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Todos los caminos hablan de Roma.

Por Héctor Makishi Matsuda.
Y es que tanto el amor, el dolor y la muerte siempre nos igualan como seres humanos..


Todos los caminos hablan de Roma, la última película de Alfonso Cuarón. Muchos la consideran una obra maestra, otros la consideran sobrevalorada. Pero lo cierto es que tenemos al alcance de todos, una película bien cuidada y hecha con el esmero de un amante.
Lo que impresiona en primer lugar, desde el punto de vista formal, es su fotografía. Un mérito del mismo Cuarón con Galo Olivares. Podemos tomar cualquier fotograma de los 135 minutos de la película, y tenemos una foto para enmarcar. La elección de Cuarón por el formato blanco y negro, en mi opinión, no es porque la película sea ambientada en los años 70, sino porque hay una intención de nivelar la condición humana fundamental, sin distinción de clases sociales.
Y es que tanto el amor, el dolor y la muerte siempre nos igualan como seres humanos. En esas experiencias, la pertenencia a una clase social es relativa y de poca valía. Roma es una prueba de ello.
La película nos cuenta sobre la vida de una familia de clase media (numerosa como otrora) y sus dos empleadas domésticas que cumplen también el rol de nanas de los chicos.  La historia es casi intemporal salvo algunas pinceladas del contexto sociopolítico de la época que no hace relevante a la historia, salvo para advertirnos como dice Baudrillard en su Transparencia del mal que «Lo máximo que se presiente (en esas imágenes) es que detrás de cada una de ellas ha desaparecido algo. Y  sólo son  eso: la  huella  de  algo  que  ha  desaparecido». Valores desaparecidos que nos sirven para ubicarnos dónde estamos parados. Si hay que volver o hay que resignificar nuestra historia.
Resignificar puede ser un verbo clave para poder entender toda la película. Constantemente, vemos que los personajes colocando nuevos sentidos a las cosas: El juego de estar muerto, la vida nueva sin el padre, el avión, etc. Por un lado, nos hace pensar que tal vez, la vida se componga de pequeños instantes que luego uno busca ponerle el sentido. O a lo mejor, ya que mencionamos el avión, el sentido esté en el cielo como ese avión que surca sin rumbo aparente para nuestras vistas, pero que evidentemente tiene un destino final.
Por otro lado, Roma es un viaje interior que nos muestra que las cosas, las vivencias y los hechos mismos tienen un peso específico a partir de nuestras intenciones. El objetivo de mi acto hace único y exclusivo ese momento. De ahí que en un mismo momento, pueden convivir distintas intenciones que hacen diferente dicho momento. Y no me refiero a El secreto de Rhonda Byrne y su ley de Atracción. Esto es un planteamiento ético de la vida. Muchas veces, la impunidad externa de nuestros actos no es solución para la paz interna que la vida nos exige sino que la procesión va por dentro como dice el Candombe.
Y aquí es donde el dolor empieza a mostrarse como una experiencia de unión y solidaridad. Tanto el ama de casa como su empleada doméstica van elaborando su duelo internamente, con la mejor dignidad posible. Y solo es en el momento de peligro de muerte, donde salen a relucir los verdaderos afectos y sentimientos de las personas. La película, en este sentido, es esperanzadora con una cuota de inocencia que conmueve. Muestra una microutopía de ser hermanos ante el dolor y ver en esa posibilidad, una salida a la paz, paz, paz. O como lo expresó Cuarón: Shantih, Shantih, Shantih…
PS.
Algunas anotaciones finales:
1.             La economía de los diálogos y los gestos sin palabras son un gran acierto.
2.             El sonido me pareció irregular. Era de normal a muy fuerte.
3.             No tiene banda sonora, salvo lo diegético que se escucha en la radio.
4.             Podría ser tranquilamente un tributo al neorrealismo italiano.

Mi blog: Cine consentido
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