Lo Último

Roberto Arlt. Sobre la felicidad.


"¿Por qué motivo la felicidad humana ocupa tan poco espacio?"


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Aventura: Cambiando de forma.

Por Alejandro Farías.
"Hay que permitirse que sea el mundo y sus habitantes los que vayan enseñándonos a ver."
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“Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado
y se puede sin embargo volver,
ya nunca más se pisará como antes
y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado”.
Séptima poesía vertical - Roberto Juarroz

     David Mazzucchelli es un dibujante norteamericano de gran trayectoria en Marvel y DC Cómics (responsable, por ejemplo, junto a Frank Miller, de obras fundamentales del género de superhéroes como “Batman: Year One” y “Daredevil, born again”) que en el punto más alto de su carrera decidió abandonar el mainstream para dedicarse a proyectos personales. 
     En 1994, junto con el escritor Paul Karasik, realizó la imprescindible adaptación a historieta de la novela “Ciudad de Cristal”, de Paul Auster. 
     En el 2009, publicó “Asterios Polyp”, su primera novela gráfica como autor integral (esto es, guión y dibujo propio) y la razón por la que usted y yo, querido lector, estamos acá y ahora, frente a frente. 
     “Asterios Polyp” es una novela ambiciosa (se dice que Mazzucchelli estuvo trabajando en ella durante diez años) pero es gracias a eso, y a la maestría con que esa ambición está plasmada, que estamos ante una verdadera obra de arte, un libro potente y revolucionario, uno de esos libros que aparecen de vez en cuando para sacudir convenciones y re-oxigenar géneros. 
     Una de las cosas que más me impactó de esta obra es el modo en que logra capturar y transmitir la fragilidad de eso que llamamos “identidad”: creemos que somos “uno” o “el mismo” a lo largo de nuestras vidas, pero obviamos el modo en que, gracias al contacto cotidiano con el “otro”, nuestro “yo” vive en constante estimulación, amenaza y cambio. 
     El deseo (de amor, de cercanía, de aprendizaje, de amistad y un largo etcétera) nos empuja a abrimos a los otros, pero esa misma apertura es la que hace que nos sintamos, a la vez, vulnerables y desconfiados: porque queremos entrar en el otro, pero tememos que ese entrar en el otro signifique la pérdida total de lo que somos. Nuestras relaciones van y vienen, trastabillando, entre el miedo y el deseo. 
     En el mundo de la arquitectura, Asterios Polyp es un reconocido teórico, un profesor memorable, un hombre de comentarios filosos, ácidos y certeros pero que nunca en su vida ha creado un sólo edificio. 
     Al comienzo del libro lo encontramos en su peor momento, acaba de cumplir cincuenta años y un incendio arrasa con su casa. El resto, es un viaje en el que se intercalarán su presente con su pasado: por un lado, asistiremos a las decisiones que Asterios va tomando luego de haber perdido su hogar; por otro lado, y a través de sucesivos flashback, nos iremos enterando de su vida de antes, su vida de dandy universitario, su casamiento, sus manías, sus obsesiones. 
     Un dato insólito: el narrador de su vida pasada es Ignazio, el hermano mellizo de Asterios que murió en el parto. Sí, es raro. Y admito que lo que yo considero una obra ambiciosa para algún otro puede resultar un tanto pretenciosa. La diferencia entre un adjetivo y otro está en que si bien las ideas son complejas y parten de premisas complicadas, Mazzucchelli tiene el talento de volverlas simples. ¿Cómo? Desplegando infinitos recursos narrativos (la voz de cada personaje está representada con una caligrafía propia, cada suceso narrado tiene un color que lo identifica y una disposición y una manera de plasmarse en la página distinta) que hacen que la historia fluya con claridad. Pocas veces encontrarán una obra que conjugue tan bien decisiones funcionales con estéticas. En este sentido, cada página del libro es una lección de las posibilidades narrativas de la historieta y un gozo para la vista. Y es gracias a esta inquietud, a esta exploración de los recursos, que Mazzucchelli consigue “mostrar” de modo perfecto las grietas en la identidad de sus protagonistas. Lo que está en el pasado de Asterios es, justamente, el haberse cruzado con una persona que, recién ahora lo entiende, lo ha obligado a dejar de vivir en el cómodo mundo de las ideas para obligarlo a enfrentarse con el mundo real; a tomar conciencia, por primera vez, de la fuerza que los otros ejercen en nuestras vidas. 
     Permítanme que tome prestadas unas palabras del escritor portugués Gonçalo Tavares para explicar en qué consiste esta fuerza
     "Al miedo lo podemos llamar: Posibilidad de perder la Forma. El cambio de la Forma es provocado por una fuerza. 
     Si la fuerza es mayor, el cambio de la Forma es mayor. Si la fuerza es menor, el cambio de la Forma es menor. 
     A la fuerza que nos cambia podemos llamarla: Otro. 
     ¿Qué es entonces el miedo? El miedo es la sensación provocada por el Otro. 
     ¿Cómo puede acabar ese miedo? Eliminando al Otro o alejándolo. 
     Pero es el Otro el que nos cambia. Sin el Otro (viento, hombres, mujeres, animales, cosas) permanezco inmóvil e igual”. 
     El poético descenso a los infiernos que hace Asterios casi al final de la novela no es más que una manera alegórica de explicar esto: estar vivo es estar en movimiento, y estar en movimiento es, ni más ni menos, que animarse a cambiar de forma. Hay que conectarse con los otros para comprender su presencia porque, a su vez, esa presencia es la que nos va a enseñar a valorar, descubrir y modelar la nuestra. 
     Para los escépticos y los derrotistas, tengo una mala noticia, en la vida moderna aún existe algo parecido a la “aventura”, pero para experimentarla hay que animarse a evitar que sea nuestra “mirada” la que codifique al mundo y a sus habitantes y hay que permitirse que sea el mundo y sus habitantes los que vayan enseñándonos a ver. 
     Orfeo tenía que evitar una sola cosa para no perder para siempre a Eurídice: no mirarla dentro del infierno, es decir, no fijarla a una imagen muerta. Pero no pudo. La necesidad de condenarla a su mirada fue demasiado fuerte.


