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Un lindo sermón. Un cuento de Antón Chéjov.


Haz click en este link para escuchar el cuento "Un lindo sermón".



    Antón Chéjov (1860-1904) fue un médico, dramaturgo y escritor ruso, ampliamente considerado como uno de los más grandes maestros de la narrativa corta y un influyente dramaturgo. A lo largo de su vida, Chéjov escribió cientos de cuentos, muchos de los cuales son considerados obras maestras de la literatura universal, así como obras de teatro como "La gaviota," "Tío Vania," "Las tres hermanas," y "El jardín de los cerezos."

    Antón Chéjov se destacó por su estilo realista, capturando con precisión la vida cotidiana y los detalles del entorno social y psicológico de sus personajes. Sus relatos están marcados por una profunda complejidad psicológica, con personajes multifacéticos que enfrentan dilemas internos y contradicciones, lo que los hace extraordinariamente humanos. A través de su obra, Chéjov realiza una sutil crítica social, abordando las debilidades y absurdos de la sociedad rusa, como la hipocresía, la burocracia y la opresión, sin caer en el sermoneo. Además, sus cuentos a menudo presentan finales abiertos o ambiguos, reflejando la complejidad de la vida y la ausencia de soluciones fáciles. Aunque muchos de sus relatos tienen un tono melancólico o trágico, Chéjov también utiliza el humor, a menudo irónico o satírico, para explorar las ironías de la vida. Su estilo es conciso y desprovisto de ornamentos innecesarios, donde cada palabra y detalle tienen un propósito específico en la narrativa.


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Grow a lover.

Por Mercedes Alvarez.

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Nunca me gustaron los juguetes sexuales como los consoladores, los vibradores o los muñecos inflables, pero llega un punto en la vida en que el tedio nos envuelve de tal manera que la experimentación se vuelve una necesidad. Cuando uno ha pasado el último año de su vida yendo de la casa a la oficina y de la oficina a la casa, con esporádicas salidas que terminan en borracheras y rachas de mal sexo; cuando uno ha tenido que aguantar el devenir de los días laborales junto a compañeros de oficina que llevan la estupidez grabada en la frente como un cartel de luces de neón, entonces, uno pasa un día por un sex shop y se interesa de pronto por todos esos artefactos de colores – la mitad de los cuales resulta difícil deducir a simple vista para qué sirven. 
Pasado el mes de septiembre de este año, luego de dos meses de abstinencia sexual motivada por la idea de que es mejor no tener sexo en absoluto que tener un sexo mediocre y deprimente, entré en un sex shop. 
El sex shop estaba a dos cuadras de mi trabajo y era un local a la calle pensado para mujeres, con jabones y perfumes de galletas y chocolate, portaligas con moños a lo pin up, y toda clase de cosas por estilo que se muestran normalmente como un desafío a la capacidad de conservar la dignidad para cualquier mujer de más de treinta años que decida usarlas.
La vendedora era una chica encantadora de unos veinticinco años, muy discretamente vestida, que por suerte tenía el buen gusto de usar un perfume de Dior en vez de promocionar las fragancias de chocolate y galletas de su local. Todos sabemos lo importante que es el vendedor para determinar la estancia en un lugar, la compra o la venta de un producto cualquiera que sea. Al menos en mi caso, lo es. He llegado a comprar horribles pares de zapatos solo porque el vendedor se agachó a calzármelos con una sonrisa en la boca, o ropa interior inservible porque una mujer de setenta años se ofreció a vaciar todos los cajones de su negocio en busca de un corpiño que me gustara. Vi nada más pasar la puerta que la chica sabía hacer su trabajo. Era discreta, y no preguntó nada. Solo dijo: “Si quiere algo en particular, me dice por favor”. 
Recorrí los estantes, uno tras otro. Había consoladores transparentes en bolsitas de terciopelo rojo y azul, mariposas vibradoras hechas de un plástico brillante, preservativos de gustos y de colores. Más allá, una mesa de ofertas con distintos juguetes. No se trataba en este caso de juguetes sexuales, sino de pequeños objetos divertidos. A un costado de la mesa vi la imagen de un muñequito blanco en una caja de cartón que decía “Grow a lover”. Di vuelta la caja y leí que el “lover”, una vez metido en agua, alcanzaba en setenta y dos horas su altura máxima, aumentando su tamaño en un 600%. Sonreí. La cosa tenía su gracia y era muy barata, así que me fui con él a la caja. Por no decepcionar a la chica, que me había caído en pocos minutos extraordinariamente bien, compré también un consolador transparente, un bello objeto de puntas redondeadas por ambos lados que venía en una bolsa de terciopelo azul. Me preguntó si “Grow a lover” era para regalo.
       - No – le dije -. Es para mí. ¿De verdad cree que aumenta su tamaño en un seiscientos por ciento? 
          - Me miró muy seria, preguntándose tal vez si yo era una idiota o una bromista. Yo la miré muy seria también.
          - Lo decía en broma – dije finalmente. 
          - Ella sonrió, aliviada. 
          - Ah – dijo, llevándose una mano al pecho.  Envolvió las dos cosas. Pagué y salí del local. 
Estaba contenta: no sentía que hubiera malgastado el dinero. Siempre que uno compra cosas que le gustan se siente mejor. Soy soltera y tengo un sueldo entero por mes para gastar únicamente en mí. A veces me visto a lo Audrey Hepbrun, otras a lo Cocó Chanel. No es que pueda comprarme ropa de marca, pero consigo cosas similares que me hacen ver bastante decente. 
