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El señor de las historias.

Por Laura Vaccarezza.
"Como un arqueólogo que descubre misteriosas runas, me vi en la tentación de descifrar esos signos."
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Hace algunos años, en un país lejano, vivió un hombre. A simple vista, su aspecto era corriente y no se destacaba su figura del entorno. Pero este señor, amante de las lenguas y las culturas, tenía un talento especial: sabía contar historias. Algunas se remontaban a una tierra desconocida, épica, donde habitaban diferentes razas, y también monstruos y dragones. Había héroes y malvados, líderes y traidores. Otras, se atenían a personas que vivían aventuras en escenarios cotidianos.
Sin saber cómo, la gente se fue agrupando en torno de él. Deseaban una sola cosa: que su relato nunca terminara.
Entre sus escritos, se encuentra un precioso legado. Se trata de una obra muy breve, más bien, un cuento. Lleva el título de El señor Bliss y es una narración para niños, con alegres dibujos realizados por él mismo. Ha sido publicado con el facsímil del manuscrito original, es decir, de su puño y letra.[1] Como un arqueólogo que descubre misteriosas runas, me vi en la tentación de descifrar esos signos gráficos y llegar al núcleo de una cuestión: ¿quién fue J.R.R. Tolkien?

Su forma de delinear la letra “s” y el espacio concentrado entre palabras nos indican que era un buen observador de la realidad, tenía en cuenta todos los factores en cada situación y analizaba las cosas con sumo detalle. A su vez, la ausencia de trazos iniciales y la forma sencilla y tipográfica de su letra demuestran una habilidad para elegir lo esencial, sopesaba con objetividad lo realmente indispensable y compendiaba con originalidad y precisión. Esto es clara muestra de que tenía una capacidad poco común: sabía sintetizar.
Sus voluminosos tres tomos del El Señor de los anillos son una prueba de ello. Esta obra abarca una gran riqueza cultural, lingüística, y un sinfín de conocimientos. Sorprende la sobriedad en el mismo relato. Grandes descripciones, propias de quien sabe apreciar la belleza, y elocuentes poemas aparecen a cada momento en la historia. Sin embargo, en ningún momento se pierde el argumento. La trama no se interrumpe para hacer elucubraciones filosóficas ni ornamenta excesivamente cada escena. ¿Habrá sido esto lo que fascinó a sus lectores?
El ritmo de su escritura y la forma de letra “d” demuestran su imaginación creadora, pero que no carecía de realismo ni de sentido práctico. Mientras podía soñar en grande y abrir nuevos horizontes, también tenía bien puestos los pies sobre la tierra. Según la velocidad pausada de su escritura, tendía a intervenir en los hechos y en las cosas que consideraba necesario. Revela la altura del punto de la “i” que la imaginación le servía de herramienta para resolver dificultades.
La letra “t” y la letra “d” manuscritas, al igual que el uso particular de su puntuación, denotan un espíritu con iniciativa que se adelanta al momento presente con vistas al futuro. Pero son mayores los indicios grafológicos que explican que este ánimo emprendedor estaba fuertemente sostenido por una voluntad tenaz, capaz de no desalentarse y de resistir frente a cualquier obstáculo. La tensión de sus signos gráficos, el gesto del arpón y la regularidad de la puntuación dan muestra de su entereza frente a las dificultades, un claro sentido del deber e, incluso, alguien que ha tenido que abocarse a tareas que no se correspondían con sus ilusiones y deseos. El ritmo de su grafía denota un temple sereno que no se sobresaltaba frente a los imprevistos sino que actuaba ante ellos con precisión.
Demos, ahora, un paso más y dilucidemos cómo sería tratar con este hombre porque estamos hablando de una persona sumamente reservada.
La inclinación vertical de las letras, su manera de mantener los óvalos cerrados, la breve distancia con la que separaba las palabras y el ancho del margen izquierdo son signos de su introversión. Dedicaba un tiempo esperable para conocer a las personas. Los eventos sociales le producían más temor que confianza, prefería el contacto personal para elegir a sus amigos. Sumado a esto, era de una rectitud moral intachable, respetuoso de los demás y coherente en sus ideas y sus acciones. Las emociones no lograban ofuscar su mente. Esto lo conducía a ser fiel a sus principios, por una parte, y a no perder la diplomacia en el trato con los demás, aun cuando expresara ideas que no fueran acordes a las de sus interlocutores. Puede que suceda, según la dirección de sus líneas, que esa versatilidad propia de alguien que escucha con atención a quien tuviera algo que decirle llegara a tornarse en influenciabilidad. Pero lo era solo por momentos, y contadas veces, porque lo más fuerte en su persona era la firmeza y solidez de sus principios.
No nos confundamos, hemos descrito a alguien de bajo perfil, pero su grafía revela una gran particularidad, algo que no se encuentra en el común de los mortales, y es el relieve de su escritura. No manuscribía de cualquier manera. Combinaba con gracia y sutileza -y de manera inconsciente- los diferentes grosores en el trazo que convergen en letras bien delineadas. Estas se dibujan por el contraste del suave ascenso de la pluma, marcando una línea de poco volumen, para descender con decisión y engrosar el surco de la tinta. Este movimiento es una inconfundible huella del poder que tiene la capacidad seductora. Quienes escriben así son seres cuya creatividad resplandece, aun cuando intenten ser discretos y pasar desapercibidos. También señala a los que saben disfrutar de las buenas cosas y se toman un momento para deleitarse con una buena comida u oyendo buena música. 
Toda letra “a” de sus páginas denota una actitud serena ante la vida, propia de alguien que evalúa las cosas y los hechos con imparcialidad, discerniendo con claridad para elaborar cualquier posible juicio. Porque él mismo era muy leal, alguien con quien se podía contar siempre y que sabía como nadie guardar cualquier secreto que se le encomendara.

