho tambo y agricultura por ahí, ¿no?
—Exacto, qué informado, ¿hace mucho que vivís acá?
—Ocho años hace.
—Qué lindo Uruguay, yo estuve en la Llamada para carnaval el año pasado. Quedé enamorada de Montevideo, la gente hermosa, la fiesta en la calle —dijo ella.
—Yo soy del barrio Sur en Montevideo, ahí está la mayoría de mi familia, los Porciúncula.
—Porciúncula, ¿ese es tu apellido? —dijo ella.
—Carlos Porciúncula, para lo que guste.
—Así se llamaba la iglesia que arregló San Francisco de Asís, y donde empezó su carrera de santo, digamos. ¿Sabías?
—¿Ah sí?¿Así igual se llamaba, Porciúncula?
—Sí, así: La Porciúncula.
—¿Y tu familia participaba del desfile de carnaval? —preguntó
él.
—Sí, algunos, pero todo eso no es así como se ve. Eso es para el turismo.
—¿Qué cosa es para el turismo?
—Todo el tema del Carnaval. Se lo hacemos los negros para los blancos, al final nos siguen tratando como poca cosa.
—¿En serio? Pensé que no era así allá.
—Sí, es así, el uruguayo es muy racista. Y mirá qué injusto, los negros fuimos los que peleamos con más valentía en las guerras por la independencia.
—Y sí, “Negro Carne de Cañón, sin patria y sin libertad” —fraseó él.
—Por eso prefiero estar acá, que si me miran mal al menos no van a querer vender nuestra fiesta como algo de ellos para después despreciarnos y tirarnos a los chanchos.
Atrás, ellos callaban.
Ella dijo en voz baja, para todos pero como para ella misma.
—Un asco, no puedo creer que estas cosas sigan siendo así.
—Eso no lo creés porque acá no hay muchos negros, entonces somos simpáticos, exóticos —dejó el volante para marcar las comillas con los dedos— A mi bisabuelo lo tiraron a los chanchos, sí, literal, así como les digo, porque era negro.
—¿Cómo fue eso?
—Lo había tenido una blanca que se había acostado con un negro y cuando nació no sabía que hacer. Bueno, sí, sabía que se lo iba a sacar de encima. Mi tatarabuelo agarró al negrito justo cuando lo estaban tirando a la porqueriza y le pidió a la mujer que se lo regalara. Y así sigue mi sangre en el mundo, salvada de los chanchos por un negro de buen corazón.
Ella le apretaba la mano a él, muy fuerte esta vez, los primeros apretones, que habían sido de complicidad, se habían ido tensando. Él le puso la mano en la pierna y la acarició para tranquilizarla.
—Bueno, es una cosa terrible lo que contás, no sé, la verdad es que esas historias te dejan sin palabras.
—Sí, a veces cuento estas cosas para descargarme un poco. Ojo, yo acá estoy bien, no me puedo quejar.
Ella miraba la mata de pelo negro enrulado, que se daba vuelta de a ratos para acentuar lo que decía. Y tocaba la mano de él en su pierna.
Otra avenida, con más gente y más autos les marcaba la cercanía de su barrio.
—Dejános por acá. Nos queda mejor.
—Bueno hermano.
El negro frenó y él abrió la puerta.
—Chau, muchas gracias.
—Son una linda pareja, ojalá algún día la vida nos vuelva a juntar.
Carlos Porciúncula, para lo que gusten.

Subieron el ascensor de Arenales. Callados. El silencio tenía cuerpo en ese momento.
Cada uno estaba en su cabeza, ella con ganas de haberle dicho algo más a Porciúncula.
Cuando entraron ella dijo:
—Voy al balcón a fumar un cigarrillo. Che, esto lo tenemos que anotar.
Él se asomó al balcón y le alcanzó su agenda.
—Anotalo acá.
Cuando ella entró, las luces estaban apagadas, él había puesto un disco de bossa nova. Se acercó y la abrazó moviéndose como en un baile y comenzó a desvestirla.
Ella tenía una piedra entre la garganta y el pecho, la que antecede al llanto, pero no salió una lágrima.
Él, como nunca, se acercó y empezó a besarla, despacio, en la frente y en toda la cara, le tocaba el pelo. Ella se dejaba ir, como si las manos de él fueran derritiendo la piedra. Llegaron al piso de madera para hacer el amor rápido, con una precisión que él interrumpió para llevarla a la cama. Y siguieron haciéndolo escondidos debajo de las sábanas.
Esa noche durmieron abrazados, en un sueño inocente. No se movieron. No se cambiaron de cama.