Ernesto Sabato. Sobre la bondad.


"En la bondad se encierran todos los géneros de la sabiduría."


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Si tenés ganas de leer un libro de Ernesto Sabato y no estás decidido, TE LO RECOMIENDO EN POCAS PAGINAS. 


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    El túnel de Ernesto Sabato es una novela breve y profundamente psicológica que explora la obsesión, la soledad y la incomunicación a través de la perspectiva de Juan Pablo Castel, un pintor argentino. Castel, un narrador introspectivo y complejo, se obsesiona con María Iribarne, una figura enigmática que encarna su anhelo de conexión auténtica. A medida que su relación avanza, la historia se adentra en los oscuros recovecos de su mente, mostrando cómo sus emociones y pensamientos lo consumen. Con un estilo minimalista y simbólico, Sabato aborda temas existenciales y crea una obra atemporal que reflexiona sobre la condición humana. El túnel es una joya de la literatura hispanoamericana, intensa, inquietante y profundamente reflexiva.

Isaac Asimov. Sobre los pensamientos divergentes.


"Un sutil pensamiento erróneo puede dar lugar a una indagación fructífera que revela verdades de gran valor."


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La soledad de América Latina. Gabriel García Márquez.

Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. 
Gabriel García Márquez.
Estocolmo, Suecia, 8 de diciembre de 1982. 


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    El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez es una profunda reflexión sobre el amor, el tiempo y las relaciones humanas. La novela sigue a Florentino Ariza y su amor obsesivo por Fermina Daza, a lo largo de más de cincuenta años, mientras ella se casa con el pragmático doctor Juvenal Urbino. A través de esta historia, García Márquez explora el amor en todas sus formas: romántico, platónico y matrimonial. Es una obra maestra de la literatura latinoamericana, que destaca por su prosa lírica y su capacidad para retratar las complejidades del corazón humano.