La fascinación que generó John Ronald, que comentamos al comienzo, no estaba solo en lo que decía; radicaba en su sola presencia.
Tolkien, que no buscó el escenario y los aplausos, seguramente ignoraba el peso que tendría cada una de sus palabras. Difícilmente haya proyectado en qué medida sus obras trascenderían su propio tiempo y espacio.
Ese encanto que él transmitió no brotaba de otra fuente que lo más hondo de su alma. Su obra no es valiosa solo porque siga atrayendo a personas tan dispares, de varias generaciones y culturas diferentes. No solo son buenos sus libros porque hayan sido millones los que dijeran: “Bien. ¡Eso sí me ha gustado!”. Sus escritos irradian el brillo con el que fueron forjados porque lo que atesoran es a la misma belleza. Esa que definió el conocido escritor ruso cuando dijera, cierto día, que sería ella la que salvaría al mundo.[2]





[1] El cuento fue escrito por el mismo autor para sus hijos, que eran niños todavía, y publicado póstumamente en 1982. Trata de un hombre, Mr. Bliss, que vive en una casa con su jirafanejo (una especie de jirafa gigante) y un día decide salir en su bicicleta a comprarse un auto. Luego, se pone en camino a visitar a sus amigos, los Dorkins, y en el trayecto se van agregando diferentes personajes: un señor y una señora que atropella sin querer, tres osos del bosque y los mismos Dorkins con sus perros. Viven varias aventuras en un día y una noche y, hacia el final de la historia, tendrán lugar también los personajes del pueblo donde viven y el mismo jirafanejo. Una curiosidad de esta obra es que aparecen, por primera vez, los apellidos Boffin y Gamyi que serán luego los mismos de las familias hobbits en El Señor de los anillos.

[2]La referencia, claramente, es al escritor Fiódor Dostoyevsky. En su obra El idiota expone de boca del protagonista esta idea de que la belleza es capaz de salvar al mundo. En la concepción del autor, no se trata solo estética sino que está ligada a una dimensión ética y espiritual. Es capaz de aliviar el sufrimiento e impulsar a cada uno a dar lo mejor de sí. Algo como lo que percibo en las obras de J.R.R. Tolkien. Creo, además, que el filólogo inglés fue capaz de semejante creación —como son todos sus libros— no solo gracias a sus habilidades artísticas, sino también gracias a la riqueza de toda su persona.


