Lo Último

Las raíces de lo oscuro.

Por Laura Vaccarezza.
"Había escuchado de este escritor anécdotas que parecen leyendas."
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            Existe una frase, bien o mal atribuida a Mark Twain, que reza: "Las personas son como la luna: siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie".
            Dejando de lado –por el momento– el sentido más pesimista de la expresión, rescatemos eso que se refiere a algo oculto en cada uno. Es un hecho que cada quien guarda una porción de su personalidad, de su vida, para sí mismo.
            Más de una vez quise conocer, de ciertas personas, algo de esa riqueza interior que no es evidente a todos. Me interesaba comprender el porqué de sus actos, no para emitir un juicio, sino para comprenderlos. Sobre todo, saber qué es lo que dice la gente sin hablar, por medio de los gestos y otros indicios que dejan entrever cuando se expresan.
            Eso me dio la grafología. Ante todo, me hizo derribar mitos sobre personajes conocidos, y eso fue lo que me sucedió con Lovecraft. Enseguida me dio intriga saber quién era realmente aquel escritor al cual Stephen King define como el príncipe oscuro y barroco de la historia del terror del siglo XX, que ejerció gran influencia en autores de ese género sabiendo apartarse de la temática tradicional. Porque, mientras algunos hablaban de fantasmas o satanismo, él eligió las razas alienígenas, los viajes en el tiempo y seres de otras dimensiones.
            Había escuchado de este escritor anécdotas que parecen leyendas. Sus obras manifiestan precisamente una oscuridad pesimista, como la de Twain, invitándonos a ver el mundo no como el hogar en donde estamos a gusto, sino, mostrándolo terrorífico que puede llegar a ser.
            “Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal […] soy el último en negar esta impresión” (Aire frío).
            Se dice de él que era muy solitario, le gustaba recorrer los cementerios porque, además, odiaba la luz. Hay quienes comentan que desconfiaba del ser humano y, aun siendo pacifista, creía que la guerra era algo inherente a nuestra especie. También se cree que consideró el suicidio a los 14 años y que en los últimos años de su vida se agudizaron sus síntomas depresivos.
            No es mucho lo que pude conseguir de sus escritos a mano. Están bajados de fotos de internet y no se pueden agrandar demasiado porque se deforman. Son varios puntos de desventaja porque, al ser una simple foto, no conocemos el calibre del trazo, no tengo parámetros del tamaño exacto de la letra y no se pueden ver con nitidez algunos signos gráficos.
            Pero algo de todo esto se pudo rescatar. Al menos para responderme a esta pregunta:¿quién fue Howard Philips Lovecraft?
            No lo definiría a H. P.como antisocial ni huraño; al contrario, era alguien que necesitaba la presencia de los demás. Es difícil imaginarse esto dados los testimonios de quienes lo han conocido. Pero hay algo que cambia mucho el panorama: él tenía un muy bajo concepto de sí mismo.
            Sí, su autoestima era frágil. Cuando se encontraba en ambientes sociales, sabía guardar las formas y era cortés con los demás. Pero interiormente vacilaba, dudaba de sus propias opiniones y constantemente se vigilaba a sí mismo. Intentaba controlar sus sentimientos con la razón, inhibiendo así sus manifestaciones espontáneas frente a otros. La evolución de su firma indica que, luego, fue desenvolviéndose cada vez con mayor convicción en el trato con los demás.
            Se sentía cómodo sabiendo qué papel ocupaba en la sociedad de su época y le gustaba identificarse bajo el título de escritor. Pero el trato con los otros le inhibía porque, cuando falta confianza en uno mismo, también falta el aplomo y la seguridad.
            Esta falta de confianza se trasladaba al ritmo de su trabajo. Es difícil afrontar dificultades cuando no se tiene la compostura suficiente porque estas abruman más de lo previsto. Cuando las cosas se complicaban, les hacía frente con su fuerza de voluntad, pero terminaba muy fatigado. Sus energías se agotaban antes de lo previsto, dando como resultado un abatimiento semejante a una depresión.
            Cuando se encontraba en un ambiente familiar, en la intimidad con los más allegados, se mostraba más optimista; su estima se acrecentaba. Este cambio era sutil, se sentía más a gusto y tomaba fuerzas. Tampoco nos imaginemos que su personalidad se transformaba. Digamos que solo se relajaba y se mostraba más confiado.
            Sentía rechazo a cualquier forma de sometimiento; le gustaba sentirse independiente. A la vez que quería ser reconocido por los demás. En algún momento, fue una persona que buscaba realizarse de manera brillante y sobresalir. Con el paso de los años, fue cambiando, y cada vez tomó mayor conciencia de sus limitaciones.[1]
            Era sensible. Le afectaba mucho lo que lo rodeaba. Toda esta sensibilidad la canalizaba a la esfera de la creatividad logrando, con ello, algo productivo. Más allá de lo que manifestó en sus escritos, era notable su capacidad de volcar el dolor interno –el cual debe haberlo sentido más seguido de lo normal– y lograr de ello una obra de arte.
            “A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai” (Los otros dioses).
            En cuanto a su inteligencia, en los pocos y pixelados extractos a los que pude acceder de su puño y letra, se notan dos grandes cualidades: en primer lugar, la capacidad de dirigirse a lo esencial de las cosas y no detenerse en trivialidades. Y, en segundo lugar, una llamativa rapidez de ingenio; su agudeza podía lograr varios resultados en una sola operación.
            Su razonamiento era deductivo y analizador. Esto se puede ver reflejado, a leer sus obras, en la minuciosidad de sus descripciones; no pierde detalle de lo que dice sin desatender por ello lo que enseñan la geografía o la historia universal.
            A la hora de reflexionar, se tomaba el tiempo que fuera necesario. Es que, a nivel psíquico, era una persona equilibrada. De esta forma, sabía concentrar sus facultades para lograr el objetivo que se propusiera.
            La grafología me ha dado las herramientas analíticas para comprender a muchas personas, descubrir sus universos ocultos, adentrarme en sus pensamientos y sentirme más cercana a sus esperanzas. Con Lovecraft, me ha pasado algo curioso, fueron sus cuentos que me terminaron de confirmar sus anhelos y sospechas sobre este escritor tan misterioso. Creo que el siguiente extracto de uno de sus cuentos ilustra bien su actitud frente a la vida. Esta faceta suya es la que quedará guardada en mi memoria para siempre:
            “Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aun cuando no supiera qué. Hasta que, en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que, por encima de la arboleda, se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día” (El extraño).


[1]Puede verse comparando escritos suyos de dos momentos diferentes: uno de 1932, a sus 41 años de edad, y otro de 1934, a los 44.