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    Cien años de soledad de Gabriel García Márquez sigue la historia de la familia Buendía en el pueblo ficticio de Macondo. A través de generaciones, los Buendía enfrentan un ciclo de soledad y repetición, explorando temas como el destino, el tiempo y la memoria. La novela mezcla lo real y lo fantástico, creando un universo de realismo mágico donde lo sobrenatural se percibe como parte de la vida cotidiana. Cada personaje representa una faceta de la condición humana, y el estilo lírico y poético de García Márquez hace de esta obra un símbolo del Boom Latinoamericano y un clásico universal. La novela es una profunda reflexión sobre la identidad, el amor y los ciclos inevitables de la historia humana.

Bram Stoker. Sobre la sintonía en el amor.


"Prefiero haber llegado tarde para conquistar su corazón que llegar a tiempo para enamorar a cualquier otra mujer del mundo."


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Literatura y Derecho; un juego de opuestos y complementarios.

Por Luisina López Hiriart.
"La literatura presiona al Derecho para que revise sus supuestos."
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     Comienzo esta primera columna preguntándome: ¿Realmente se puede establecer una relación entre Derecho y literatura? ¿Qué puede ofrecerle el mundo de la literatura al Derecho? Y, ¿qué gana la literatura con tener presente en sus obras al Derecho? En esta empresa que combina pluma y espada existe el peligro de atravesar la delgada línea permeable a confundir estos dos géneros, tornando a la literatura moralizante y quitándole al Derecho sus facultades para juzgar.
     En una primera aproximación se puede decir que los estudios que desde la Filosofía del Derecho tendieron puentes entre el Derecho y la literatura se pueden rastrear desde principios del siglo XIX. Kelsen puede ser tomado como primer antecedente ya que publicó La doctrina de Dante Alighieri sobre el Estado en 1905. Aún con la publicación de este trabajo, el auge de las investigaciones de este tipo se produce en la década de los setenta y ochenta en los Estados Unidos con el Law and Literature Movement, que ha desarrollado todo un abanico de revistas especializadas, encuentros académicos y conferencias que dieron lugar a fructuosos intercambios interdisciplinarios que no subestimaron a ninguna de las dos materias ni las redujeron a mera coartada auxiliar. 
     Tal fue la influencia de este movimiento que se han incorporado asignaturas de esta naturaleza en los planes de estudio de muchas universidades y, como no podía ser de otra manera, ha dado lugar a una gran variedad de enfoques y tendencias.
     Es significativo que incluso el jurista Richard Allen Posner, quien en sus estudios ha mostrado mayores reticencias hacia la teoría literaria del Derecho, aunque la considere – incomprendida – no la niegue.
     Martha Nussbaum es la autora que quizás con mayor insistencia señala la utilidad ética pedagógica de la literatura en el mundo del Derecho sosteniendo que la narrativa y la imaginación literaria no solo no se oponen a la argumentación racional, sino que pueden aportarle ingredientes esenciales. 
     Se puede entender el vínculo entre Derecho y literatura, al menos, desde tres dimensiones: 
    Primero, aparece el derecho de la literatura, una perspectiva que normalmente ha sido reservada para los juristas. Bajo esta óptica se pueden analizar la libertad de expresión que gozan los autores, la historia jurídica de la censura, las demandas que surgieron a propósito de obras que, en su tiempo, fueron consideradas como escandalosas; desde Madame Bovary como paradigma de la literatura realista hasta Los versos satánicos de Salman Rushdie que nos invitan a repensar la libertad de expresión. Así a través de este enfoque se puede estudiar desde la regulación de las bibliotecas públicas y los derechos de autor, hasta los programas escolares o las políticas de subsidios editoriales.
   Una segunda perspectiva es el estudio del Derecho como literatura. En este caso, se puede considerar la retórica judicial y parlamentaria –atravesada por obras como Retórica de Aristóteles – ; analizando el estilo particular de los abogados y comparar métodos de interpretación entre textos literarios y textos jurídicos. Esta corriente ha sido desarrollada ampliamente en los Estados Unidos; basta echar un vistazo al trabajo de algunos autores como Ronald Dworkin y Stanley Fish con sus célebres debates en torno a la cuestión de la interpretación.