Entonces, decía que salí del local. Me fui directamente a mi casa, en un taxi. Me hice la cena, un sándwich con un café con leche y una manzana, y después abrí la caja de Grow a lover. El muñeco era bastante feo. Musculoso, eso sí, pero tenía un slip donde debía estar el pene, y una pierna parecía un poco más corta que la otra. De cara no estaba tan mal, aunque como todo muñeco su rictus era rígido. Al menos no sonreía, lo que de entrada era un avance porque siempre me pareció odiosa la cara de ciertos muñecos como Ken, el novio de Barbie. Le puse el tapón al bidet, lo llené de agua y metí a Grow a lover. El cuerpo quedó rodeado de burbujas. Me pareció que dentro del agua se lo veía mejor que afuera. Me duché y me fui a la cama con el consolador transparente, que resultó un juguete sexual bastante interesante y agradable. 
Me dormí en seguida – luego de un orgasmo se duerme mejor – y me levanté sin el despertador, a las ocho y treinta de la mañana siguiente. Fui al baño y miré de reojo a Grow a lover, de quien me había olvidado por completo, mientras me cepillaba los dientes. El hombre casi rebalsaba del bidet, era increíble lo que había crecido en ocho horas. Me acerqué a observarlo. Definitivamente, tenía una pierna más corta que la otra, y la cara se le había ensanchado. Ahora tenía aspecto de boxeador. Se veía un poco más apuesto, todo sea dicho. Le puse el tapón a la bañadera y la llené de agua. Me pregunté hasta dónde crecería Grow a lover. Lo agarré de la cintura – se había vuelto un poco más mullido – y lo tiré ahí, para que chapoteara un poco mientras se seguía agrandando. 
Tuve un día de oficina patético, como casi todos. Salí dos horas al mediodía y leí ocho cuentos de Silvina Ocampo y dos de Victoria, que me gustaba menos. Terminé a duras penas mi horario laboral y volví a casa. Entré en el baño y me senté en el inodoro. Entonces me acordé y me asomé a la bañadera: Grow a lover parecía un niño de doce años. Le toqué la cabeza con un dedo. Seguía siendo mullido, y pálido como cuando lo saqué de la caja. No sé si dije que Grow a lover era blanco. Completamente blanco. 
Me fui a dormir, esta vez sin el consolador transparente y un poco más preocupada. Me desperté en medio de la noche con una pesadilla que no pude recordar, ni quise. Fui hasta el baño a lavarme la cara con agua fría, y cuando miré a Grow a lover ya tenía el tamaño de un adolescente de quince años. Volví a la cama y me tapé con las mantas hasta el cuello, a pesar de que no hacía tanto frío. 
A la mañana siguiente me levanté con dolor de espalda. Me miré al espejo: tenía ojeras y el pelo pegado al cráneo. Abrí la ducha. Grow a lover había crecido algún que otro centímetro. Para no detener su imparable proceso de expansión lo que hice fue sacar el tapón, acomodar al hombre lo mejor que pude contra uno de los lados de la bañadera y meterme en la ducha con él. Grow a lover empezaba a adquirir un aspecto tan humano que hasta sentí la tentación de pedirle perdón por la incomodidad. Cuando me puse el champú en la cabeza estuve a punto de ofrecerle, por si quería lavarse los mechones blancos de goma que tenía sobre la frente, pero me contuve. 
Salí de la ducha, puse el tapón y volví a llenar la bañadera. Había pasado un día y medio. 
Ni qué decir que después de mi día de oficina Grow a lover había crecido un poco más. Ahora era casi un adulto que ocupaba toda la pileta. Probablemente del anunciado seiscientos por ciento había aumentado a quinientos por ciento. Empezaba a preocuparme. Tenía la bañadera inutilizada. Pero estaba cansada y no quería pensar, así que me tomé un vaso de whisky y me fui a dormir. Me desperté en medio de la noche y tomé un somnífero. Me dormí tan profundamente que me levanté a las nueve y media de la mañana, una hora más tarde que de costumbre, y me metí en el baño luego de encender el caloventor. Entrecerré los ojos mientras orinaba con la mirada perdida en una mancha de la puerta, y después corté un pedazo de papel. 
Entonces vi la mano blanquísima de Grow a lover que colgaba a un costado de la bañadera y escuché un quejido. Di un grito y me subí la bombacha. Me acerqué a la pileta. Ahí estaba Grow a lover, agitando las piernas y soltando burbujas por la boca. Agarré su cabeza de goma y la levanté. Le apreté la nariz. De pronto pareció que respiraba. Me miró a los ojos y sonrió.
          - Soy el amante de tus sueños – me dijo. 
Se levantó y salió de la pileta, chorreando agua. Caminó hasta el cuarto y se tiró en la cama.
          - Pero antes de nada necesito dormir. 
Cerró los ojos y se durmió al instante. 
Llamé a la oficina y dije que tenía un terrible dolor de cabeza y una angina que me impedía moverme. 
¿Qué iba a hacer? ¿Llamar a la policía porque un muñeco de goma había cobrado vida? Por el momento agarré el trapo de piso y limpié el agua que Grow a lover había dejado a su salida de la pileta. Limpié también la bañadera, y después me asomé al cuarto y lo miré dormir. Por lo menos no roncaba. Tenía los músculos de la espalda muy marcados y los mechones de pelo siempre pegados a la frente. 
Me senté en el living con un libro de Silvina Ocampo y otro de Victoria, y esperé que Grow a lover se despertara de su siesta. 
Estuvo durmiendo unas cuatro horas, todo el tiempo mientras yo leía, y de pronto lo vi aparecer en el umbral de la puerta del living.
          - Ahora sí estoy preparado – me dijo. 
Yo pegué un grito.
          - Dios mío – dije.
          - Dios no existe. Esta es la vida que tenemos – dijo él. Un amante de goma ateo.
          - Ajá – dije.
          - Así es – dijo él, mientras se sentaba en la silla sin pedir permiso -. El sacerdote es el peor legado del judaísmo a Occidente. 
Un amante de goma ateo y nietzscheano. 
          - En fin – dije.
          - En fin – dijo él -. Yo ya estoy preparado.
          - ¿Para qué?
          - Para cumplir todas tus fantasías. 
Me reí.
          - A eso me dedico – me dijo él.
          - Ok.