Las raíces de lo oscuro.

Por Laura Vaccarezza.
"Había escuchado de este escritor anécdotas que parecen leyendas."
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            Existe una frase, bien o mal atribuida a Mark Twain, que reza: "Las personas son como la luna: siempre tienen un lado oscuro que no enseñan a nadie".
            Dejando de lado –por el momento– el sentido más pesimista de la expresión, rescatemos eso que se refiere a algo oculto en cada uno. Es un hecho que cada quien guarda una porción de su personalidad, de su vida, para sí mismo.
            Más de una vez quise conocer, de ciertas personas, algo de esa riqueza interior que no es evidente a todos. Me interesaba comprender el porqué de sus actos, no para emitir un juicio, sino para comprenderlos. Sobre todo, saber qué es lo que dice la gente sin hablar, por medio de los gestos y otros indicios que dejan entrever cuando se expresan.
            Eso me dio la grafología. Ante todo, me hizo derribar mitos sobre personajes conocidos, y eso fue lo que me sucedió con Lovecraft. Enseguida me dio intriga saber quién era realmente aquel escritor al cual Stephen King define como el príncipe oscuro y barroco de la historia del terror del siglo XX, que ejerció gran influencia en autores de ese género sabiendo apartarse de la temática tradicional. Porque, mientras algunos hablaban de fantasmas o satanismo, él eligió las razas alienígenas, los viajes en el tiempo y seres de otras dimensiones.
            Había escuchado de este escritor anécdotas que parecen leyendas. Sus obras manifiestan precisamente una oscuridad pesimista, como la de Twain, invitándonos a ver el mundo no como el hogar en donde estamos a gusto, sino, mostrándolo terrorífico que puede llegar a ser.
            “Me pides que explique por qué siento miedo de la corriente de aire frío; por qué tiemblo más que otros cuando entro en un cuarto frío, y parezco asqueado y repelido cuando el escalofrío del atardecer avanza a través de un suave día otoñal […] soy el último en negar esta impresión” (Aire frío).
            Se dice de él que era muy solitario, le gustaba recorrer los cementerios porque, además, odiaba la luz. Hay quienes comentan que desconfiaba del ser humano y, aun siendo pacifista, creía que la guerra era algo inherente a nuestra especie. También se cree que consideró el suicidio a los 14 años y que en los últimos años de su vida se agudizaron sus síntomas depresivos.
            No es mucho lo que pude conseguir de sus escritos a mano. Están bajados de fotos de internet y no se pueden agrandar demasiado porque se deforman. Son varios puntos de desventaja porque, al ser una simple foto, no conocemos el calibre del trazo, no tengo parámetros del tamaño exacto de la letra y no se pueden ver con nitidez algunos signos gráficos.
            Pero algo de todo esto se pudo rescatar. Al menos para responderme a esta pregunta:¿quién fue Howard Philips Lovecraft?
            No lo definiría a H. P.como antisocial ni huraño; al contrario, era alguien que necesitaba la presencia de los demás. Es difícil imaginarse esto dados los testimonios de quienes lo han conocido. Pero hay algo que cambia mucho el panorama: él tenía un muy bajo concepto de sí mismo.
            Sí, su autoestima era frágil. Cuando se encontraba en ambientes sociales, sabía guardar las formas y era cortés con los demás. Pero interiormente vacilaba, dudaba de sus propias opiniones y constantemente se vigilaba a sí mismo. Intentaba controlar sus sentimientos con la razón, inhibiendo así sus manifestaciones espontáneas frente a otros. La evolución de su firma indica que, luego, fue desenvolviéndose cada vez con mayor convicción en el trato con los demás.
