Lo Último

El señor de las historias.

Por Laura Vaccarezza.
"Como un arqueólogo que descubre misteriosas runas, me vi en la tentación de descifrar esos signos."
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Hace algunos años, en un país lejano, vivió un hombre. A simple vista, su aspecto era corriente y no se destacaba su figura del entorno. Pero este señor, amante de las lenguas y las culturas, tenía un talento especial: sabía contar historias. Algunas se remontaban a una tierra desconocida, épica, donde habitaban diferentes razas, y también monstruos y dragones. Había héroes y malvados, líderes y traidores. Otras, se atenían a personas que vivían aventuras en escenarios cotidianos.
Sin saber cómo, la gente se fue agrupando en torno de él. Deseaban una sola cosa: que su relato nunca terminara.
Entre sus escritos, se encuentra un precioso legado. Se trata de una obra muy breve, más bien, un cuento. Lleva el título de El señor Bliss y es una narración para niños, con alegres dibujos realizados por él mismo. Ha sido publicado con el facsímil del manuscrito original, es decir, de su puño y letra.[1] Como un arqueólogo que descubre misteriosas runas, me vi en la tentación de descifrar esos signos gráficos y llegar al núcleo de una cuestión: ¿quién fue J.R.R. Tolkien?

Su forma de delinear la letra “s” y el espacio concentrado entre palabras nos indican que era un buen observador de la realidad, tenía en cuenta todos los factores en cada situación y analizaba las cosas con sumo detalle. A su vez, la ausencia de trazos iniciales y la forma sencilla y tipográfica de su letra demuestran una habilidad para elegir lo esencial, sopesaba con objetividad lo realmente indispensable y compendiaba con originalidad y precisión. Esto es clara muestra de que tenía una capacidad poco común: sabía sintetizar.
Sus voluminosos tres tomos del El Señor de los anillos son una prueba de ello. Esta obra abarca una gran riqueza cultural, lingüística, y un sinfín de conocimientos. Sorprende la sobriedad en el mismo relato. Grandes descripciones, propias de quien sabe apreciar la belleza, y elocuentes poemas aparecen a cada momento en la historia. Sin embargo, en ningún momento se pierde el argumento. La trama no se interrumpe para hacer elucubraciones filosóficas ni ornamenta excesivamente cada escena. ¿Habrá sido esto lo que fascinó a sus lectores?
El ritmo de su escritura y la forma de letra “d” demuestran su imaginación creadora, pero que no carecía de realismo ni de sentido práctico. Mientras podía soñar en grande y abrir nuevos horizontes, también tenía bien puestos los pies sobre la tierra. Según la velocidad pausada de su escritura, tendía a intervenir en los hechos y en las cosas que consideraba necesario. Revela la altura del punto de la “i” que la imaginación le servía de herramienta para resolver dificultades.
La letra “t” y la letra “d” manuscritas, al igual que el uso particular de su puntuación, denotan un espíritu con iniciativa que se adelanta al momento presente con vistas al futuro. Pero son mayores los indicios grafológicos que explican que este ánimo emprendedor estaba fuertemente sostenido por una voluntad tenaz, capaz de no desalentarse y de resistir frente a cualquier obstáculo. La tensión de sus signos gráficos, el gesto del arpón y la regularidad de la puntuación dan muestra de su entereza frente a las dificultades, un claro sentido del deber e, incluso, alguien que ha tenido que abocarse a tareas que no se correspondían con sus ilusiones y deseos. El ritmo de su grafía denota un temple sereno que no se sobresaltaba frente a los imprevistos sino que actuaba ante ellos con precisión.
Demos, ahora, un paso más y dilucidemos cómo sería tratar con este hombre porque estamos hablando de una persona sumamente reservada.
La inclinación vertical de las letras, su manera de mantener los óvalos cerrados, la breve distancia con la que separaba las palabras y el ancho del margen izquierdo son signos de su introversión. Dedicaba un tiempo esperable para conocer a las personas. Los eventos sociales le producían más temor que confianza, prefería el contacto personal para elegir a sus amigos. Sumado a esto, era de una rectitud moral intachable, respetuoso de los demás y coherente en sus ideas y sus acciones. Las emociones no lograban ofuscar su mente. Esto lo conducía a ser fiel a sus principios, por una parte, y a no perder la diplomacia en el trato con los demás, aun cuando expresara ideas que no fueran acordes a las de sus interlocutores. Puede que suceda, según la dirección de sus líneas, que esa versatilidad propia de alguien que escucha con atención a quien tuviera algo que decirle llegara a tornarse en influenciabilidad. Pero lo era solo por momentos, y contadas veces, porque lo más fuerte en su persona era la firmeza y solidez de sus principios.
No nos confundamos, hemos descrito a alguien de bajo perfil, pero su grafía revela una gran particularidad, algo que no se encuentra en el común de los mortales, y es el relieve de su escritura. No manuscribía de cualquier manera. Combinaba con gracia y sutileza -y de manera inconsciente- los diferentes grosores en el trazo que convergen en letras bien delineadas. Estas se dibujan por el contraste del suave ascenso de la pluma, marcando una línea de poco volumen, para descender con decisión y engrosar el surco de la tinta. Este movimiento es una inconfundible huella del poder que tiene la capacidad seductora. Quienes escriben así son seres cuya creatividad resplandece, aun cuando intenten ser discretos y pasar desapercibidos. También señala a los que saben disfrutar de las buenas cosas y se toman un momento para deleitarse con una buena comida u oyendo buena música. 
Toda letra “a” de sus páginas denota una actitud serena ante la vida, propia de alguien que evalúa las cosas y los hechos con imparcialidad, discerniendo con claridad para elaborar cualquier posible juicio. Porque él mismo era muy leal, alguien con quien se podía contar siempre y que sabía como nadie guardar cualquier secreto que se le encomendara.

