Lo Último

La ilusión del cambio.

Por Inés Arteta.
Aunque estoy convencido de que nada cambia, para mí es importante actuar como si no lo supiera”.
Leonard Cohen.


Un corolario insospechado
Cuando Guiseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, terminó de escribir su novela Il gattopardo, en 1957, la presentó a las editoriales Einaudi y Mondadori. A ambas les pareció reaccionaria y anticuada y no apreciaron su genialidad artística. La rechazaron y el príncipe murió sin enterarse de que más tarde sería considerada una obra maestra.
La época de Guiseppe Tomasi era la de la literatura comprometida –letteratura impegnata, cuyo principal interés hacía foco en la denuncia de una situación social injusta. Las novelas debían alejarse del estilo histórico que había impuesto el fascismo, mostrar condiciones sociales más auténticas y humanas y apoyarse en la idea de justicia y progreso: así lo hicieron, con mayor o menor grado de compromiso, Vasco Pratolini, Alberto Moravia y Cesare Pavese. El gatopardo, por el contrario, niega la idea de progreso y presenta una visión cínica de la Historia: siempre habrá explotadores y explotados, solo que los primeros saben camuflarse en los nuevos contextos.
El gatopardo es la historia del fin de una época que da paso a una nueva que llega a remplazarla con pretensiones de traer cambios para que la sociedad sea más equitativa e inclusiva. El protagonista, el Príncipe siciliano Don Fabrizio Corbera, es un hombre orgulloso de su linaje aristocrático que lamenta el modo en que el pasado abre el camino hacia el futuro, del que descree. La novela comienza con el desembarco de las fuerzas de Garibaldi en la isla, en mayo de 1860. Tancredi, el sobrino adorado por el Príncipe, le anuncia a su tío que se unirá a los garibaldinos porque, para que todo siguiera como estaba, era preciso que todo cambiara. Esa frase, cambiar para que nada cambie, es citada incluso por quienes no han leído El gatopardo, para referirse a lo que pasó a llamarse “gatopardismo”: hacer un pequeño ajuste para que todo siga como está. Un gatopardista sería alguien que inicia una transformación revolucionaria en los dichos pero en los hechos no altera más que la superficie de las estructuras de poder, como propone el joven Tancredi, que se da cuenta de la necesidad de adaptarse a la nueva época para no sucumbir por necia intransigencia. La frase procedería de la cita de 1849 de Alphone Karr, plus ça change, plus c´est la même chose –cuanto más cambian las cosas, es más de lo mismo–; y, en el caso de El gatopardo, en la capacidad de adaptación de los sicilianos a los gobernantes extranjeros que los sometieron durante siglos. Pero más aún se refiere al hecho de que en el momento histórico de 1860, la aristocracia se propone aceptar la revolución unificadora de Garibaldi para conservar su poder e influencia. La nueva burguesía que llega, según la visión de la novela, meramente los sustituirá como nueva élite que acapara todo el poder a cualquier costo, solo que bajo la apariencia democrática. Desde entonces, todo reformista, todo conciliador, todo burgués bien intencionado ha sido un perverso gatopardista. Un tipo casi peor que los peores reaccionarios, porque no va de frente, finge la intención de cambiar el mundo con una revolución pero, consciente o inconscientemente, quiere que todo siga igual y que nada de lo conocido y probado se pierda en el camino.
Para que exista el gatopardismo tiene que existir una clase social de reemplazo que intente superar a la hegemónica. Una clase social a la que el gatopardista procure controlar por medio de concesiones porque sabe que siempre hay que entregar algo a los transformadores. Por lo tanto, es comprensible que una novela que niega la evolución social y presenta una Historia estática, no les haya gustado a los lectores de la letteratura impegnata, que no pudieron percatarse de que estaban evaluando una de esas obras maestras que surgen muy de vez en cuando.