     Por último, la perspectiva sobre la que voy a escribir en las siguientes columnas estudia el Derecho en la literatura. Aquí no se analiza el Derecho técnico, aquel que encontramos en la jurisprudencia, en los tratados y en la hermenéutica doctrinal. No: el Derecho que buscamos en la literatura es el que asume las cuestiones más primordiales a propósito de la justicia, del Derecho y del poder. Aprehender el fenómeno jurídico en toda su complejidad implica captar que el Derecho se da con literatura ya que existe una incuestionable magnitud poética siempre presente en toda alocución jurídica. 
     Sócrates se convierte en un mártir intelectual cuando bebe la cicuta; Orestes y Hamlet caminan por el estrecho sendero que separa al bien del mal; Joseph K, el protagonista kafkiano de El proceso, es arrestado una mañana por una razón que desconoce. 
     Aquí resulta imperante distinguir claramente desde un principio lo que separa al discurso jurídico del discurso literario. Mientras que el Derecho codifica la realidad, institucionalizándola en una serie de pautas acordadas socialmente, contempladas en un complejo sistema de límites y prohibiciones, el jurista y filósofo belga François Ost nos indica que la literatura permite decirlo todo, suspendiendo nuestra certidumbre, despertando nuestra energía de su letargo, sacudiendo identidades y convenciones y llevándonos a una encrucijada donde todo puede comenzar de cero. 
    ¿Qué se puede, entonces, conseguir de este careo entre Derecho y literatura? Tal vez el deseo de que la literatura adopte un papel de crítica perturbadora: Sócrates acusado por el tribunal ateniense de corromper a la juventud, Alicia viajando a través de un espejo al país donde los inocentes son los culpables, Antígona enfrentando a Creonte y planteando los conflictos entre hombres y mujeres, entre la vejez y la juventud, entre la sociedad y el individuo, entre los seres humanos y la divinidad, y entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Así, numerosos personajes literarios recuerdan a la inocencia impregnada en la mirada del niño que ve desfilar al emperador desnudo. Finalmente, en algunos casos, la literatura adopta una función de creación transformativa, sin necesidad de que ésta sea su principal intención. 
    Es quizás Jacques Derrida quien ha señalado el papel más determinante que juega la literatura en una sociedad democrática: “La literatura es una invención moderna, se inscribe en las convenciones y las instituciones, que le aseguran en principio – para solo mencionar este rasgo- el derecho a decirlo todo. La literatura une así su destino a una determinada no-censura, al espacio de la libertad democrática (libertad de prensa, libertad de opinión, etc). No hay democracia sin literatura, y no hay literatura sin democracia. Siempre puede no admitirse ni la una ni la otra, y tampoco se privan de no respetarlas bajo cualquier régimen. Muy bien se las puede considerar como bienes incondicionales y derechos indispensables. Pero no se puede, en ningún caso, disociar la una de la otra. Ningún análisis sería capaz. Y cada vez que una obra literaria es censurada, la democracia está en peligro: todo el mundo concuerda en esto”
    El encuentro del Derecho con la literatura despierta profundas polémicas. La literatura presiona al Derecho para que revise sus supuestos. Derrida acierta al decir que no hay esencia ni sustancia de la literatura ya que la literatura no es, no existe, no se mantiene fija en la identidad de una naturaleza o de un ser histórico idéntico a sí mismo. 
    Un Derecho que pretenda estar a la altura del carácter histórico y alterable de la existencia humana tiene que adoptar esta misma versatilidad. El derecho debe sostenerse en la constante pregunta por su sentido y por su fin. Y el sentido del Derecho – como bien destaca Manuel Atienza – no puede ser otro que la aspiración a la justicia, o si se prefiere, la lucha contra la injusticia. 
    ¿Cuál es la letra y espíritu de la ley? ¿Qué es el Derecho? La respuesta solo puede elucidarse en una confrontación con su otro: la literatura, que – paradójicamente – se declara como su complemento esencial.
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Luisina López Hiriart.
Estudiante de Derecho en la Universidad Nacional de Rosario. Becaria de Estímulo y Ayudante alumna de Derecho Constitucional I y de Derecho Político (UNR). Consejera Estudiantil de la Revista En Letra. Integrante de proyectos de investigación UNRCyT 2015-2016. Su trabajo "El jardín de las constituciones que se bifurcan: Laberintos, encrucijadas y desafíos de nuestro proyecto constitucional” obtuvo el primer premio en el certamen nacional “20 Años de la Reforma Constitucional de 1994” organizado por la Asociación Argentina de Derecho Constitucional. Fue becada por la Fundación Jóvenes Líderes para participar en la “Cumbre Internacional de Jóvenes Líderes” (Buenos Aires, Argentina) y por la UNR para representar a su Facultad de Derecho, como expositora, en las XXII Jornadas de Jóvenes Investigadores de la AUGM (Valparaíso, Chile).