          - ¿Por qué no tomamos unos whiskies? –sugirió -. Como para entrar en calor.
          - Claro, claro – dije yo. 
Qué más daba. Si un muñeco de goma podía cobrar vida, tomarse unos whiskies con él era lo de menos. Saqué la botella de Jameson y serví dos generosos vasos.
          - Bueno – dijo él –. Tengo únicamente un problema. Intenté sacarme el calzoncillo, pero no pude. Parece que abajo no hay nada. O sea que puedo hacer todo, pero no penetrarte. Un defecto de fabricación. Vamos a tener que usar un consolador o algo así. 
Le dije que tenía uno.
          - Perfecto – me dijo. 
Le pregunté si no le daría pena no sentir placer también él. Me dijo que él era solo un muñeco de goma. 
Luego de los whiskies y de una conversación bastante amena nos fuimos al cuarto (él caminando con una ligera renguera producto de la diferencia entre pierna y pierna). Debo decir que Grow a lover era un amante increíble. Sabía masturbar, hacer cunnilingus, y a pesar de no haber encontrado su pene manejaba el consolador transparente con una maestría admirable. Era en verdad el amante de los sueños de cualquier mujer, así que en seguida le perdí el miedo y me encontré bastante a gusto con él. 
Después de semejante despliegue sexual le pregunté si quería comer algo, pero me especificó que él no comía, solo bebía, y de esa forma conservaba su apariencia, ya que mucho tiempo sin agua lo encogía de vuelta y lo volvía al lugar donde no tenía vida. También me dijo que si se quedaba sin agua volvería a ser un pequeño muñeco blanco y que después de eso ya no podría volver a revivirlo. Que él, por su precio, era de un solo uso. Asentí a todas sus explicaciones y le dije que por mí podía quedarse vivo todo lo que quisiera. Él se mostró muy feliz y dijo que dormiría todas las noches en la bañadera llena para conservar su altura y masa corporal. Que podía estar bien todo el día si tomaba algo de alcohol, agua o infusiones y se conservaba en el agua por la noche. 
Decidí tomarme una semana de vacaciones de la oficina para pasarlos con Grow a lover. 
Los primeros cinco días vivimos un romance apasionado. Grow a lover era un amante incansable, y en los momentos en que no hacíamos el amor hablábamos de Victoria y Silvina Ocampo, de Kakfa y Proust, aunque la verdadera pasión de Grow a lover era la filosofía. Decía que Nietszche era un genio, y discutía durante horas sobre la Genealogía de la moral. Aprendí horrores con él. Grow a lover fue para mí un maestro en más de un sentido. Que fuera goma se tornaba una nimiedad cuando uno lo conocía. 
A veces, a la noche, después de nuestras largas sesiones de sexo, nos quedábamos discutiendo hasta altas horas sobre todo tipo de cosas. 
          - ¿Cómo puede ser que Nietszche criticara tanto a Kant? – le preguntaba yo -. Ni siquiera lo había leído.
          - Por favor. No lo había leído de primera mano, pero sabía perfectamente lo que postulaba. 
Yo adoptaba entonces el papel de una especie de Marilyn Monroe entre tonta y astuta, y le decía levantando una ceja:
          - ¿Y cómo es eso? Un poco ignorante me parece que era, este Nietszche. 
Él fruncía su ceño de goma:
          - ¿Cómo juzgar la ignorancia de un genio? – me recriminaba escandalizado. 
Yo me reía por dentro. Me encantaba hacerlo enojar. La conversación seguía en esos términos, hasta que yo me cansaba y soltaba la carcajada. Entonces volvíamos a hacer el amor y nos dormíamos. 
¡Pobre Grow a lover! Tenía debilidad por todos los personajes de ficción que padecieran defectos físicos: los paralíticos, los rengos, los jorobados… aunque se tratara de canallas de primera categoría. Creo que era bastante obvio que se debía al problema de su pierna; quién sabe tal vez por eso le encantaba leer y releer Ricardo III de Shakespeare (en inglés, porque mi amante de goma era bilingüe). Le gustaba también Nuestra Señora de París (que leía en su traducción al inglés, porque le parecía mejor que las españolas que circulaban por las librerías), y cada vez que podía y la daban en algún canal de cable volvía a ver Midnight cowboy. Decía que Dustin Hoffman hacía en esa película el papel de su vida y que la miraba para observar cada plano con más detalle, pero en realidad yo lo veía secarse disimuladamente las lágrimas al final, cuando Ratso Rizzo se moría en el micro camino a Florida. 
En esos momentos yo me conmovía y le preparaba un whisky con soda que le llevaba al sillón, mientras me fumaba un cigarrillo en la ventana. 
     Grow a lover era un bebedor bastante importante, a pesar de no poder comer, y se mostraba siempre como un caballero. Era todo un dandy, viril sin hacer alarde de su masculinidad, en definitiva: el sueño de cualquier mujer. Uno olvidaba rápidamente que no tenía pene.
          - Soy como los ángeles, no tengo sexo – solía bromear. 
  Reconozco que pensé incluso en casarme con él en algún momento de esos siete días. 
       El lunes siguiente volví a la oficina. Todo estaba como siempre, pero yo estaba radiante. Me había pasado la semana entera tomando Jameson, pero nunca había tenido la piel mejor. Creo que hasta se me había reducido la celulitis, e incluso había adelgazado un poco. Todos notaron el cambio, incluso la secretaria, que me miró con ojos de vaca estúpida y me dijo:
          - Parece que las vacaciones te cayeron bien. 
Así era. 
Grow a lover dormía en el agua, y a la mañana nos bañábamos juntos, y yo me iba a trabajar. Él se quedaba en casa, limpiaba y arreglaba las pequeñas cosas que se rompían en el departamento. Todo era idílico. Se diría que un matrimonio perfecto. Pero, como es sabido, las cosas buenas nunca duran. 