            Se sentía cómodo sabiendo qué papel ocupaba en la sociedad de su época y le gustaba identificarse bajo el título de escritor. Pero el trato con los otros le inhibía porque, cuando falta confianza en uno mismo, también falta el aplomo y la seguridad.
            Esta falta de confianza se trasladaba al ritmo de su trabajo. Es difícil afrontar dificultades cuando no se tiene la compostura suficiente porque estas abruman más de lo previsto. Cuando las cosas se complicaban, les hacía frente con su fuerza de voluntad, pero terminaba muy fatigado. Sus energías se agotaban antes de lo previsto, dando como resultado un abatimiento semejante a una depresión.
            Cuando se encontraba en un ambiente familiar, en la intimidad con los más allegados, se mostraba más optimista; su estima se acrecentaba. Este cambio era sutil, se sentía más a gusto y tomaba fuerzas. Tampoco nos imaginemos que su personalidad se transformaba. Digamos que solo se relajaba y se mostraba más confiado.
            Sentía rechazo a cualquier forma de sometimiento; le gustaba sentirse independiente. A la vez que quería ser reconocido por los demás. En algún momento, fue una persona que buscaba realizarse de manera brillante y sobresalir. Con el paso de los años, fue cambiando, y cada vez tomó mayor conciencia de sus limitaciones.[1]
            Era sensible. Le afectaba mucho lo que lo rodeaba. Toda esta sensibilidad la canalizaba a la esfera de la creatividad logrando, con ello, algo productivo. Más allá de lo que manifestó en sus escritos, era notable su capacidad de volcar el dolor interno –el cual debe haberlo sentido más seguido de lo normal– y lograr de ello una obra de arte.
            “A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai” (Los otros dioses).
            En cuanto a su inteligencia, en los pocos y pixelados extractos a los que pude acceder de su puño y letra, se notan dos grandes cualidades: en primer lugar, la capacidad de dirigirse a lo esencial de las cosas y no detenerse en trivialidades. Y, en segundo lugar, una llamativa rapidez de ingenio; su agudeza podía lograr varios resultados en una sola operación.
            Su razonamiento era deductivo y analizador. Esto se puede ver reflejado, a leer sus obras, en la minuciosidad de sus descripciones; no pierde detalle de lo que dice sin desatender por ello lo que enseñan la geografía o la historia universal.
            A la hora de reflexionar, se tomaba el tiempo que fuera necesario. Es que, a nivel psíquico, era una persona equilibrada. De esta forma, sabía concentrar sus facultades para lograr el objetivo que se propusiera.
            La grafología me ha dado las herramientas analíticas para comprender a muchas personas, descubrir sus universos ocultos, adentrarme en sus pensamientos y sentirme más cercana a sus esperanzas. Con Lovecraft, me ha pasado algo curioso, fueron sus cuentos que me terminaron de confirmar sus anhelos y sospechas sobre este escritor tan misterioso. Creo que el siguiente extracto de uno de sus cuentos ilustra bien su actitud frente a la vida. Esta faceta suya es la que quedará guardada en mi memoria para siempre:
            “Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aun cuando no supiera qué. Hasta que, en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que, por encima de la arboleda, se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día” (El extraño).


