Lo Último

La lectura como constelación.

Por Inés Arteta.


Intertextualidad entre Martín Fierro, El Fin y Aballay.

Lo propio del saber no es ni ver ni demostrar sino interpretar”.
Michel Foucault.


Hasta que lo reclutan para servir en las milicias que defendían la frontera con los indios, Martín Fierro vivía con su mujer y sus dos hijos y trabajaba en la vastedad de la pampa. Durante tres años sufre el maltrato de sus superiores, frío, hambre y castigos en los fortines. Hasta que no da más y se fuga. Vuelve al pago como desertor y encuentra su rancho abandonado y a su mujer y sus hijos, perdidos. Martín Fierro cae en la desesperación. Desde entonces, su vida es un extenso espacio sin salida. Frecuenta las pulperías, se emborracha, se mete en problemas. Para las autoridades, él es un vago, un “malentretenido”, un gaucho matrero. Borracho, mata a un moreno que lo ataca por burlarse de su mujer y a partir de ahí vive perseguido, prisionero de sus crímenes: es un fugitivo. Una noche se pelea con una partida de policías. En pleno combate, uno de ellos, el sargento Cruz, se pasa de su lado porque le admira su bravura y no puede permitir que maten a un valiente. Ambos deciden entonces irse al otro lado de la frontera, al desierto, y encontrar allá una mejor vida: es preferible vivir con los indios pampas que en la periferia de la civilización.
Así lo retrata José Hernández en la primera parte del poema, publicado en 1872 y titulado La ida. El autor no cae en la visión romántica propia de su época, que condenó la barbarie y la estigmatizó como la contracara de la civilización –“ser o no ser salvajes”, como sostiene Sarmiento en Facundo. Por criticar las circunstancias en las que vivían los gauchos, José Hernández es un adelantado a su época. Pero en la segunda parte, publicada ocho años después y titulada La vuelta, cambia el perfil ideológico y le aconseja al gaucho adaptarse a la civilización y unirse al sistema.
Cuarenta años más tarde, la vanguardia argentina, detrás de Lugones, propuso ese poema como la fundación mítica de la nacionalidad. Para esa época, el gaucho tal como Hernández lo describió ya se había retraído y la campaña al desierto había exterminado a sus enemigos, los indios; tampoco comprometía a nadie en términos sociopolíticos. Martín Fierro podía postularse como símbolo de una identidad amenazada por la inmigración. Paradójicamente, los inmigrantes anarquistas también tuvieron a Fierro por héroe, porque les servía como modelo de insurgencia social.
Borges no pudo sustraerse al dilema de su época y escribió numerosos ensayos, cuentos y poemas sobre gauchos, cuchilleros y malevos. Sin embargo, se encargó de señalar muchas veces que Martín Fierro no era un hombre virtuoso. Era un prófugo, un provocador de duelos sin motivo que huye de la justicia. Borges opinaba que la élite criolla apelaba a su figura para hacer de un borracho, un asesino sin justificación suficiente, una figura nacional. Así, nadie que escribiera en la Argentina en la primera mitad del siglo XX poda eludir el mito gaucho, ya fuese para rechazarlo o para adoptarlo.
Según Harold Bloom, con la intertextualidad, un poeta “completa” antitéticamente a su precursor: lee el texto de modo tal que conserva sus términos pero los resignifica, como si el precursor no hubiera podido ir lo suficientemente lejos. En este caso, Borges introdujo una de sus obsesiones personales, la del destino, en Martín Fierro: con su cuento “El fin”, publicado en 1944, presenta la muerte en duelo del propio Fierro. Lo que está implícito en el poema de Hernández lo desentraña “El fin”. El cuento vendría a ser como un canto agregado a la II parte, cuando al finalizar la payada entre Fierro y el hermano del moreno (canto XXX de “La vuelta”), le predice que va a volver: Yo no sé lo que vendrá / Tampoco soy adivino / Pero firme en mi camino / Hasta el fin he de seguir / Todos tienen que cumplir / Con la ley de su destino.
En el último canto del poema, Fierro se aparta de sus hijos y del hijo de Cruz después de haber intercambiado las historias de sus vidas. Antes había presentado un alegato arrepentido y moralizante luego de vencer, en una payada, al gaucho de origen negro. El muerto y el vencido en la payada son hermanos. Permanece una deuda de sangre que no se narra en el poema de Hernández y la narra Borges en su versión. Así, el cuento es el encuentro de Fierro con su destino inexorable, un tópico frecuente del universo borgeano, congruente con su modo de ver el mundo y la vida humana. Borges imaginó la historia a partir de ese punto, el que Hernández no escribió. Martín Fierro va al encuentro de su destino o, en códigos gauchescos, va al encuentro de una muerte decente: en un duelo; total, él ya es un viejo. El moreno lo había estado esperando durante siete años. No había peleado con Fierro cuando se encontraron en la payada por no hacerlo delante de sus hijos. Para Borges, la muerte de Fierro en manos del hermano del moreno que él había asesinado era un hecho inevitable, debía suceder irremediablemente, como la moira de los griegos.