La catástrofe empezó el día en que Grow a lover consiguió vaya a saber dónde un traje azul, una camisa blanca que no le hacía ningún contraste con la piel, una corbata negra que hacía contraste con la camisa blanca, unos zapatos viejos y un sombrero y salió a la calle. 
Al primer lugar adonde se le ocurrió ir fue a mi trabajo. Se presentó con la secretaria, que casi muere de un paro cardiaco, y dijo que era mi amante. Me traía un ramo de rosas rojas que me ofreció estirando el brazo, mientras avanzaba por el pasillo con su paso desacompasado por la renguera. Lo llevé aparte a una oficina vacía y le pregunté qué estaba haciendo ahí, y que cómo se le ocurría salir de casa. Le dije que él era solo un muñeco de goma, cosa que lo hirió en lo más profundo, así que le pedí perdón y él terminó masturbándome contra el escritorio. Salimos, reconciliados, y le dije que se encerrara en casa y que por favor no saliera. 
Grow a lover me hizo caso dos días, pero al tercero volvió a la calle. Ya no incursionó por la oficina, pero me enteré de que se paseaba por las veredas del barrio con su traje y un bastón de madera, y que saludaba a las mujeres tocándose galantemente el ala del sombrero. También empezó a hacer las compras –lo cual era de gran ayuda- pero los vecinos lo miraban con extrañeza, sobre todo cuando se daba a conocer en la cola de la verdulería como “el amante de la señora Barreira”. La vecina de enfrente vino una tarde a tocarme la puerta y me preguntó si necesitaba ayuda para echar “a ese engendro” de mi casa. El verdulero me pidió un sábado en que fui a comprar fruta que le dijera a “mi amante” que se había olvidado de pagarle dos tomates. La costurera me mandó “muchos recuerdos para el señor” una vez que fui a llevarle un pantalón para tomarle el ruedo. 
Volví a hablar con Grow a lover. Le dije que de ahora en más la compra la iba a hacer yo. Le expliqué los riesgos de ir dando vueltas por el barrio, que no podía comportarse como un niño si ya había nacido siendo adulto, y una serie de argumentos que me parecieron muy buenos pero que a mi amante le entraron por un oído y le salieron por el otro.
          - Todos me parecen niños que juegan a ser adultos – me dijo con una sonrisa.
          - Puede ser – le dije yo -. Pero por eso mismo es mejor que no salgas. Los niños son capaces de cualquier cosa. 
          - Me comporto como un gentleman – respondió él -. Hasta tengo un bastón – levantó el palo de madera brillante que tenía apoyado sobre la pared junto al sillón.
          - ¿De dónde sacaste eso? – le pregunté.
          - Lo encontré en la calle. Pero lo barnicé, ¿te gusta?
          - Muy lindo. 
No sé si por no discutir más, o porque finalmente se convenció con lo que le dije, el caso es que Grow a lover no volvió a salir de casa. Lo que a la larga resultó una mala idea, porque lo siguiente fue que él, que siempre estaba de buen humor y tenía, a pesar de sus momentos sensibles, un carácter de hierro, empezó a mostrarse depresivo. Dejó de lavar los platos y de atender a los desperfectos domésticos. Me lo encontraba a la vuelta del trabajo acostado en el sillón, a veces con un libro de Onetti en la mano, leyendo una y otra vez Tan triste como ella, o bien El fuego fatuo de Drieu de la Rochelle, siempre acompañado de un generoso vaso de alguna bebida de cuarenta de graduación alcohólica. 
Al principio pensé que se trataría de algo pasajero, y durante un par de semanas me dediqué yo a lavar los platos y a limpiar la casa, mientras él repetía de tanto en tanto en voz alta las frases que leía en sus libros. Parecía tan abatido que no me atrevía a hablarle del tema, y como seguía cumpliendo con su papel de amante ejemplar, le toleré su mal momento. Nuestros encuentros sexuales se volvieron más profundos, casi metafísicos, y eran igualmente intensos, hasta que pasaron a convertirse en eso que algunos llaman “un polvo triste”. Entonces, un día en que eligió de mi biblioteca Las desventuras del joven Wherter le dije que teníamos que hablar. Él asintió. Le expliqué que no podíamos seguir así, y que en toda convivencia las dos partes deben colaborar.
          - ¿Estás pensando en suicidarte? – le pregunté.
          - Si pudiera suicidarme con un arma o tirándome al agua como Virginia Woolf… - me dijo. 
Yo sonreí y él se dio vuelta en el sillón, ocultando su últimamente demacrada cara de goma blanca.
          - Te estás burlando – me dijo. 
Le aseguré que no era así, y que lo que yo quería era verlo feliz y que las cosas volvieran a ser como al principio. Él me dijo que no podía, que le faltaba serotonina en el cerebro, y que pensaba demasiado en la muerte.
          - Bueno – le dije yo -. A todos nos pasa en algún momento.
          - Sí – dijo él-. A todos. 
Se dio vuelta en el sillón y puso las manos cruzadas sobre su pecho.
          - Tenés que tomar antidepresivos – le dije.
          - Antidepresivos – se burló él. 
Él me miró irónico.
          - Prozac – le dije yo.
          - Prozac- dijo él -. Ja. 
Le pedí que dejara de repetir en tono de burla lo que yo decía. 
          - Creés que porque me compraste podés hacer lo que quieras conmigo – me dijo. 
El asunto se me estaba yendo de las manos. Le dije que era un irrespetuoso, y que nunca había visto un muñeco de goma con tantas pretensiones y tantas ganas de morirse. Que podía estar bien contento del trato que le estaba dando, visto que llevaba dos semanas trabajando sin parar porque a él se le había ocurrido tirarse en un sillón a leer una y otra vez las mismas historias de suicidios. Después de lo cual me fui a mi habitación y di un portazo. Me acosté en mi cama furiosa, pensando qué hacer y con todas las ganas de privar de agua a ese muñeco insolente, pero al cabo de un par de horas escuché un ruido en la puerta y Grow a lover apareció en el umbral pidiendo perdón de rodillas, vestido con su traje y su sombrero, con una caja de bombones en una mano y un blíster de Prozac en la otra, diciendo que había empezado a tomar los antidepresivos (me mostró la burbuja de plástico vacía donde faltaba una pastilla), y rogando que por favor le tuviera paciencia. Lo perdoné, claro. 
