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El rojo y el negro.

Por Inés Arteta.
"En nuestra intimidad, todos nos reconocemos contradictorios: un poco interesados y un poco altruistas, románticos y a veces calculadores, con momentos espirituales y otros, materialistas."

La verdad tiene sólo una cara: la de la contradicción violenta.
George Bataille.


“Si la sociedad entera es corrupta, sería un tonto de no beneficiarme de la corrupción”, dice Julien Sorel, el protagonista de la novela El rojo y el negro, de Stendhal. Julien es un joven francés de 19 años que nació en 1808, en una familia de carpinteros, en el peldaño más bajo de la escala social. Su padre lo maltrata e incluso lo desprecia porque no es un rudo trabajador como él habría querido sino un muchacho delicado al que le interesan los libros. El objetivo de Julien es escapar de ese ambiente que le resulta vulgar y opresivo. Ambiciona ascender socialmente pero, con Napoleón fuera de juego desde 1815, ya no puede hacerlo en el ejército (simbolizado por el color rojo). 
Le ha tocado vivir en una Francia dominada por el fortalecimiento de la derecha debido a la Restauración Borbónica y, además, legitimada por la Iglesia. La única –aunque difícil– manera de ascender es a través de la carrera clerical (cuyo color simbólico es el negro). Julien estudia latín bajo la protección del abate Chelan, quien le consigue el primer trabajo en su búsqueda por abandonar la clase social a la que pertenece y que detesta: será el tutor de los hijos del alcalde de su pueblo, Monsieur de Rênal. 
Además de ambicioso y calculador, Julien es egoísta, está enteramente dominado por su deseo personal, al que no le pone límites. Sin embargo, también es tierno, sentimental y enamoradizo. Primero se enamora de Madame de Rênal, la casta esposa del alcalde, su empleador. Su amor por ella brota, esencialmente, porque percibe que ella se ha enamorado de él. Entonces, una noche sale al jardín de la casa de los Rênal, apoya una escalera contra la pared y trepa a la habitación de madame. Esa escalera es el emblema de lo que más me gusta de esta novela: la ambivalencia de la personalidad del protagonista, que puede tramar un ardid detrás de otro para escalar social y económicamente, al mismo tiempo que arruinarlo todo por colarse en las habitaciones de las mujeres que se enamoran de él. Julien es frío e interesado al mismo tiempo que sensible. Es consciente de que vive en el siglo de la hipocresía y pretende hacerla fructificar: nunca dirá que desprecia a los ricos porque está dispuesto a decir siempre lo contrario de lo que piensa. 
Es, también, una síntesis de su época: los ideales de la Revolución Francesa quedaron en el pasado y Julien llegó tarde a la meritocracia de la época napoleónica, entonces ascenderá de la única manera posible: accediendo, sin vocación y sin miramientos, a la carrera clerical. Hasta que no tolere más ese precio y la escalera se desplome después de que trepe a otra habitación de otra mujer que se enamora de él, la hija de su siguiente empleador: el Marqués de la Môle.
Ésa será la segunda parte de la historia de Julien –espejo de la primera–y sucede en París, donde el Marqués de la Môle le da trabajo como secretario. Rápidamente, el marqués percibe la inteligencia de Julien y poco a poco le va confiando trabajos de mayor responsabilidad. Para esos trabajos le había dado un traje negro, de secretario. Pero un día le regala un saco azul, y cuando Julien lo usa por las noches, el marqués lo trata como a un igual. Después le permite ingresar en la “crema” del poder reaccionario con tareas de mayor confianza, tareas que el Marqués no es capaz de confiarle ni a su propio hijo. Tanto quiere y confía en Julien (sin saber que él ha empezado a trepar una escalera hacia la ventana del cuarto de su hija Mathilde) que se le ocurre un ardid para azularle la sangre: pone en marcha un plan para ungirlo con la Cruz de la Legión de Honor, que facilitaría reconocerlo como el noble que no es. Ningún artilugio es mal visto en una época en la que la hipocresía es soberana y reina a gusto, además de que, como dice otro personaje de la novela, “una condena a muerte es el único honor que no se puede comprar”. Si bien el galardón le da confianza a Julien, igual seguirá sintiéndose ajeno, condenado a ser un outsider, y esa sensación es la que mata su carrera y terminará matándolo a él, en el momento en que se siente traicionado por su gran amor: Madame de Rênal. 