[1]Puede verse comparando escritos suyos de dos momentos diferentes: uno de 1932, a sus 41 años de edad, y otro de 1934, a los 44.



"¡Así no lo lograrás nunca!" señaló la rosa.

Por Laura Vaccarezza.
"La clave es abordar las circunstancias a través del ingenio."
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En el libro llamado Alicia a través del espejo, la protagonista sufre una terrible desilusión. Casi al comienzo de la historia, ella se encuentra en el jardín de la casa del espejo y quiere llegar a una colina cercana. Descubre que hay varios caminos que conducen a ella; algunos muy intrincados. La dificultad empieza cuando descubre que, sea cual fuere la vía que tome, parece avanzar al principio, pero luego inexplicablemente vuelve, una y otra vez, al punto de partida.
¿No sintieron muchas veces esa espantosa sensación? Suele suceder con algún que otro problema que aparece particularmente espeso y complicado. Tomamos varias medidas, algunas más simples, otras más profundas o complejas, y el enredo sigue ahí, sin resolverse en absoluto y ya ni sabemos cómo continuar. Resultan familiares frases como: "¡Lo he intentado todo!" o "¿Qué más puedo hacer?" y una horrible sensación de frustración y desaliento.
Hay un principio que atribuyen a Einstein que dice: si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.
Edward de Bono, en el año 1967, le puso nombre a un nuevo estilo de razonamiento. Este se caracteriza porque no usa la lógica —que es el modo tradicional de encontrar soluciones—, sino que está basado en una nueva herramienta: la creatividad; el llamado pensamiento lateral.
La clave es abordar las circunstancias a través del ingenio. No les comento nada nuevo. Más de uno se habrá cruzado, a modo de juego, con acertijos como este:
Entras a una habitación donde hay dos cadáveres. Cerca de ellos hay agua con cristales rotos. No hay ninguna marca en el cuerpo ni fueron envenenados. ¿Cómo murieron?
Puede parecer complicado al principio porque damos por supuestas cosas que no están dichas. Usando la lógica, no hay justificación posible. Pueden fallecer dos personas por un ataque cardíaco o de muerte natural, pero eso no descifra la razón de los cristales rotos. Podemos involucrarlos en la causa de su muerte, pero el problema es cómo llegaron hasta ahí.
Entonces entra a jugar el ingenio y es necesario imaginar otras posibilidades. ¿Dice el texto que eran seres humanos? ¿Existe algún ser viviente relacionado a agua y a cristales? A lo mejor… una pecera con agua que estalló. ¡Eureka!
De todas formas, este ejemplo es muy simple, porque no hay soluciones únicas cuando entra a trabajar la creatividad. Como referencia, lo vemos reflejado en el cuento de Gilbert K. Chesterton La honradez de Israel Gow. En él, los personajes se enfrentan a cosas completamente inconexas y el protagonista, el Padre Brown, elabora varias tesis que esclarecerían a esa misma realidad.
Ahora bien ¿y si aplicáramos este estilo a los problemas de la vida diaria? Se me ocurre un ejercicio. Tomemos algún problema propio, cualquiera que nos esté atormentando en este momento, o alguno del pasado que haya quedado sin resolver.
Como un primer paso, lo formulamos de nuevo, pero desde otro ángulo; redactándolo en tercera persona. Pensemos en alguien –con nuestro propio nombre o uno diferente, en femenino o masculino– que  ha estado sufriendo esa situación en una ciudad vecina. Tomen nota importante de relatarlo en tiempo pasado porque ya se remedió. Tenemos que pensar con optimismo y nos convenceremos de que la solución existe.
Es necesario ser específico y puntual. No agregar detalles, sino definir dónde reside lo que me molesta y limitarme a eso.
Por ejemplo: "Yo en mi trabajo experimento una horrible opresión de parte de un compañero que me complica las cosas, me frustra y no me deja avanzar en lo propio". Entonces:
Sofía iba a trabajar todos los días soportando las trabas de uno de sus compañeros que le amargaban el día laboral.
Bien. Ahora, en un segundo paso, imaginemos que el problema ya pasó. Ya lo superamos y estamos libres de esa carga. ¿Cómo estamos? O, más importante aún, ¿cómo nos sentimos?
Porque existe otra dificultad. A veces planteamos una solución directa: Sofía cambió de trabajo, el compañero de Sofía fue removido a otra área, etc. etc. etc. Es lo primero que viene a la mente y, lamentablemente, la mayoría de las veces estas medidas superan nuestras capacidades. Tal vez "Sofía" ya tanteó cambiar de trabajo, también habló de ello con sus superiores e, incluso, se dispuso a una terapia para curar el estrés laboral.
Pero pensemos más profundamente ¿cuál es el verdadero fin que se persigue? ¿Cuál es la "colina" que queremos alcanzar, como la que se ve desde la casa del espejo?
No es eliminar al otro –o a uno mismo–. Una vez resuelto, yo trabajaría más feliz, con más fluidez. La jornada laboral no significaría una carga sino una oportunidad de autorrealización. Iría con más entusiasmo y serenidad. Ese sería el punto de llegada y debemos comentarlo seguidamente al planteo.
Un buen día Sofía fue al trabajo contenta y feliz. ¿Qué fue lo que pasó?
Nota: no cambió de trabajo ella ni su compañero.
¿No se ve diferente ahora?
Veamos qué hizo Alicia cuando se frustró después de tantas tentativas. Porque si hay algo que Lewis Carroll no deja lugar a dudas es que nuestra amiga es muy paciente y tenaz. Ella mantiene un diálogo con las flores y la rosa, quien no puede caminar sino sólo observar, le comenta: "Te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria".
Es algo que suena ridículo y desalentador, porque parece una ingenuidad y no brinda tampoco una solución precisa. Así podemos sentirnos, como Alicia, al aplicar este original método. Parecería que no tiene sentido deshacer lo ya elaborado y dejar de lado la comodidad de la costumbre. Pero nuestra amiga llega al destino escuchando a la que sabe.
Démosle una oportunidad. Despleguemos esa creatividad que todos llevamos dentro, cada cual a su medida; confiemos en el poder de nuestros recursos; ejercitémonos con, al menos, tres acertijos de este estilo –que podemos encontrar en internet o en algunos libros–.
Viendo nuestro propio problema con nuevos ojos eliminemos los límites imaginarios, las barreras que nosotros marcamos y en realidad no existen y, al igual que la rosa, vislumbremos el meollo del asunto.
Quién dice, tal vez, esto indique un nuevo comienzo.