Después de una semana de antidepresivos el cambio en Grow a lover fue notable. Volvió a ocuparse de la casa, del lavado de los platos y de la limpieza en general, y estaba siempre de buen humor. Encontró un libro de recetas en mi biblioteca y las cocinó todas, una tras otra, en el transcurso del mes. Desde cosas muy sencillas a preparaciones elaboradas y exquisitas. Todas las noches al llegar del trabajo me encontraba la mesa puesta con un único plato y dos vasos, y Grow a lover se sentaba a verme comer. Decía que le gustaba mirar las caras que ponía cuando daba los primeros bocados. 
Me dijo que quería salir algún fin de semana conmigo – los fines de semana los pasábamos generalmente en casa, excepto los días que yo visitaba a amigos o me reunía a cenar con ellos – y yo consentí en llevarlo al campo un domingo, donde hicimos un picnic con unas cervezas importadas y una tortilla con chorizo que había hecho él. Lo pasamos tan bien que decidimos repetir la salida cada semana. 
El imparable aprendizaje de Grow a lover lo condujo a la botánica. Compró por internet cuatro libros sobre plantas locales y se dedicó con tal ahínco al estudio que finalmente, cada vez que íbamos al campo, lograba identificar todas y cada una de las flores que nos rodeaban. 
Esas jornadas en el campo eran muy divertidas. Nos turnábamos para manejar el auto en las zonas de la ruta en que no había control policial. Grow a lover iba con su traje pero sin corbata, anteojos de sol y un sombrero de verano, feliz con la ventanilla abierta y la cara al viento. Cantábamos canciones folklóricas españolas y nos reíamos a carcajadas. 
Por supuesto yo tenía siempre la precaución de hacer nuestros picnics en lugares bien alejados de la multitud, no fuera que nos vieran entregados a la tarea de ponernos guirnaldas de flores que armábamos con un hilo enhebrado en una aguja de coser, para después dar vueltas como derviches (Grow a lover con bastante más dificultad a causa del defecto de su pierna), desnudos sobre el césped, en una especie de éxtasis báquico motivado justamente por los casi dos litros de vino ingeridos al rayo del sol. 
Este tipo de escenas bucólicas, que tantas veces había visto representadas en cuadros, siempre me resultaron fascinantes. En el delirio provocado por el alcohol llegué a proponerle un día a mi amante que nos disfrazáramos, él de fauno y yo de campesina, y que representáramos nuestra ceremonia de las guirnaldas con los trajes respectivos, pero era demasiado complicado encontrar los cuernos y las patas de cabra, y Grow a lover me disuadió de no hacerlo, esgrimiendo el argumento de que nunca en su vida había visto un fauno blanco, y que resultaría ridículo vestirse como tal. El único problema de las salidas al campo era que a Grow a lover se le incrustaban en los pies de goma las piedritas de dispersas por el pasto, y yo tenía que dedicar un buen rato a sacárselas con una pinza a la vuelta de nuestras excursiones. Por lo general terminábamos el día agotados (yo además insolada), mirando en la televisión comedias norteamericanas de cuarta categoría de las que nunca supimos el final porque nos caíamos de sueño en la mitad y nos íbamos a dormir, yo en mi cama y él en la bañadera llena de agua. 
Visto que no pudimos concretar mi fantasía del fauno y la campesina, le sugería a Grow a lover algo que resultaba muy adecuado a su condición en medio de ese calor infernal: buscar el cauce del arroyo y representar otra escena que también tenía su encanto: la de la sirena y el pescador. A Grow a lover le divirtió la idea, porque le parecía mucho más fácil vestirse de pescador que de fauno, y también porque durante esas visitas al campo el sol lo encogía un par de centímetros, de manera que le venía bien tirarse un rato al agua. 
Compré en una tienda de disfraces un traje de sirena tornasolado, con un hilo atado a la cola que se podía anudar a la muñeca para llevarla con más comodidad, y una camisa y un pantalón caqui para Grow a lover. Completamos el atuendo con unas botas de goma negras que yo tenía guardadas, y que habían sido de un ex novio que nunca había pasado a buscarlas. El siguiente domingo nos internamos por el bosque hasta el arroyo con sendas cañas de pescar, y estuvimos intentando que picara algo hasta que nos aburrimos. Entonces yo me puse la cola de sirena. Me dejé el torso desnudo para que fuera más realista, y Grow a lover simuló pescarme con la caña y sacarme fuera del agua. Inventamos diálogos absurdos que todavía me hacen reír hasta las lágrimas, donde yo repetía cada tres frases la invocación “¡Oh pescador, mi pescador!”, y después nos bañamos desnudos hasta que anocheció. Lo malo fue volver, porque no llevábamos linterna y estuvimos perdidos durante una hora buscando el auto, mientras Grow a lover maldecía mi estúpida idea de jugar a la fiesta de disfraces y cada cinco metros me juraba que esta era la primera y la última vez que me seguía la corriente con mis ideas de adolescente.
Pero lo cierto es que lo convencí, y volvimos a representar dos veces más al pescador y la sirena. En parte por diversión, en parte porque había que amortizar la compra de los trajes. 
Las cosas iban sospechosamente bien, tanto que empecé a esperar el momento de una nueva catástrofe. Así fue, por supuesto.
Una noche Grow a lover me preparó una cena con ostras y champagne y se sentó a verme comer con una copa en la mano. Me explicó que necesitaba salir, ver el mundo y aprender cosas que no estuvieran en los libros. Le retruqué que no se perdía de nada, pero él insistió. Quise hacerlo entrar en razón.
          - Mucha gente pagaría por llevar la vida que vos llevás. Estudio en la semana, y campo el fin de semana. Una amante. Sin hijos. ¿Qué más se puede pedir?