La fascinación que generó John Ronald, que comentamos al comienzo, no estaba solo en lo que decía; radicaba en su sola presencia.
Tolkien, que no buscó el escenario y los aplausos, seguramente ignoraba el peso que tendría cada una de sus palabras. Difícilmente haya proyectado en qué medida sus obras trascenderían su propio tiempo y espacio.
Ese encanto que él transmitió no brotaba de otra fuente que lo más hondo de su alma. Su obra no es valiosa solo porque siga atrayendo a personas tan dispares, de varias generaciones y culturas diferentes. No solo son buenos sus libros porque hayan sido millones los que dijeran: “Bien. ¡Eso sí me ha gustado!”. Sus escritos irradian el brillo con el que fueron forjados porque lo que atesoran es a la misma belleza. Esa que definió el conocido escritor ruso cuando dijera, cierto día, que sería ella la que salvaría al mundo.[2]





[1] El cuento fue escrito por el mismo autor para sus hijos, que eran niños todavía, y publicado póstumamente en 1982. Trata de un hombre, Mr. Bliss, que vive en una casa con su jirafanejo (una especie de jirafa gigante) y un día decide salir en su bicicleta a comprarse un auto. Luego, se pone en camino a visitar a sus amigos, los Dorkins, y en el trayecto se van agregando diferentes personajes: un señor y una señora que atropella sin querer, tres osos del bosque y los mismos Dorkins con sus perros. Viven varias aventuras en un día y una noche y, hacia el final de la historia, tendrán lugar también los personajes del pueblo donde viven y el mismo jirafanejo. Una curiosidad de esta obra es que aparecen, por primera vez, los apellidos Boffin y Gamyi que serán luego los mismos de las familias hobbits en El Señor de los anillos.

[2]La referencia, claramente, es al escritor Fiódor Dostoyevsky. En su obra El idiota expone de boca del protagonista esta idea de que la belleza es capaz de salvar al mundo. En la concepción del autor, no se trata solo estética sino que está ligada a una dimensión ética y espiritual. Es capaz de aliviar el sufrimiento e impulsar a cada uno a dar lo mejor de sí. Algo como lo que percibo en las obras de J.R.R. Tolkien. Creo, además, que el filólogo inglés fue capaz de semejante creación —como son todos sus libros— no solo gracias a sus habilidades artísticas, sino también gracias a la riqueza de toda su persona.