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Graham Greene. Sobre la expresión artística.


"Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, o los que no pintan o componen música, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.
"


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Martin Amis. Sobre los seres humanos.


"Los seres humanos, divisores del átomo, paseantes de la luna, rondadores, componedores de sonetos, quieren ser dioses, pero son animales, con un cuerpo que un día perteneció a un pez."


Martin Amis.
Es un novelista británico.
Estudió en la Universidad de Oxford. Es hijo del también escritor Kingsley Amis. Conocido como "enfant terrible", tuvo un comienzo brillante con su primera novela, El libro de Rachel (Premio Somerset Maugham, en 1973). Ha colaborado en revistas como Times Literary Supplement, New Statesman y The Observer. Amis es considerado como uno de los mejores (y más exitosos) escritores de su generación y ocupa una plaza de profesor en la Universidad de Mánchester impartiendo clases sobre "escritura creativa". Vivió en Punta del Este, Uruguay durante dos años y medio, junto a su segunda esposa, la escritora norteamericana Isabel Fonseca, y sus dos hijas, donde aún mantienen su casa de veraneo en la exclusiva zona de José Ignacio. En septiembre de 2006 se trasladó a Gran Bretaña con su familia, lugar donde reside actualmente.

¿Carreteras? A donde vamos no necesitamos carreteras.

Por Lorena Mangieri.
"Quizás el cambio esté, escondido en forma de paradoja, en la aceptación..."
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¿Cuántas veces nos preguntamos cómo sería nuestra vida si hubiésemos tomado decisiones diferentes?
¿Cuántas veces soñamos con volver diez años atrás y trasladar todo lo que aprendimos a nuestro joven y confundido "yo" de aquel entonces? Nos preguntamos por qué no podíamos darnos cuenta de ciertas cosas que hoy nos son tan claras y por qué no podíamos anticipar que existirían otras, ¡peores!, que nos confundirían tanto.
El verbo hubiera/hubiese suele recibir el nombre de "pasado existencial", en alusión a su carácter idílico, romántico, lleno de nostalgia.
Siempre me gustaron las historias que juegan con ese sentimiento de melancolía y con la visión del universo a través de una de sus facetas más misteriosas y complejas, el tiempo.
La ciencia ficción creó historias sobre viajes en el tiempo y eso estimuló a los científicos y pensadores a seguir buscando respuestas sobre el tema, su definición, la manera en que transcurre su fluir. Los llevo a indagar en los autores del pasado que tenían las mismas dudas que hoy nos siguen desvelando. Dando teorías diversas, algunas simples, otras que jamás podría explicar.
En nuestra experiencia del tiempo percibimos continuidad, una especie de línea temporal. Pero esta línea, ¿es recta y va hacia adelante? Y si es así ¿puedo volver al pasado y con una acción cambiar esta realidad, creando una nueva? En ese caso, ¿quedarían varias líneas que existirían al mismo tiempo o aquella desde la que partí sería destruida, dando lugar a otra? ¿O acaso la continuidad del tiempo es una línea que termina uniéndose consigo misma, como la serpiente que se come su propia cola, según las palabras de Vonnegut? ¿Podría uno intervenir en los sucesos pasados y alterarlos o es imposible cambiar el presente o el futuro? ¿Terminaría uno por destruir el universo? (No, ¡qué culpa me daría hacer algo así!).
Volvamos un poco para atrás: las hipótesis sobre cómo fluye el tiempo son varias, pero  podemos resumir en dos las grandes posibilidades que darían respuesta a nuestras preguntas. Por un lado, podemos decir que el tiempo es una línea recta que avanza hacia delante y que si logramos volver al pasado podemos cambiar el curso de los acontecimientos. De esta manera nace la teoría de los multiversos, ejemplificada de manera impecable en “Volver al futuro”: sólo aquellos que se mueven en el tiempo (Marty, Doc, el perro Einstein) guardan en su memoria los diferentes universos que se fueron creando a medida que ellos intervinieron en los acontecimientos. Esta cantidad de universos que da nombre a la teoría tiene dos destinos: la coexistencia de varios sin que uno tome contacto con el otro (salvo en los recuerdos de aquellos que se movieron en la línea temporal), o la destrucción de aquel desde el cual se parte. Pero lo que la define es que con nuestras acciones en el pasado podemos cambiar el presente y el futuro… Y entonces, ¿cuál sería la otra opción?