          - Quiero conocer el mundo –me dijo -. Quiero saber cómo es la gente, qué hace.
          - La gente es mediocre y mezquina. 
          - Si es así, quiero verlo con mis propios ojos. 
Ni toda la filosofía nietzschiana valía algo contra la falta de experiencia, tuve que admitirlo. Aun así le supliqué, una y otra vez, pero él me dijo que el mundo le parecía un lugar demasiado interesante. Que lo tenía todo planeado: que lo que iba a hacer, para que lo vieran menos, era salir de noche. Terminé por aceptar, sin ser consciente de las consecuencias terribles que podría acarrear esto. Grow a lover empezó a frecuentar los prostíbulos, los clubes swinger, los cines porno, lugares donde todos los hombres tenían un pene y hacían uso de él. Volvía borracho a las cinco de la mañana, lamentándose de su suerte. Muchas veces lo oía llorar desde su bañadera. 
Pronto dejó de cocinar, y me confesó que a pesar de haber doblado la dosis de Prozac ya no notaba ningún efecto. 
Volví a encontrármelo tirado en el sillón al volver del trabajo, pero ya no leía. Permanecía con la vista perdida en mi biblioteca, un vaso en la mano y la botella en el piso, en un estado cada vez más lamentable. 
Un día que pasé por delante del sexshop estuve a punto de comprarle uno de esos consoladores que vienen atados a un arnés, pero temí que pudiera tomarlo como un insulto. 
Con toda la situación, yo tampoco me sentía bien. Me salieron aftas en la boca, y tenía problemas para conciliar el sueño. Tuve que recurrir a los somníferos, que hacía meses que no tomaba, y que me dejaban en un estado de semi-letargo para el resto del día. Entre el alcohol, los somníferos y el Prozac mi casa parecía el reino de las adicciones, y por si fuera poco para calmar la ansiedad empecé a fumar más de la cuenta, y a tomar café en cantidades industriales para contrarrestar los devastadores efectos de las pastillas para dormir. Tenía unas ojeras que el maquillaje no lograba disimular.
          - No te veo muy bien últimamente – me dijo un día la secretaria -. ¿Estás enferma? 
La miré con mi peor cara de odio, y esa misma noche me senté al pie del sillón donde reposaba Grow a lover y le dije que las cosas no podían seguir así.
Grow a lover tuvo un ataque de llanto de esos que solo la angustia puede provocar. Me dijo que le hubiera gustado poder masturbarse como cualquier persona normal, y penetrarme como un hombre normal. Que siendo como era no podía sentir ningún placer. Me dijo que era como un eunuco, como Farinelli, pero que encima él ni siquiera sabía cantar. A mí me daba una pena enorme, por un lado, pero por otro estaba rabiosa porque se le hubiera ocurrido salir.
          - No sé por qué no me hiciste caso – le dije. 
Él me respondió que se aburría mucho. Comprendí que la vida nunca es fácil, ni siquiera siendo un muñeco de goma. Me dijo que una tarde, harto de sí mismo, había salido para intentar seducir a una vecina, pero que ella no era abierta como yo. La muy conservadora lo había palpado y lo había acusado de no tener pene. Me indigné. Le dije que había muchas formas de dar placer a una mujer, y que la penetración era solo una de ellas. Me dijo que lo sabía, que se había pasado las tardes leyendo La sexualidad femenina de Rascovsky, pero que no sacaba nada en claro. Finalmente me pidió algo terrible, tristísimo, descorazonador: me suplicó que lo dejara sin agua. 
Yo sabía lo que eso significaba: era quedarme sin amante, sin cunnilingus, sin masturbaciones, sin placer, sin conversaciones sobre filosofía, sin recetas. Le pedí que lo pensara bien, que se tomara al menos un día para reflexionar en profundidad, que las cosas todavía podían arreglarse. Él negó con la cabeza, moviendo lentamente de un lado a otro su blanco cuello de goma.
Le pasé una mano por los mechones. Le acaricié una mejilla.
          - Lo pensé –me dijo -. Ya lo pensé. Y además no es cuestión de pensar. 
Bajó la cabeza.
          - Te voy a extrañar –le dije.
          - Pero solo soy un muñeco de goma – me contestó él -. Al fin y al cabo un día me vas a dejar por un hombre de verdad. No podés pasarte toda la vida sin hacer felaciones. 
Yo pensé que eso me importaba más bien poco, pero asentí. 
Me despedí de él esa noche, y lo dejé dormir conmigo en la cama. A la mañana siguiente ya no hablaba, y tenía el tamaño de un niño de doce años. Lo toqué y no se movió. Para la noche se había encogido un poco más, y al día siguiente del todo. Era otra vez un muñequito de goma blanca. Lo agarré de la cintura con mucho cuidado y lo metí en una caja de metal que había sido de galletas danesas. Lo besé en la frente, con ternura; un gesto puramente simbólico, total sabía que ya no sentía nada.
          - Hasta siempre – le dije. 
Y guardé la caja donde no pudiera verla.



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Mercedes Álvarez nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, en 1979. Vivió en Mar del Plata hasta los diecinueve años. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. Publicó los libros Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013), Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015) y El cuerpo intacto (plaquette. Pen Press, NY, 2016). En 2013 ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano con el relato "Grow a lover”.

Matrimonio de papel.

Un cuento de Paula Cuschnir.
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Lo primero que pensé al entrar es que no podría pagarlo. “Apenas dos ambientes, pero perfectos para nosotros”, me susurró Mariana al notar cuánto me había gustado. A pesar de que mi plan inicial era vivir solo, no me pareció tan malo que compartiéramos ese departamento sobre Juncal, a dos cuadras de la Plaza San Martín. Estábamos juntos desde hacía cinco años y, de no ser por ella, jamás me habría animado a pedir el préstamo. Aún puedo recordar la decoración inicial del comedor que dividimos en dos sectores: uno para sus pinturas, al lado de la ventana, y otro cerca de la habitación para mi televisor y mis películas.