El Marqués, al enterarse de que su hija está embarazada de Julien, pierde los estribos. Una cosa es que él lo trate como un igual y otra es que haya osado creérselo. Ante el hecho consumado, pide referencias a su antigua empleadora, Madame de Rênal. Las que ella otorga son las de una mujer celosa y, además, aconsejada por su piadoso y agrio confesor: denuncia a Julien como un cazador de mujeres a las que seduce sólo para obtener beneficios. Julien se enfurece y sale a vengarse de su ex amante. Viaja a su pueblo, compra una pistola y le dispara dos tiros mientras Madame está en misa. Ella no muere y Julien es condenado a muerte por intento de homicidio. En el juicio no le interesa defenderse. Al contrario, como más tarde hará Mersault en El extranjero de Camus, acusa a la sociedad que lo condena. En un monólogo frente al juez, alega que no lo castigan por intento de homicidio sino por aspirar a pertenecer al selecto grupo de la elite. Su discurso es una afrenta al juez, prácticamente un suicidio, una actitud que no parece la de un frío calculador. 
Pero Julien ha perdido interés por su presente y acepta pasivamente la muerte. Mathilde, la madre de su futuro hijo, pelea por salvarlo y él actúa con apatía y organiza las cosas para después de su muerte: pide que su hijo sea criado por Madame de Rênal porque Mathilde, según él, en algún momento ya no se interesará por el niño. Y pide ser enterrado en la cueva del bosque, en la montaña que mira a Verrières, “un lugar que el corazón de un filósofo envidiaría”, un deseo alejado de las ambiciones del hombre frío e inescrupuloso que había sido hasta poco tiempo antes. 
El personaje está tan bien logrado que el lector se siente de su lado, haga lo que haga. Sus acciones parecen corresponderse con su personalidad, ya esté recitando la Biblia de memoria, llorando porque siente que Madame de Rênal no lo quiere más o viajando a Londres a discutir con aristócratas reaccionarios. Aun cuando entra en la iglesia a disparar contra Madame de Rênal, como lectores estamos de su lado. En nuestra intimidad, todos nos reconocemos contradictorios: un poco interesados y un poco altruistas, románticos y a veces calculadores, con momentos espirituales y otros, materialistas. Según las circunstancias, según la ocasión. Julien condensa la humana contradicción: sus sentimientos se perciben auténticos y no como parte del entramado de hipocresía con la que va tejiendo su ansiado ascenso social.  
La voz narradora es detallista, muy perceptiva –acaso paternal–, y acompaña a Julien con comprensión y hasta con cierta necesidad de justificarlo. No obstante, generaciones de egoístas han rendido culto a Julien y aclamado a Stendhal, el fundador del culto a uno mismo (culte du moi). La voz narradora, al igual que la de La Cartuja de Parma, nos muestra que el egoísmo es autodestructivo y que los pocos no pueden ser felices cuando los muchos no lo son. No lo dice expresamente porque en las buenas novelas estas cosas no se explicitan: se muestran. 
El rojo y el negro también puede leerse como una historia de la búsqueda del padre: freudianamente, de la ley. Julien busca un padre y lo encuentra en  la voz narradora, que lo trata como a un hijo. También, en el abate Chelan, el padre Pirard y el Marqués de la Mole, que son como padres para él, tanto como el suyo no lo fue. 
Quizás Julien sea un exponente de la incomprensión, tanto personal como social, y su hipocresía, una forma de defenderse ante tanto desamparo.