Si tenés ganas de leer un libro de Carroll y no estás decidido, TE LO RECOMIENDO EN POCAS PAGINAS. 

         TE LO RECOMIENDO EN POCAS PAGINAS. 


Encontrá en este link el video con la recomendación extendida de esta lectura.

    Alicia en el País de las Maravillas es un clásico de la literatura universal escrito por Lewis Carroll en 1865. Narra la historia de una niña que, tras perseguir a un Conejo Blanco, entra a un mundo llamado País de las Maravillas. Allí, se enfrenta a situaciones absurdas y personajes extravagantes, como el Sombrerero, la Liebre de Marzo o la Reina de Corazones. A través del lenguaje lúdico y juegos de palabras, la obra explora la identidad y reta las convenciones sociales. Su capacidad para mezclar humor y sátira con reflexiones la convierte en una lectura para públicos de todas las edades. Considerada pionera en la fantasía literaria, ha dejado una huella en la cultura popular. Su vigencia perdura hoy; por eso te recomendamos leerla.

A quien te pareces.

Por Laura Vaccarezza.
"No todos sentimos deseos de lo mismo, pero algo sí tenemos en común."
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Cada uno de nosotros es diferente en la manera de actuar frente a los desafíos. No todos sentimos deseos de lo mismo, pero algo sí tenemos en común. Todos tenemos voluntad, en sus diferentes formas. Y aunque uno va ejercitándola en el transcurso de la vida, podemos sentirnos identificados en uno de estos dos grandes grupos de personas.
Hay un grupo de gente a la cual le gusta la novedad y busca nuevos retos. Son personas entusiastas, con facilidad para emprender y tienen una voluntad de iniciativa. Cuando pienso en ellos me imagino a alguien que se quiere comer el mundo porque cree que todo es posible.
También nos encontramos, por otra parte, con otro grupo que tienen una voluntad de resistencia. Son individuos sólidos que, cuando trabajan, saben a los que se enfrentan; son conscientes de que reinan las dificultades, ya sea propias o de la vida misma, y por eso les interesa llevar a término cada proyecto.
Como sucede con todo, cada grupo tiene su talón de Aquiles. Mientras los expeditivos tienen mucho ánimo al comienzo, su energía termina desbordando: se les termina apenas empiezan y ya no les van quedando fuerzas para llegar al final. Están encantados con cada curso que comienzan, con un nuevo deporte o se ilusionan con un viaje estrafalario; pero, después de comprar todo el material necesario, el curso no pasa del primer trimestre, el equipo recién formado de básquet va perdiendo un integrante por cansancio y el viaje… bueno, simplemente no llega a concretarse.
Los resistentes, tenaces y tolerantes, en cambio, tienen muchas dificultades para arrancar con algo nuevo. Son tan conscientes del coraje que requiere cada nuevo itinerario que les falta el entusiasmo de la innovación. Pueden terminar lo que ya está empezado, lo que les cuesta es precisamente eso otro: empezar. Es posible que, ante cada propuesta de sus amigos o compañeros, ellos tal vez no digan que no, pero sí necesiten pensarlo dos veces.
Hace cientos –en realidad miles– de años, existió un fabulista en la antigua Grecia llamado Esopo. Al día de hoy permanecen en la cultura popular sus breves historias con moraleja donde hacía hablar a los animales y cada uno representaba diferentes aspectos del ser humano. Una de las más populares es la de la liebre y la tortuga. ¿Se acuerdan?