Cuando nos mudamos, yo era contador de un banco; aunque mi verdadera pasión era el cine, no podía darme el lujo de abandonar mi trabajo, a menos que consiguiera mantenerme y saldar mis deudas de otra manera. Mariana estaba en una posición parecida: había estudiado arte en la universidad y trabajaba como maestra de plástica de primaria. Si bien ir a la escuela no le disgustaba, yo pensaba que los domingos se la veía mucho más entusiasmada con sus lienzos.
Todo cambió el día que llegaron a la vez el telegrama de despido y la citación del juzgado. Lucas, acá dice que te despidieron porque el año pasado robaste fondos, dijo ella inclinada sobre mi hombro. En cuanto leí todo lo que me entregaba, me puse pálido. No sólo la acusación era grave, también sus posibles consecuencias: si esto avanzaba, podrían embargar mi departamento. Como sólo figuraba a mi nombre, la única manera de que no me lo quitaran era que ya hubiera estado registrado como bien de familia.
Esa noche, Mariana me hizo una sugerencia. Su tío trabajaba en un registro civil y tenía amigos que podrían ayudarnos por una cierta suma de dinero. Le dije, intentando no herirla, que ya era tarde. No me hizo caso y continuó hablando: Lo que te digo es que ellos pueden hacer que aparezca en los registros que ya estábamos casados hace cuatro años y, con eso, van a poder decir que habíamos hecho ese trámite que dijiste ni bien lo compramos como un matrimonio. La idea era tentadora, pero peligrosa y probablemente carísima. Le recordé que ella podría caer conmigo por el fraude; además, yo ya no tenía trabajo y me habían impedido el acceso a mis cuentas, por lo que debíamos ahorrar. Sin embargo, el miedo a perder mi casa hizo que terminara cediendo.
Por unos meses las cosas anduvieron mal: tuve incontables reuniones con mis abogados y, para colmo, por la causa era imposible conseguir otro empleo como contador. Mientras tanto, Mariana encontró una manera de mantenerme ocupado: si nos habíamos casado, entonces deberíamos tener fotos y videos del momento en el que sucedió. Entre ambos, inventamos la historia de la celebración íntima y espontánea que supuestamente habíamos tenido en aquellas vacaciones cordobesas. Debía ser tierna, dulce y creíble a la vez; aparte, había que encontrar una buena razón que justificara haber mantenido todo en secreto. Le pregunté directamente cómo deseaba que se lo hubiera propuesto y contestó con detalles tan claros que por un instante me sentí culpable de haberle quitado la posibilidad de vivirlo: De día, para ser originales, yo no debería haberlo esperado exactamente en ese momento, pero sí darme cuenta de que pronto lo harías; tendrías que haberte puesto el traje que usaste el día que viniste a buscarme a la escuela por primera vez y el anillo debería haber tenido una piedra anaranjada porque es mi color favorito. Así llegamos a la idea de una propuesta inesperada en el medio de las sierras al mediodía, una pequeña ceremonia espontánea esa misma tarde y un ligero arrepentimiento durante la noche: nuestros padres y amigos se enojarían terriblemente si supieran que nos habíamos casado sin ellos. Sólo lo contaríamos porque, ante un pequeñísimo incidente en el banco, había que probar que el departamento no podía ser embargado. Le prometí a Mariana que le compraría el anillo que había descripto durante los próximos días, pero no quiso; dijo que ella se encargaría de esa parte porque yo jamás lo vería como lo imaginaba. Mi trabajo era simplemente montar algunas fotos de aquel tiempo para que parecieran posteriores a una boda íntima y discreta con apenas dos huéspedes de la hostería como testigos. Cuando terminé, me di cuenta de que tenía talento para esa clase de tareas.
Unas semanas después el tío de Mariana la llamó y dijo que todo había sido un éxito. En mi declaración expliqué que el retraso del envío del certificado matrimonial desde Córdoba había causado que se demorara en Buenos Aires el trámite del bien de familia. Por supuesto, no todo fue tan simple; el banco estaba dispuesto a demostrar la falsedad de esos registros y, por supuesto, mi conducta criminal. Yo estaba cada día más intranquilo y contagiaba parte de este nerviosismo a Mariana, aunque ella siempre volvía más tranquila de las reuniones con su tío asegurándome que todo saldría bien. Hay gente que sencillamente no puede caer, decía con una sonrisa. Por aquel entonces, ella había tomado más horas en otras escuelas para que pudiéramos mantenernos y cada vez le dedicaba menos tiempo a sus pinturas. Como también había notado mi habilidad con las imágenes −emparentada, como afirmaba, con mi afición por el cine− me pidió que la ayudara a armar videos del trabajo en clase para cada grado. A fin de año, cuando uno de los padres se acercó a ella para preguntarle quién había realizado la compilación, ella lo puso en contacto conmigo. Así conseguí trabajo en un canal de televisión y finalmente sentí que había dejado atrás a ese contador frustrado que había sido durante tantos años.
A partir del momento en que retiraron los cargos en mi contra y recuperé mi dinero y algo de reputación, empecé a pensar que tal vez Mariana hubiera estado en lo cierto: nosotros realmente deberíamos habernos casado. Una tarde, la esperé sentado en los escalones de la escuela con el mismo traje que había usado años atrás, el anillo naranja que ella había conseguido guardado en mi bolsillo derecho y dos pasajes para irnos a Córdoba esa misma noche. Nos alojamos en la misma hostería y, a pesar de sólo haber pasado por la puerta del registro civil, ése fue nuestro verdadero casamiento.
Desde aquel momento, decidí que no debía haber mentiras entre nosotros. Cuando le confesé lo sucedido el año anterior, no me reprochó nada de lo que hice. Imaginé que realmente no le importaba, o bien que ya estaba perdonado: quedó embarazada apenas dos meses después de aquella conversación.