La sociedad siciliana
Al comienzo de la novela aparece un símbolo que establece el tono de lo que está sucediendo en la Sicilia de Don Fabrizio y augura lo que le ocurrirá: él y unos cuidadores de su palacio descubren, debajo de una arboleda del jardín, el cadáver de un joven soldado que murió luchando contra los rebeldes de Garibaldi. La imagen del soldado muerto reaparece directamente o transformada, en otros tramos de la novela, como por ejemplo en los cadáveres de los corderos recién carneados o el de una liebre lacerada cuando el príncipe sale de caza. Son símbolos de su clase condenada a la decadencia. Cerca del final, Don Fabrizio vuelve a evocar su obsesión por el cadáver del soldado mientras piensa en la muerte que le está por llegar y reconoce que a todos nos toca el mismo destino: la vida es nacer para morir. Así, Don Fabrizio se hermana con los personajes creados por los existencialistas, hombres poseídos por la angustia humana de haber nacido como seres para la muerte. Sin embargo, Don Fabrizio modera su pesimismo con una pasión instintiva por ciertos aspectos de la vida y se despide de su época y de sí mismo con cierta nostalgia, como si reconociera que lo “magnífico” que había en ella era solo una fantasía, ya que él ve a los demás aristócratas como ineptos, aburridos, poco inteligentes, incluso feos, resultado inevitable de la endogamia que practicaban para sumar bienes.
Don Fabrizio reconoce la energía del nuevo orden, pero también sabe que, cualesquiera que sean sus ínfulas, no traerán un cambio real a las masas sicilianas. Una rapaz clase media va a empujar a los codazos a las viejas familias aristocráticas; los cambios que pregonan cederán ante la corrupción, fruto inevitable de su acción política: el plebiscito que convocan para aprobar democráticamente la anexión de Sicilia a Italia es fraudulento. Más que acompañar a la sociedad justa que sus defensores proclaman, el cambio parecería instalar el escenario para el fascismo de medio siglo después. Don Fabrizio, entonces, explica la tendencia siciliana a la violencia, o su opuesto, la apatía, como un deseo de inmovilidad, que es un equivalente de la muerte, porque él se da cuenta de que el cambio y la muerte son inevitables.

El cambio
¿Es la percepción de lo inevitable lo que subyace en la profunda resistencia humana al cambio? “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, nos decimos, aferrados a la inercia, acaso aun soportando situaciones nocivas con tal de no enfrentarnos al vértigo de las transformaciones. Un cambio tras otro nos lleva paulatinamente a la muerte. Cerca de morir, Don Fabrizio se mira en el espejo y encuentra allí a un viejo desahuciado, un gatopardo deshecho. Se pregunta por qué Dios no quiere que nadie muera con su propia cara. Por qué se muere con una máscara en el rostro.
En El gatopardo, el símbolo del cambio que se avecina es el matrimonio del joven Tancredi y la bella Angélica, hija del nuevo rico Don Calogero, unión inadmisible hasta aquel momento. Rango y dinero se unen porque Tancredi sabe que debe adaptarse a los cambios ya que, de otro modo, está condenado a perder. De cualquier forma, lo que comienza como ilusión y fascinación muta como todo lo que nace y muere hacia un matrimonio insatisfecho y adúltero. En gran medida, El gatopardo se enfoca en reconocer la desilusión que trae la vida, una mirada demasiado cínica para los evaluadores de Einaudi y Mondadori. En los años 60, dentro de aquellas visiones progresistas y evolucionistas de la historia, se pensaba que era casi inevitable el reemplazo de la aristocracia por la burguesía, así como después el proletariado ocuparía el lugar de la burguesía. De modo que si la burguesía sustituía a la aristocracia se trataba de un proceso necesario que interpretaba la historia como progreso constante; la idea de progreso le era constitutiva. Por lo cual la visión del cambio como disfraz resultaba inaceptable.
La novela es también un estudio psicológico. Un intento stendhaliano de narrar los hechos históricos desde el punto de vista de un protagonista. Guiseppe Tomasi usa el monólogo interior, moviendo el argumento hacia delante, a partir de asociaciones mentales más que temporales. Además, el narrador exhibe un lenguaje poético notable en la descripción de paisajes y reflexiones. Quizás estructuralmente los capítulos sean un poco desparejos y ello se deba a la muerte del autor antes de que el libro finalmente fuese aceptado para su publicación. Cuentan que Giuseppe Tomasi dudaba sobre dejar el capítulo 5, el centrado en el jesuita Pirrone, que muestra cómo ve la clase baja a la clase alta. Allí, Pirrone expresa la idea mejor que nadie: “Si esta clase tuviera que desaparecer, aparecería enseguida otra equivalente, que si no se legitimara por la sangre, encontraría otra cosa en qué hacerlo, por ejemplo en que hace mucho que están en un mismo lugar o si no en que conocen mejor algún texto sagrado”.