Cierto día una liebre se burlaba de las cortas patas y lentitud al caminar de una tortuga. Pero ésta, riéndose, le replicó:
-Puede que seas veloz como el viento, pero yo te ganaría en una competencia.
Y la liebre, totalmente segura de que aquello era imposible, aceptó el reto, y propusieron a la zorra que señalara el camino y la meta.
Llegado el día de la carrera, arrancaron ambas al mismo tiempo. La tortuga nunca dejó de caminar y a su lento paso pero constante, avanzaba tranquila hacia la meta. En cambio, la liebre, que a ratos se echaba a descansar en el camino, se quedó dormida. Cuando despertó, y moviéndose lo más veloz que pudo, vio cómo la tortuga había llegado de primera al final y obtenido la victoria.
Moraleja: Con seguridad, constancia y paciencia, aunque a veces parezcamos lentos, obtendremos siempre el éxito.

Sí, es más que comprensible lo que nos está diciendo. Algo parecido a “no es oro todo lo que reluce”. Lo que parece fácil no es lo mejor y solo con esfuerzo vamos a conseguir lo que de verdad vale la pena. Pero hay otra lectura de esto.
Tenemos a la liebre, un ser atractivo a la vista, suave, veloz y ligero. Despierta en nosotros ese deseo de ser como una pluma y no sentir el cansancio sino disfrutar del entusiasmo en plenitud. ¿Y ella de qué es capaz? Su pasión por la vida hace despertar el desafío en la tortuga. Es ella la que la obliga a salir a la otra de su zona de confort y que saboree el deseo de superarse día a día. Todos necesitamos alguien así a nuestro lado, alguien idóneo para abrir nuevos horizontes y decirnos de alguna forma que no es difícil animarse a más.
Y también está la tortuga. Alguien con un caparazón resistente a las mismas críticas, porque no se desalienta ni se larga a llorar por ninguna de las burlas. Está bien plantada en la vida y en verdad sabe lo que quiere y por qué. Nos demuestra la necesidad de proyectar, de establecer pautas en las cosas porque las virtudes hay que saber administrarlas. Es el compañero responsable al cual, una vez que alguien hace notar lo mucho que vale y puede, resuelve situaciones complicadas porque supo ya preverlas con antelación. Es el que sigue adelante cuando algún otro necesita hacer un alto y descansar en el camino.
Todos revelamos una de estas formas de voluntad y eso nos demuestra el papel que desempeñamos en los grupos sociales. No significa que debamos quedarnos ahí. Podemos desarrollar también esa otra que nos falta. A toda liebre conviene aprender a administrar su energía y reconocer que no todo es diversión y novedad; y toda tortuga ha de alivianarse y no vivir como si todo fuera una carga.
A ver, cada uno piense: ¿con cuál de las dos me identifico?