Ni bien nos confirmaron la noticia, ella decidió que teníamos que mudarnos del departamento. Es dos ambientes, necesitamos un cuarto para el bebé, decía una y otra vez. Yo no podía creer que quisiera abandonarlo a pesar de que acabábamos de terminar de saldar el préstamo y, sobre todo, el plan que habíamos llevado a cabo para salvarlo. Me resistí y le recordé lo perfecto que era: Tenés tu espacio para pintar y el mío para ver películas. Ella contestaba que esa ya no era nuestra vida, que los domingos ambos almorzábamos con mis jefes y con el padre de su antiguo alumno. Le mostré lo luminoso que era y dijo que eso sólo sería un inconveniente cuando el bebé –y nosotros con él− durmiéramos de día. Entonces mencioné algunos de nuestros mejores momentos allí: nuestro primer aniversario de convivencia, el día que pintó el lienzo que luego logró vender a una galería y, finalmente, el cumpleaños al que invitamos a todos los vecinos para que nadie se quejara por ruidos molestos. Sonrió, pero dijo que había que dar lugar a nuevos recuerdos en otro espacio. Esa misma tarde, vinieron unos hombres a colgar un cartel que anunciaba la venta.
Al principio, ella intentó incluirme en sus planes y llevarme a ver otros lugares para vivir, pero siempre me negué a acompañarla y acabó encontrando sola el tres ambientes sobre avenida Libertador. Lo señó confiando en que pronto aparecería un comprador para nuestro departamento y esperó a que me resignara a irme con ella. Esa noche, ni bien me comunicó la noticia, estalló un caño de agua de la cocina que ella tanto adoraba. Recuerdo que, mientras limpiábamos aquel desastre, comencé a percibir cómo se le notaba el embarazo. Tal vez este debió ser un momento lleno de ternura, pero sus quejas y mi malhumor me impidieron pronunciar siquiera una palabra cariñosa para ella.
Mientras tanto, los meses pasaban y la gente nos felicitaba y regalaba juguetes para alguien que no había nacido o muebles para el hogar que aún no habitábamos. Mis compañeros de trabajo me sugirieron que documentara cada imagen del embarazo y por eso intenté tomar imágenes y videos en cada momento oportuno. Debo admitir que no eran muchos, porque con Mariana discutíamos cada vez más por pequeñas cosas que derivaban en la mudanza que yo no quería llevar a cabo. Lo cierto es que el embarazo le había causado una aversión a nuestro departamento. Ella se angustió de manera exagerada cuando tuvimos que cambiar toda la instalación eléctrica para poder usar las estufas durante aquel último invierno que pasamos los dos allí, pero lo peor fue cuando se cayó un pedazo de pared del comedor y el impacto, sumado al polvillo, arruinó la mayoría de sus pinturas: Tenemos que irnos de este lugar como sea.
Procuré tranquilizarla. No era para tanto, el otro departamento no estaba habitable todavía, menos para una mujer embarazada, y el nuestro podía arreglarse para que siguiéramos allí cuanto quisiéramos –quizás por todos aquellos problemas aún no tenía un comprador, a pesar de estar a metros de la mejor plaza de la ciudad−. No es verdad, ahora se arruinaron los zócalos; además, el nuevo no está listo porque vos nunca me ayudás a arreglarlo, me reprochó, lo que derivó en otra de nuestras tantas peleas diarias. Debo admitir que yo sólo había ido dos veces a verlo, y siempre había encontrado algo que me desagradara. No me hice cargo de ningún trámite y Mariana, en el apuro por irse, se había ocupado de algunas reparaciones.
Mientras tanto, cada día que volvía del canal encontraba un nuevo problema de humedad o de cerámicos y, al revisar mi cuarto, siempre había algo que me faltaba, ya fueran películas, o alguna remera. Ella pensó que, si llevaba de a poco mis cosas al nuevo departamento, lograría que yo me fuera a su lado. Por esta razón, decidí impedir que tomara lo que de verdad necesitaba y conseguí empotrar algunos muebles de manera que nadie pudiera sacarlos sin romperlos. Pero a Mariana no pareció importarle; aprovechó la oportunidad para comprar muebles nuevos con aquella plata que nunca se acababa.
Un día llegó el final. Encontré el anillo de la piedra naranja tirado en el suelo del comedor y, cuando me agaché a recogerlo, Mariana giró la cabeza hacia donde yo estaba. Nada va a ser tan hermoso como ese casamiento que tuvimos hace años, me dijo con una sonrisa llena de tristeza mientras me ofrecía la mano para que se lo colocara. Yo casi recordaba haber vivido aquel momento imaginario. Ni bien intenté acercarme algunas de las tablas de madera del piso se elevaron y, sobre ellas, Mariana rompió bolsa. Entonces, aunque sabía que debía ayudarla, me di vuelta y ni siquiera le devolví el anillo que siempre había sido suyo.
Mariana tomó mi maletín, cerró con llave y se subió sola al taxi; dio a luz a su hijo y se fue a vivir a la avenida con aquel dinero que nunca me atreví a usar y que ella afirmó que provenía de la indemnización por despido que me había pagado el banco. Después de mi cobardía, no me pareció correcto llamarla para pedirle que me devolviera las tarjetas y las llaves del departamento. Así fue como yo cumplí, encerrado en la calle Juncal, la condena que debería haber recibido por librarme de mi empleo de contador. 
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El avión de la bella durmiente. Gabriel García Márquez.


Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesiá que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
         Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
         Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla,de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
         —Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.
         Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
         —Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete.
         —Cuatro.
         Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
         —En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete.
         Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
         —¿Hasta cuándo?
         —Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
         Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
         Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
         A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
         El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
         Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
         Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
         Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
         Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
         —A tu salud, bella.
         Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y limpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espúmas,de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
         —Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas.
         Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
         Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
         El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”.
         Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York.

Junio 1982.


Si tenés ganas de leer un libro de García Márquez y no estás decidido, TE LO RECOMIENDO EN POCAS PAGINAS. 


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