El moreno y Fierro son cuchilleros por designio del destino, y con resignación. Lejos del paradigma nacional, el Fierro de Borges es un hombre calmo, con códigos gauchescos –sabe que debe pagar su deuda–, que no quiere que la vida de sus hijos sea una repetición de sus actos. Acaso por esa razón les diera buenos consejos para que la nueva generación no se le pareciera. El moreno, a su vez, tiene el destino de vengar la muerte de su hermano, pero, una vez saldada esa deuda se queda sin objetivo en la tierra y convertido en asesino. Al cumplir su rol de justiciero, no es nadie, o, mejor dicho, es otro: su victoria sería su derrota. Era Martín Fierro el que cargaba con la muerte de alguien. En la reescritura borgeana, el narrador libera a Fierro de su trampa para encerrar a ese otro en ella. Borges, entonces, reescribe el Martín Fierro agregando un episodio decisivo: el de la muerte del personaje más famoso de la literatura argentina. Y no es una muerte cualquiera, porque Fierro es derrotado por alguien que no había podido con él en el poema de Hernández: un moreno, un hombre de la raza que Fierro había insultado.
Antonio di Benedetto lo hizo con el mismísimo Borges en su cuento “Aballay”. Di Benedetto escribió los cuentos que después se publicaron bajo el título de Absurdos, mientras estuvo injustamente preso durante la última dictadura. Sus carceleros le habían roto los anteojos y prohibido escribir ficción, razón por la cual los escribió con una lupa y los disimulaba en el interior de cartas de letra diminuta.
El gaucho Aballay es la antítesis de aquel que mitificó la elite criolla del primer tercio del siglo XX: él es la encarnación del remordimiento. El punto de partida del cuento de Di Benedetto es un duelo, anterior al tiempo de la historia, en el que Aballay ha asesinado a un hombre y guarda en la memoria la mirada acusadora de su hijo. Un predicador de la pampa hace referencia al ascetismo liberador de los estilitas antiguos y, para expiar su culpa, en vez de subirse a una pilastra como ellos hacían en la antigüedad, según el cura, Aballay decide subirse para siempre a su caballo, porque él es un gaucho. Un gaucho que ha causado la muerte en un duelo, como Martín Fierro, pero un gaucho que busca expiar su culpa, torturado por el peso del remordimiento. Si Borges decía que el antepasado colectivo del argentino era un asesino, Martín Fierro, Aballay es un Martín Fierro culposo que va hacia la redención.
En un momento de la historia, huyendo de las patrullas de los soldados en la conquista del territorio de los indígenas, a raíz de un malentendido, Aballay es confundido con un santo, un santo popular de las pampas, y empieza a ser reconocido en los relatos de los demás. Él no rehúsa ese papel creado por la imaginación popular sino que se adapta, hasta que el hijo del muerto, aquel de cuya imagen acusatoria él huye ya convertido en hombre, le sale al encuentro y lo desafía a un duelo paralelo al inicial, el que lo había dejado huérfano y originado el deseo de expiación de Aballay.
En la versión de Di Benedetto, el duelo no produce, como en el de Borges, una repetición de destinos. Harold Bloom habría dicho que es el momento en que el autor hipertextualista, ahora Di Benedetto, reelabora la trama de Borges para resignificarla, para ir más lejos que su precursor. En la versión de Di Benedetto, el hijo que mata no se convierte en un nuevo culpable porque Aballay, sin quererlo, termina su recorrido de expiación cuando recibe una herida mortal al descender del caballo para socorrer al muchacho agonizante. Y mueren los dos. La culpa, que tanta mala prensa tiene, habría cerrado el círculo vicioso de asesinatos por venganzas. Un gaucho cargado de remordimientos, un santo ante la mirada de los otros, lo habría hecho posible. ¿Habría entonces allí una visión optimista en nuestra identidad de argentinos, contraria a la visión borgeana, o solo la salvación individual sería posible? Di Benedetto ansía condenar la violencia. Sin duda, su cuento muestra que un crimen traumatiza al que lo cometió y sus consecuencias se propagan como una chispa en un bosque seco.
Este último aspecto es el que me interesó explorar en mi cuento “La idea fija”. En él “la Juanchi”, hija de Aballay, se cría en un prostíbulo del campo mendocino. Tiene la idea fija de no parecerse a su madre, a quien considera una tonta porque vive pendiente del regreso de su padre. Y de establecerse en Buenos Aires y valerse por sí misma. Trabaja en el servicio doméstico y no puede evitar enamorarse, como su madre, aunque, en su desvelo por diferenciarse, Juanchi no se percata de cuánto se le parece. Las dos son víctimas del amor y de la violencia del subempleo. Ambas recurren a la prostitución por dinero y porque las caricias sexuales les amainan la soledad y aplacan su angustia existencial. Juanchi también es víctima aunque de una nueva violencia: la de la migración interna; solo en las grandes ciudades los pobres consiguen trabajo.
Este cuento surgió de la pregunta: si el hijo del hombre asesinado por Aballay vivió pendiente de vengar la muerte de su padre, ¿qué habrá pasado con la esposa y la hija de Aballay que él abandonó para expiar su culpa? ¿O el coraje, la venganza, la culpa y su redención son privativas de los varones? Si Fierro y Aballay son víctimas y victimarios de la violencia, ¿qué sucede con sus familiares, que reciben el efecto sin buscarlo y de rebote, con consecuencias psíquicas tan difíciles de sopesar? La violencia es inherente a la vida humana desde que se tiene memoria, y cuestionarnos las razones por las que sucede es, además del hilo conductor de esta cadena de relatos, nuestra responsabilidad humana de cada día.