“Terminator” y el eterno retorno.

La otra opción es aquella que sostiene que nada puede cambiar. Y, lo que es más paradójico para nuestra forma de conocer, que el pasado también depende del futuro. "Terminator" es un claro ejemplo de esta perspectiva.
¿Por qué…?
En el año 2029, las máquinas, lideradas por la inteligencia artificial Skynet, siguen tratando de aniquilar lo que queda de la humanidad, luego de haberse rebelado en 1997. Pero un grupo de resistencia, liderado por John Connor, está logrando la victoria contra las máquinas.
Skynet se da cuenta de que matarlo ya no ayudaría, así que decide enviar a un Terminator (robot interpretado por Arnold  Schwarzenegger) al pasado para matar a la madre de John, Sarah Connor, antes de que lo conciba. Su plan es que John nunca nazca.
Los humanos deciden enviar a un joven soldado, Kyle, para defender a Sarah.
Ambos humanos se las ven mal escapando de Arnold y, en el medio, Kyle y Sarah se enamoran y tienen un romance. Finalmente logran vencer al Terminator en una fábrica abandonada, pero el joven soldado muere.
Meses después, vemos que Sarah finalmente está embarazada, y el padre de aquel bebé que será líder de la resistencia es… ¡Kyle!
Lo primero que pensé es si no sería posible que existieran dos líneas temporales: una en la cual John Connor habría sido concebido por un hombre cualquiera; y otra en la cual Kyle, quien no había nacido cuando John nació en la primera línea temporal, haya terminado siendo su padre. ¡Tremenda paradoja!
Después de la segunda película, la idea terminó de cerrar y la visión tomó forma entera: otra máquina vuelve para matar a John, ya de adolescente, y un Terminator bueno viene a defenderlo; el grupo da con el hombre que creó a Skynet. La idea que tienen (junto a Sarah, devenida ahora en una interesante heroína) es la de impedir que Skynet sea creado (en una inversión del plan original de las máquinas).
Sin embargo, el creador de Skynet termina revelando algo terrible: lograron crearlo gracias a que encontraron la cabeza del primer Terminator en la fábrica abandonada. Es decir, la existencia de Skynet, que nacería en 1997, dependía de aquella máquina enviada... desde 2029. Es entonces que entendí que Kyle siempre había sido el padre de John, algo que mi mente no podía terminar de comprender.
Según el argumento, muchas veces el pasado depende del futuro, como si las consecuencias del fluir del tiempo pudieran avanzar en ambas direcciones, un círculo cerrado en el cual cada cosa está en su lugar. "Terminator" sostiene que las cosas marchan como lo hacen y no hay posibilidad de cambiarlas. Si alguien intentase hacerlo, sólo seguiría cumpliendo ese propósito (algunos estarán recordando la tragedia de "Edipo").
Por lo tanto, el pasado puede depender del futuro, porque el tiempo se mueve en un eterno retorno. ¿Y qué significa “eterno” –palabra que genera confusión- en esta perspectiva? Significa, simplemente, que no puede cambiar, que es inmutable.
Esta visión parece ser amarga: ¿para qué hablar de hubiera/hubiese si las cosas son lo que son, y nada más? Los dados ya han sido echados…
Uno de mis autores preferidos, Nietzsche, hace varias referencias al eterno retorno. Él tuvo tres intuiciones brillantes: el tiempo se mueve en un eterno retorno; los humanos no estamos en condiciones de entender el fluir objetivo del tiempo; y, por último, si estamos condenados a que nada cambie, lo mejor que podemos hacer es sacar un provecho máximo de la tirada de dados que nos tocó, disfrutar esta disposición de la mejor manera posible, de este juego que no estamos jugando nosotros.  Desde nuestra perspectiva, nada estaría determinado, porque no somos conocedores de lo que pasará en su totalidad.
Nietzsche se centró en el impacto que tendría en la psicología del hombre entender que las cosas pueden ser así. Nadie lo sabe con certeza, eso es verdad, pero se pueden tomar algunos consejos del maestro del eterno retorno: dejar los pasados existenciales para la ficción y entregarse a ese fluir, porque quizás es lo más cercano a la libertad que tendremos alguna vez; quizás el cambio esté, escondido en forma de paradoja, en la aceptación…
Bill Murray en “El día de la marmota” queda atrapado una y otra vez en el mismo día y logra salir de él cuando comienza a disfrutar de sus propias particularidades, cuando se da cuenta quién es él realmente y acepta los momentos que le toca vivir.