Lecturas y lectores
Decididos a encontrar defectos a la magistral novela, también podría decirse que es un poco extensa la parte del romance entre Tancredi y Angélica, o pueda sorprender el epílogo quizás desajustado del desarrollo del argumento. Pero los capítulos están unidos por la voz omnipresente del narrador y también por su ironía, su humor y la particular delicadeza con la que entreteje los variados hilos de su historia tanto como el implacable tono nostálgico que emplea no solo respecto del esplendor perdido sino de la pérdida en sí misma, de la decadencia y la muerte forzosa de todo lo vivo. De hecho, el gattopardo del título se refiere al ocelote, un gato salvaje cazado hasta la extinción en Italia. De este modo el pathos de la novela es tenaz: en cada párrafo vemos la ilusión y la desilusión, el nacimiento y la muerte, el principio y el fin. Los descendientes de la casa Salina crecen pareciéndose a los hijos de los Sedaras y a otras hienas y chacales más que a los leones y leopardos que habían sido sus ancestros. La clase media, a su vez, pierde su talento para la supervivencia y se aburguesa después de haber combatido a la aristocracia. Y los numerosos hijos de Don Fabrizio quedan reducidos a tres viejas solteronas que coleccionan reliquias; sus viejos palacios fueron vendidos o destruidos por las bombas de la Segunda Guerra Mundial. El narrador procura dilucidar el misterio de la verdad mientras Concetta, una de las hijas, se dispone a librarse de los objetos que conservaba con empeño alucinado, objetos que hablan de un pasado que, para ella, nunca sucedió. La imagen final de la novela es potente poéticamente y responde al mismo pathos: muestra a su sirvienta arrojando por la ventana la carcasa apolillada del perro de Don Fabrizio, que en su vuelo recompone, durante unos instantes, su forma de cuadrúpedo danzante, hasta convertirse en un montoncito de polvo. Un signo final de la descomposición, la pérdida y la muerte.
Por otro lado, la bella película de Luchino Visconti cambia la visión escéptica sobre el progreso que sostiene la novela. El director, como los otros neorrealistas italianos, buscaban que el espectador tomara conciencia del entorno y que Italia cambiara. La película, entonces, no se identifica con el punto de vista de Don Fabrizio sino con el de Tancredi. La famosa frase tan citada, cambiar para que nada cambie, se amolda al planteo de la película: para el príncipe de Salina y su clase, una monarquía constitucional es mejor que una república. Expresa algo más cercano a la crítica de Visconti a su Italia moderna: significa que cualquier sistema funciona siempre y cuando uno esté en la cima de la pirámide de poder. Esa perspectiva está lejos de la intención que guiaba al autor de la novela. Dicen que Visconti, a pesar de sentirse muy comprometido con el cambio italiano, era demasiado inteligente como para abrazar la idea de que todo cambio mejora indefectiblemente las cosas. Y que en un momento de la filmación se preguntó si Tancredi, de haber nacido más tarde, no hubiese evolucionado en un fascista.

Creer en el cambio trae mayores beneficios para la humanidad que el escepticismo. Aunque eso requiera cierto candor, inherente a la juventud o a la inexperiencia de quienes apuestan a él. Pero las buenas novelas nos hablan con la verdad y, como El gatopardo, nos dicen que el mundo fue y será un lugar en el que los dueños del poder no harán buen uso de él. Los cambios a nivel social y político traen ilusiones que devienen en desengaños que, a su vez, suscitan nuevas ilusiones y nuevos desengaños. A nivel individual equivalen a la senectud y luego, a la muerte. Esa es la vida humana y de eso hablaron todas las historias desde La Ilíada. Las que postulan alguna de las formas de la verdad.