Lorena Mangieri.
Es poeta y escritora. Varios de sus textos y pensamientos están volcados en su blog Juntando Hormigas. Participa activamente en cursos de escritura creativa y talleres de lectura. Ha participado con sus textos en varios eventos artísticos en la Ciudad de Buenos Aires. En el año 2004 se recibió de profesora de Filosofía. Es correctora internacional de textos en Lengua Española y en la actualidad trabaja en varios proyectos editoriales.

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Franz Kafka. Sobre la evolución personal del hombre.


"A partir de cierto punto en adelante no hay regreso. Es el punto que hay que alcanzar."


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George Orwell. Sobre lo que alimenta la inseguridad y la crueldad.


"Lo característico de la vida actual no es la inseguridad y la crueldad, sino el desasosiego y la pobreza.
"


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Si tenés ganas de leer un libro de Orwell y no estás decidido, TE LO RECOMIENDO EN POCAS PAGINAS. 


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    1984, de George Orwell, explora una sociedad totalitaria en la que el "Gran Hermano" controla cada aspecto de la vida. En Oceania, el Partido vigila constantemente a los ciudadanos y manipula tanto el lenguaje como la historia para eliminar cualquier atisbo de disidencia o individualidad. Winston Smith, el protagonista, trabaja en el Ministerio de la Verdad y comienza a cuestionar la opresión del Partido. Conoce a Julia, con quien comparte un anhelo por la libertad, y juntos intentan encontrar significado en un entorno dominado por el miedo y la vigilancia. 1984 es una obra esencial que desafía al lector a reflexionar sobre el poder, la libertad y la verdad, advirtiendo sobre los peligros de un estado sin restricciones.

Victoria Ocampo. Sobre aceptar las diferencias.


"Pero los años me han enseñado que no se convence más que a los convencidos. Pretender apartar a las gentes de sus gustos, de sus inclinaciones naturales, para acercarlas a nosotros, es tan estéril como renegar de nosotros mismos para borrar la distancia que nos separa de tal o cual ser.
"


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